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Una tumba sin respuestas en el abismo del océano

Los familiares temen que nunca recuperarán los cuerpos ni sabrán qué pasó en el submarino argentino siniestrado

Familiares de los tripulantes del submarino argentino ARA San Juan depositan mensajes en memoria de las víctimas a causa de la explosión del aparato en noviembre de 2017.

Casi todo el mundo tenía prisa en ese submarino por llegar a Mar del Plata. Pero algunos más que otros. Fernando Santilli, que se embarcaba por primera vez en el ARA San Juan, se había perdido el primer cumpleaños de su hijo, Stefano, y quería recuperar ese momento cuanto antes. Eso le había contado desde Ushuaia a Jessica, su mujer, la última vez que hablaron. Pedro Martín Fernández, el capitán, le había prometido a su madre, Emma Nelly, que sería su último viaje. Después de esto se quedaba en tierra, le juró. Cada uno tenía sus motivos. Casi todos los 44 tripulantes tenían hijos esperándoles en la base a la que se dirigían cuando algo salió muy mal.

No les quedaba tanto para llegar. Ya llevaban dos días navegando de regreso desde Ushuaia, la ciudad más austral del planeta. El mar estaba embravecido. Y algo empezó a fallar. El buque se comunicó con la base de Mar del Plata por última vez a las 7.30 de la mañana del miércoles 15 y transmitió que tenía un “principio de avería” en el sistema de baterías. Les ordenaron seguir camino de la base. Y ahí se perdió toda comunicación.

Desde ese día, Argentina vivió una semana de angustia. Todo el país, en especial los familiares de esos 44 tripulantes, estaba convencido de que si los encontraban podrían salvarse. Algunos de ellos estaban tan seguros que se animaban a acudir a la televisión para imaginar lo que estaría pasando en ese momento en el submarino. Lo hizo Jorge Bergallo, excomandante del ARA San Juan, que tiene a su hijo Jorge Ignacio en el buque. “Conociendo al comandante y a su segundo, mi hijo, sé que son dos personas serenas, racionales para tomar las decisiones, seguro que tuvieron siempre en mente la seguridad de sus tripulantes. A lo mejor decidieron no salir a superficie hasta que no se calmara el viento porque era lo mejor para la gente. O pueden estar asentados en el fondo esperando que los vayan a sacar”, aseguraba el militar con un enorme aplomo. “Los adiestramientos son duros, las emergencias son practicadas mil veces. Mi hijo es un gran tipo y así se lo voy a volver a decir”, se animaba.

Era una convicción muy instalada entre los 200 familiares concentrados en la base de Mar del Plata para apoyarse unos a otros, para tranquilizarse. Pero a todos ellos les faltaba una información clave, que llegó el jueves 23, ocho días después del último contacto: diversos sensores colocados a miles de kilómetros habían detectado una explosión en la zona donde se perdió el submarino a las 10.31 del miércoles 15, solo tres horas después de esa última comunicación en la que se daba cuenta del fallo en las baterías. De repente, todo cerraba. No había ninguna esperanza. Llevaban una semana con ilusiones falsas. Jessica Gopar, la mujer de Santilli, le había escrito cada día en Facebook contándole las novedades, confiando en que él estaría encerrado en el submarino, esperando un rescate. “Hola Fernando. No sé qué estará pasando en tu calma o en tu desesperación. Acá cada día se hace más duro. Hay momentos de esperanza y otros de mucha congoja. Hay mucha gente orando, rezando por ustedes, no se imaginan cuánto. Stefano aprendió a decir papá. “Dale llámalo hijo así viene”, escribió en uno de esos días de angustia.

Mientras las víctimas se hundían, dos personas agradecían su inmensa suerte. Son los dos tripulantes que se bajaron del ARA San Juan en Ushuaia, en el último momento. Uno, Adrián Rothlisberger, lo tenía previsto, le tocaba un ejercicio en Perú. Otro, René Humberto Vilte, lo pidió en el último momento para atender a su madre enferma. Son los únicos que se libraron de acabar en el abismo.

Muchos familiares no soportaron la idea de que estuvieran muertos desde el primer momento mientras ellos se aferraban cada día a la esperanza de la búsqueda. Hasta entonces todo era apoyo a los militares que buscaban a sus maridos, hijos, hermanos. Pero la certeza de la muerte lo cambió todo. “¡Nos mintieron!”, gritaban desgarrados a las puertas de la base de Mar del Plata. “Mandaron una mierda a navegar. Ya tuvieron un inconveniente en 2014 y no pudieron emerger. Son unos desgraciados perversos que nos tuvieron acá una semana. ¿Por qué no lo dijeron antes?”, explotó Itatí Leguizamón, esposa de Germán Suárez, otro marino atrapado en el ARA San Juan.

Es muy posible que jamás se encuentre el casco. Los militares reconocen que la tecnología solo permite rescatarlo a un máximo de 600 metros, si es que lo localizan. Y podría estar incluso a 3.000, porque explotó justo al borde de un abismo marino y no se sabe para qué lado cayó. Pero además del drama humano, la tragedia es ya una crisis política. Los argentinos se preguntan si el submarino, de 1985, estaba en condiciones de navegar. Mauricio Macri, el presidente, ha prometido una investigación a fondo para aclarar por qué explotó.

Falta de inversión

Los familiares insisten en que era una chatarra, pero la Armada lo niega. Jorge Zavalla es uno de los hombres que más sabe de ese buque porque se fue a vivir a Alemania mientras se construía, entre 1982 y 1985, y fue su primer comandante durante un año y medio. Para él, el barco estaba bien, la edad no era un problema. “Los submarinos se reparan, se actualizan. Este tuvo su reparación grande de media vida y volvió a la mar hace dos años, estaba operando perfectamente”, se defiende.

Si Zavalla fue el primero en dirigir el submarino, Horacio Jaunarena tuvo mucho que ver con su llegada a Argentina. Era secretario de Defensa en 1985, después, ministro hasta tres veces. “Fue traído en el 85 nuevo desde Alemania. Se compraron seis submarinos. Dos se armaban en Alemania, el San Juan y el Santa Cruz, y cuatro se iban a armar en Argentina. Pero nunca se llegaron a terminar”, recuerda. Jaunarena dice que no se puede relacionar el bajo presupuesto militar con el accidente, pero sí cree, como señalan muchos en Argentina, que las Fuerzas Armadas están abandonadas. “La edad promedio de los buques es de 30 años o más, muchos tienen elementos que no pueden ser ya mantenidos por falta de repuestos. Argentina invierte el 0,8% del PIB en Defensa, cuando lo razonable es el 1,5%, y de eso el 85% se va en salarios”.

Tras una terrible dictadura militar y una desastrosa guerra de Las Malvinas, nadie quiere gastar en Defensa en un país en crisis y con otras prioridades. Pero después de esta tragedia los argentinos tendrán que replantearse con qué buques mandan a sus miliares al mar. Las familias de los 44, mientras, solo pueden confiar en que alguna vez aparezca el casco. Pero hasta eso dudan. Y eso es lo que más tortura a la esposa de Santilli: “No volvieron y no van a volver nunca más y no sé si van a volver sus cuerpos, que es lo que más me duele, porque no tendré a donde llevarle una flor”.

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