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Nicaragua: testimonios sobre “un país cansadito”

Cuatro exmilitantes sandinistas y una ecologista discuten sobre la situación política del país

De izquierda a derecha: Felix Vijil, Mónica López Baltodano, Carlos Fernando Chamorro y Sergio Ramírez, en Managua. Ampliar foto
De izquierda a derecha: Felix Vijil, Mónica López Baltodano, Carlos Fernando Chamorro y Sergio Ramírez, en Managua. EL PAÍS

¿Qué pasa en Nicaragua? Este otoño hay elecciones, que sin duda ganará Daniel Ortega, que con su mujer, Rosario Murillo, manda sobre todos, aliado con la Iglesia a la que combatió, y con el capital que repudió cuando se puso al frente del Gobierno revolucionario que derrocó al dictador Anastasio Somoza en 1979. Para saber qué ocurre como consecuencia de ese poder omnímodo hablamos con cuatro personas que combatieron con el Frente Sandinista y con una joven que lidera el movimiento ecológico en contra de la iniciativa de Ortega de abrir un canal que destruiría el ecosistema nicaragüense, al que se enfrentan ecologistas y campesinos. Ella es Mónica López, abogada, 32 años; los restantes son Sergio Ramírez, escritor, 74 años, que fue vicepresidente de Ortega en el primer Gobierno sandinista; Carlos Fernando Chamorro, periodista, 60 años, que militó en el frente, fue viceministro de Cultura, es hijo de Violeta Chamorro (que fue presidenta después de aquel primer Gabinete revolucionario) y del periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado por Somoza, y desde 1996 dirige Confidencial, un periódico muy influyente en Centroamérica; y Félix Vigil, que fue alfabetizador guerrillero sandinista cuando era un adolescente y sufrió una grave herida en el frente. Hablamos también con la poeta y novelista Gioconda Belli, 67 años, que también hizo la revolución.

Carlos Fernando Chamorro. Es un momento de aparente estabilidad. Nicaragua no está sometida a una crisis de violencia como la de nuestros vecinos del norte, ni a un descalabro económico como el de otros países, Pero el futuro es incierto y peligroso. Vivimos en un régimen autoritario, personalista, con unos extremos de concentración de poder comparables a los de Somoza, sin contrapeso. Todo régimen así conduce a la represión, a la corrupción, a salidas que no querríamos. Hay aquí una regresión peligrosa: la alianza entre este Gobierno autoritario y el gran capital. Hay elecciones este año. Se da por segura la tercera reelección de Ortega. No se ve con claridad un proceso de construcción democrática. Ya no hay instituciones nacionales: ahora están sometidas a un régimen personalista.

Mónica López. No viví el proceso, nací en 1984. Hay como un vacío de análisis crítico sobre aquellos diez años de Gobierno revolucionario. Vengo de una familia sandinista y siento que hay un legado subyacente de la revolución. Pero no se expresa como quisiéramos. Es cierto que instituciones que fueron prestigiosas, como el Ejército o la policía, han experimentado un retroceso significativo y peligroso. Y hay un riesgo latente de que la gente se sienta asfixiada y se plantee otros caminos como solución que no sean los que nosotros queremos. Lo percibo en los procesos en los que estoy inmersa, como en la lucha contra el canal; es una sensación cada vez mayor de asfixia en la gente. Históricamente en este país la gente aguanta, pero las explosiones ya se han visto en otros momentos.

Félix Vigil. Si oyes la radio te parece que nos hemos parado en los ochenta. Y los errores que cometimos en esa época también se están repitiendo ahora. Aquí nunca hubo una comisión de la verdad, nadie asumió las causas que originaron la guerra de los ochenta. ¿Qué nos llevó a esa guerra? ¿Cómo fue que 50.000 campesinos se volvieron los enemigos de la revolución, se unieron a la Contra y provocaron una guerra de 50.000 muertos? ¿Dónde está la responsabilidad del Ministerio del Interior, del Ejército, del de Reforma Agraria? ¿Cómo nosotros, que queríamos beneficiar a los campesinos, los convertimos en enemigos de la revolución? Ellos pensaban que les íbamos a enseñar, y los despreciamos. Esto que se dice ahora sobre las especies que hay en la zona donde quieren construir el canal (“qué importan esos monos, qué importan esos animales, qué importa esa naturaleza”) representa el mismo desprecio que nosotros les dimos desde la revolución y que provocó que se creara la Contra. Y estoy con quienes creen que no hay forma de parar un desenlace violento. Es una bomba en el tiempo.

Sergio Ramírez. Yo no soy pesimista en cuanto al futuro de Nicaragua. Soy pesimista en cuanto a mí mismo, no sé si llegaré a ver el cambio que aquí se va a dar. No creo en eso de la repetición eterna de la historia, que siempre vayamos a tener un dictador, aunque la verdad es que el país está medido por las dictaduras: Zelaya, Somoza, Ortega. Han sido dictaduras muy largas; Zelaya fue como Ortega, la cabeza de un movimiento revolucionario que hace cambios, que traiciona sus cambios y se consolida en el poder. El somocismo viene a ser lo mismo. Lo grave aquí es que sería muy ingenuo pensar que si por un milagro un candidato conquista a la gente no resolvería nada, porque este es un sistema con metástasis: al día siguiente está Ortega en la calle con sus huestes y le haría imposible la vida con el control muy oscuro de las fuerzas de seguridad. Eso no se deshace de la noche a la mañana. El Poder Judicial es una piltrafa, la Asamblea Nacional no tiene más que agachar la cabeza ante lo que ordenan Ortega y su mujer, la opinión pública está restringida, los medios de comunicación están en su mínima expresión… Aquí lo que se impondría es un cambio profundo del sistema, como el que se llevó a cabo en 1979. ¿Cómo? Un cambio no vale, unas elecciones no valen: el sistema seguiría siendo igual.

M. L. ¿Futuro? Ahora soy más optimista. Si me hubieras preguntado hace tres años me hubiera puesto a llorar. Soy parte de esos hijos dispersos de la revolución. Y creo que ahora hay muchísimas más posibilidades de construir una fuerza social por encima de estructuras tradicionales de organización. El movimiento campesino ha levantado muchas esperanzas. No me refiero a la gente que está movilizada por el canal sino a lo que ese movimiento está generando alrededor, de superación de los temores, de movilizarse, de parar al poder.

C. F. CH. No tengo una bola de cristal sobre cómo podría ser ese cambio. Pero creo que el surgimiento de fuerzas sociales alternativas que quieren crear otra clase de liderazgo tiene que tener como uno de sus protagonistas a sectores que se reclaman sandinistas y que hoy apoyan a ese régimen porque no tienen otra alternativa. La fortaleza de este régimen está en esa excesiva concentración de poderes. Pero esos son también sus pies de barro en el sentido de que es un régimen dinástico. La revolución que nosotros apoyamos era una institución política, el Frente Sandinista, con una dirección colectiva. Y ahora tenemos la referencia histórica de la familia Somoza, el régimen dinástico. Esa es la semilla de su destrucción, sea la sucesión, la corrupción o la represión.

F. V. Exacto: su fortaleza es su debilidad. No va más allá de la vida biológica de Daniel Ortega.

M.L. Y eso se ve en los liderazgos políticos; hay como una generación ausente. Esa generación que vino después de la revolución, incluso la presente, no tiene caras de liderazgos.

S. R. El Frente Sandinista ha logrado ser una especie de movimiento de succión que ha creado un enorme vacío político. Y la derecha conservadora desaprovechó la gran oportunidad de declarar alternativas democráticas porque se hundió en la corrupción más degenerada. Ahora el desequilibrio es total.

C. F. CH. Este país vive a la sombra del caudillo, bajo sus marcas: es el poder de Daniel Ortega lo que resume todas las contradicciones de este país hoy. Él representa el capital, el pragmatismo, la represión selectiva, el miedo, la incautación. Es el caudillo.

Gioconda Belli, la utopía desarmada

“Aquella revolución fue la utopía. No esperábamos llegar tan rápido al poder. Y desde el primer día se dijo que nos iban a invadir. Y empezó esa premisa a funcionar. Los errores que cometimos no hubieran sido tan graves si no hubiera llegado Reagan al poder, con la doctrina contra. Fue un experimento bellísimo que tuvo la cantidad de energía para querer cambiar; pero a medida que se militarizó, el poder se fue concentrando y se fue perdiendo el debate. La gente no estaba contenta. Cuando lo avisé Ortega me quitó de la comisión de Propaganda. No había plan B. Y perdimos las elecciones. ¿Engreimiento? Un poco sí. Gramsci decía: 'Cuando no hay un cambio ideológico en la gente, la gente se vuelve contra la revolución'. Desde 1979 nos preparamos, analizábamos, pero cuando se produce la revolución dejamos de hacerlo. Dejamos de preparar a la gente para cambiar la sociedad. Vivíamos en una burbuja. Y después de las elecciones vino la piñata, el reparto para los que habían trabajado para la revolución. Y hubo quienes se hicieron ricos. Fue un golpe muy serio para la moral de la gente que trabajó duro. Cuando dijimos que había que cambiar a Ortega nos acusaron de ser agentes del imperio. A quien trataron con más saña fue a Ernesto Cardenal. A él, a Sergio [Ramírez] y a mi nos acusaron de las cosas más absurdas. Y en las fotos de la revolución Ortega ha borrado héroes. ¿Un adjetivo para esta situación de ahora, que prolongue aquel título de Cortázar? Sigue siendo Nicaragua tan violentamente dulce, pero ahora es un país cansadito, pero no necesariamente derrotado… Nosotros tenemos pegado el cordón umbilical a la idea de revolución; esa ya no está, pero sí están con nosotros sus ideales”.