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Grecia exige resolver la cuestión del nombre para apoyar el ingreso de Macedonia en la UE y la OTAN

El ministro de Exteriores macedonio visita Atenas para intentar desbloquear un contencioso que dura 26 años

Los ministros de Exteriores Dimitrov (izquierda) y Kotziás, en Atenas.
Los ministros de Exteriores Dimitrov (izquierda) y Kotziás, en Atenas. AFP

Retransmisión televisiva de un Eurobasket cualquiera, en señal de la Unión Europea de Radiodifusión. Esquina inferior derecha de la pantalla, el marcador con las dos selecciones que se enfrentan, una de ellas la de la Antigua República Yugoslava de Macedonia (FYROM, en sus siglas inglesas). En el recuadro donde el resto de los telespectadores europeos leen “Macedonia”, la televisión pública griega borra de un brochazo (un tachón negro) la palabra, porque para las autoridades de Atenas, y la mayoría de la opinión pública griega, Macedonia solo hay una, y es la región septentrional helena. La otra, impostora, pretende usurpar un nombre y una realidad históricos: la Macedonia de Alejandro Magno y de su padre, Filipo; el broche de oro del helenismo, esa civilización irredenta que heredó la esencia de la Grecia clásica para legarla, incólume, al muy cristiano Imperio bizantino. Nada que ver, pues, arguyen las autoridades griegas, con esos eslavos del norte que se llaman macedonios, con los que los griegos solo comparten 250 kilómetros de frontera.

La anécdota resume la relación de Grecia y la antigua república yugoslava desde que esta declaró la independencia en 1991, una coexistencia marcada por picos de enconado nacionalismo seguidos por periodos de simple desdén entre vecinos. El bloqueo internacional impuesto por Grecia a la denominación histórica del pequeño país de los Balcanes orientales (Atenas lo llama FYROM o Skopje, el nombre de su capital; en la ONU figura como FYROM) impide su acceso a la OTAN (donde acaba de ingresar otro minipaís balcánico, Montenegro) o incluso la Unión Europea, la única zanahoria capaz de tirar del carro de una región empantanada entre los cantos de sirena de Rusia y el déficit democrático de sociedades aún sumidas en el posconflicto, cuando no en episodios agudos de inestabilidad tan acusados como el que FYROM apenas ha empezado a dejar atrás: casi dos años de honda crisis institucional, apenas resuelta con la elección de un nuevo Gobierno.

Salir del atolladero de la crisis, y evitar caer en la órbita rusa —palpable en Serbia, tácita en Montenegro—, son los motivos que han movido al Gobierno del socialdemócrata Zoran Zaev, que tomó posesión el pasado 1 de junio, a propiciar un acuerdo con Atenas sobre el contencioso nominal, cuya resolución figuraba en el programa electoral que llevó a Syriza al poder en 2015. El ministro de Asuntos Exteriores de FYROM, Nikola Dimitrov, viajó este miércoles a Atenas para entrevistarse con su homólogo griego, Nikos Kotziás, nacionalista y rusófilo confeso. El nacionalismo recorre en Grecia todo el arco político, de la derecha más extrema a la izquierda ultra, y los asuntos llamados nacionales (la relación con Turquía, Chipre y la cuestión macedonia) acaban poniendo de acuerdo a casi todos.

El primer ministro, Alexis Tsipras, ha valorado la iniciativa, pero insiste en el cambio de nombre para desbloquear el embrollo; fuentes de Skopje apuntaban antes del viaje de Dimitrov varias alternativas, la más plausible de ellas República de la Alta Macedonia, por oposición a la baja, o del sur, la griega. Pero, propuestas al margen, a Tsipras no le resultará nada fácil convencer de la apertura a Skopje a su socio de coalición, los nacionalistas Griegos Independientes (ANEL, en sus siglas griegas; derecha soberanista); el Ejecutivo tiene una mayoría parlamentaria escasa (153 de 300 escaños), y quedan aún muchos deberes pendientes del rescate. Aunque la coalición de gobierno ha demostrado su consistencia en momentos clave (las leyes de concesión de ciudadanía a la segunda generación de inmigrantes, o el matrimonio gay, a las que ANEL se opuso en bloque y que salieron adelante gracias al apoyo de otros grupos políticos, sin romperse el Ejecutivo), todo indica que el contencioso macedonio seguirá siendo un casus belli para ANEL. No sería la primera vez que este asunto precipita una crisis de Gobierno. En 1992, Andonis Samarás, entonces ministro de Exteriores, hizo caer el Gobierno conservador al incendiar la cuestión macedonia.

Abuso de símbolos históricos

Por parte de Skopje tampoco han abundado las posibilidades de consenso. El antecesor de Zaev en el Gobierno, el nacionalista conservador Nikola Gruevski, cuyo intento de aferrarse desesperadamente al poder originó la citada crisis institucional, provocó con una política urbanística colosal, basada en la erección de estatuas y el abuso de símbolos históricos, la furia de Atenas. Dos de los hitos arquitectónicos de su mandato fueron una gigantesca estatua de Alejandro el Grande en Skopje y el nuevo aeropuerto de la capital, nombrado igual.

“El de hoy ha sido un buen comienzo [pero] tenemos por delante un largo camino. Esta es la primera reunión, y los problemas se han acumulado. No va a ser sencillo”, dijo en Atenas el ministro de Exteriores Dimitrov, que ya negoció sobre la relación bilateral hace una década. El mensaje del Gobierno de Atenas fue conciliador pero firme: “Sabemos que nuestros vecinos quieren incorporarse a varias organizaciones regionales. Estamos dispuestos a apoyarlos, una vez se resuelva el contencioso del nombre. Es una precondición”, declaró por su parte Kotziás. Sobre el uso de símbolos históricos/nacionales que Atenas cree son usurpados por sus vecinos eslavos del norte (como la estrella de Vergina, remedada en la bandera de la exrepública yugoslava), ni una palabra. No era cuestión de empañar un encuentro que parecía prometedor. El resto, incluida la OTAN, a la que Grecia vetó en 2008 el ingreso de Skopje, deberá seguir esperando.

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