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COLUMNA

El fin de la (aburrida) estabilidad chilena

Bachelet inició cambios históricos al modelo de mercado extremo heredado de Pinochet y fue una bomba de racimo para los intereses de la elite económica

A dos días de las elecciones presidenciales, la temperatura electoral en Chile no entibia. A diferencia de contiendas anteriores, las calles no están empapeladas de afiches, la franja televisiva es vista solo por comentaristas de política y se espera una modesta participación en las urnas. Desde el extranjero, el altamente probable triunfo de Piñera no interesa demasiado, en parte porque su deslucida primera administración no sugiere que mucho vaya a cambiar en el país. Se equivocan.

En esta elección hay mucho en juego: las reformas sociales de Bachelet, con los errores que tuvieron, son un estacazo en los cimientos de sociedad de privilegios que edificó la dictadura; y los cambios en las reglas del juego político hechas en los últimos catro años prometen remecer el paisaje político del país.

Sea cual sea el resultado, todo indica que el estable, predecible y también algo aburrido Chile está llegando a su fin.

Elecciones despolitizadas

La participación electoral importa porque es síntoma de una democracia saludable; pero este domingo pocos votantes significarán, muy probablemente, el triunfo de la derecha. La encuesta CEP —una de las más creíbles del país— muestra que 68% de las personas de nivel socioeconómico alto, que es abrumadoramente de derecha, expresa que “con toda seguridad” irá a votar, mientras esa cifra solo llega al 36% en los sectores bajos. En las primarias (voluntarias) de este año, el 77% de las personas que se levantaron a votar en Santiago lo hicieron por alguno de los candidatos de derecha.

Es decir, si la coalición gobernante no logra movilizar a sus votantes este domingo, la Presidenta le entregará por segunda vez la banda presidencial a Sebastián Piñera; no solo un fracaso simbólico sino también político para la centro-izquierda y para el proyecto de justicia social que lideró este gobierno.

La izquierda lo tiene difícil: según el PNUD, en Chile el porcentaje de votantes (respecto de los habilitados para hacerlo) ha caído en 33% desde 1990, la mayor caída en participación de América Latina y la tercera mayor en los países de la OCDE. Desde 2003, hay un 32% menos de personas que votan. Con todo, se espera que el domingo vote cerca de un 45% de la población, mismo porcentaje que la última Presidencial, pero dado el aumento del padrón electoral en más de 1 millón de personas, implica casi 10% menos de electores.

Y es que la apatía se agudizado en los últimos cuatro años. La opinión pública descubrió con estupor que SQM —empresa concesionaria del abundante y estratégico litio del norte del país, y controlada por el yerno de Pinochet— financió a políticos de derecha y de izquierda por igual. El caso fue un golpe a la superioridad moral que la izquierda había logrado mantener desde el fin de la dictadura, y echó por el suelo, además, la ingenua autopercepción que Chile no era corrupto.

Más aún, el caso CAVAL —que involucró al hijo y nuera de Bachelet en un caso de corrupción— fue un golpe irremontable a la popularidad y credibilidad de la Presidenta y a la aprobación de su administración. A tres meses de iniciado, su gobierno recibía una aprobación del 50% y está terminando hoy con un escuálido 23%. Antes de CAVAL 56% confiaba en la Presidenta, hoy solo lo hace el 29%.

El Autogol De Las Reformas De Bachelet

El gobierno de Bachelet inició cambios históricos al modelo de mercado extremo heredado de Pinochet y fue una bomba de racimo para los intereses de la elite económica, que las resistió con fuerza. Este domingo, entonces, se está jugando la mantención del modelo actual, que hace de Chile el segundo país más desigual de la OCDE, o la profundización del camino hacia mayor justicia social.

La reforma tributaria abrió la batalla: si bien de acuerdo al Banco Mundial el 92% del aumento tributario logrado es financiado por el 1% más rico de la población, la disputa logró instalar el miedo en los sectores privilegiados. El resto de las reformas aumentaron la resistencia. Una nueva constitución; la reforma laboral, que avanza en derechos considerados básicos en Europa; el aumento del salario mínimo en 31%; la reforma educacional, que permite que casi 300 mil jóvenes hoy estudien gratis en la Universidad y otras, afectan directamente los intereses económicos de la elite, y ha movilizado a la derecha.

Las intenciones eran buenas; la necesidad correctamente identificada, pero la ejecución deficiente. Y esto significó rechazo a las reformas no de la elite, sino también de los grupos a quienes buscaba beneficiar. Una oportunidad tristemente perdida que puede costarle la Presidencial a la centro-izquierda.

Bachelet aprobó, además, un paquete de reformas políticas que cambian profundamente las reglas del juego, y que podrían agudizar la despolitización de la sociedad, mermando aún más las posibilidades de la centro-izquierda de continuar en el poder.

Por una parte, el cambio al sistema electoral binominal (ideado en dictadura y que durante casi 25 años le dio a la derecha un artificial empate en el Congreso) si bien imperativo, no ha logrado alternativas creíbles entre las fuerzas emergentes y ha debilitado a los partidos tradicionales. Por otra, las reformas pro-transparencia –aprobadas atropelladamente por una clase política que veía su credibilidad desplomándose por los casos de corrupción— eliminan el financiamiento privado de partidos y campañas, restringen la publicidad electoral, etc., lo que ha reducido el protagonismo de la política en los medios y en la vida pública.

En otras palabras, pese a la buena intención, las reformas políticas podrían ser un costoso autogol. Al estar dando incentivos para la apatía y abstención electoral, que castiga desproporcionadamente a la izquierda, lo que se juega es –ni más ni menos— el resultado mismo de la elección Presidencial.

El domingo veremos el impacto más inmediato de lo que ha pasado en estos cuatro años, pero será, además, el inicio de un Chile más impredecible y desordenado, y al que deberemos prestarle más atención.

Viviana Giacaman es politóloga y periodista. Actualmente dirige el área Calidad de la Democracia de la Fundación Chile 21. @vgiacaman