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“Los remataban en la acera”

Víctimas y héroes de la noche de los atentados relatan en primera persona el horror vivido

Un grupo de forenses busca huellas en el café Bonne Biere de París, el 14 de noviembre de 2015.
Un grupo de forenses busca huellas en el café Bonne Biere de París, el 14 de noviembre de 2015. AFP

Jean Luc les vio la cara perfectamente. Estaban justo debajo de su ventana. Eran “muy jóvenes” y llevaban cada uno un Kalashnikov. Pudo ver a dos, aunque quizá hubiera un tercero. Sabe seguro que no llevaban cinturones con explosivos y sabe también que no levantaron el dedo del gatillo en ningún momento, como si no fueran a terminarse nunca las balas. “Durante cuatro minutos no dejaron de disparar. Era una masacre. Cuando alcanzaban a alguno, lo remataban en la acera con varios tiros más”, recuerda en la puerta del Café Le Belle Équipe, lugar donde murieron 18 personas a manos de los terroristas.

Torniquetes con una camiseta. Jean Luc vive justo en el piso de arriba del café y recuerda cómo a las 21.34 del viernes, mientras veía la televisión, empezaron los disparos en la calle. Las balas rebotaban contra todos lados (el sábado todavía podían verse decenas de orificios en los escaparates cercanos) y los cadáveres empezaron a amontonarse en la acera del bar. “Bajé corriendo. Me quité la camiseta y la utilicé para hacer algunos torniquetes. Hice lo que pude, yo me dedico a la seguridad y tengo algunos conocimientos”, se excusa. A su lado, su hija sigue en estado de shock y no puede contener los temblores.

Buscando refugio. El ataque al Belle Équipe fue de los más sangrientos la noche del viernes. Muchas de las víctimas se vieron acorraladas, otras lograron huir hacia las porterías cercanas. Berta y Lena tienen 18 años y viven en la esquina del local. Oyeron las ráfagas de disparos enseguida. “La gente empezó a correr hacia los portales y suplicaba que les dejásemos entrar para protegerse de los terroristas. Oímos disparos durante 30 minutos”, recuerda Berta, una estudiante vasca residente en París. Junto a ella, el sábado a la hora de comer, todavía había amigos y familiares de víctimas que lloraban desconsoladamente junto al altar de velas improvisado que la gente había montado en la puerta del bar. Aún no daban crédito a lo sucedido.

“Pensé que mi hermana estaba muerta”. A 1,5 kilómetros de ahí, en el bar Carrillon, Alejandra Mallol, auxiliar de vuelo española, tomaba el viernes una cerveza con su hermana. Habían llegado sobre las 21.20, y pocos minutos después llegó el olor a pólvora, el humo y las ráfagas de disparos. “Fuera había muchísima gente. Primero empezó a disparar contra todos ellos. Dentro todo el mundo se tiró al suelo, yo conseguí pasar al otro lado de la barra para protegerme”, cuenta. Ahí perdió de vista a su hermana, que se quedó tumbada en el suelo entre la multitud. Mientras duraron los disparos se hizo el silencio. “Venían de fuera, pero las explosiones retumbaban en el oído como si el terrorista estuviera dentro. Miré hacia donde estaba mi hermana y había un pequeño charco de sangre. Por un momento pensé que estaba muerta”.

Cuando paró el estruendo seco de los tiros, comenzaron los gritos y empezaron a oírse los nombres propios de los amigos y familiares, que la gente gritaba para averiguar si se encontraban bien. Todo el mundo buscaba a alguien. Alejandra escuchó la voz de su hermana enseguida, pero permanecieron un rato tumbadas. Nadie se atrevía a levantarse. “El chico que teníamos al lado estaba destrozado. Otro tenía un balazo en la pierna, otro en el costado… Nadie se ponía de pie al principio”, dice Mallol, todavía muy consternada por lo vivido pero ya de vuelta a su casa en Alicante.

El rostro del mal. Los dos asaltantes que atacaron el Carrillon recorrieron la calle que separa este bar del restaurante Petit Cambodge, en la zona del canal de Saint Martin. Disparando contra todos los que encontraron a su paso, acribillaron a la gente que estaba en la terraza y en las primeras filas del interior de los locales. Murieron 14 personas. Marie Lours, una vecina que presenció aquel ataque desde la distancia y que se acercó al día siguiente a la sala Bataclan con un ramo de flores, lo recordaba así: “Nunca más podré quitármelo de la cabeza. Es el rostro del mal. Es el horror absoluto”.

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