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El regreso de la violencia ahoga las esperanzas del Kurdistán turco

Cientos de personas han muerto desde la ruptura de la tregua entre la guerrilla y el Estado

Imagen de Silvan, en el distrito de Diyarbakir (Turquía), tras un enfrentamiento entre policías y militantes del PKK, el 5 de octubre de 2015. rn
Imagen de Silvan, en el distrito de Diyarbakir (Turquía), tras un enfrentamiento entre policías y militantes del PKK, el 5 de octubre de 2015. AFP

La paz ha durado poco más de dos años en el Kurdistán turco. Las ilusiones que trajeron los buenos resultados del Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP) en las elecciones del pasado 7 de junio —13 % de los votos, el mayor porcentaje jamás alcanzados por una formación kurda en Turquía— han sido enterradas por la ruptura de las negociaciones de paz y la vuelta del conflicto armado, que ha resurgido con violencia inusitada. Toques de queda, muertes de civiles en circunstancias sospechosas, tiroteos en las calles, han vuelto a formar parte de la vida cotidiana de los kurdos.

La nueva guerra entre los rebeldes kurdos y las fuerzas de seguridad que comenzó el pasado julio, además de en las zonas rurales, se libra en las ciudades, lo que ha aumentado el número de bajas: desde las elecciones de junio han muerto 139 civiles, 145 miembros de las fuerzas de seguridad y —según el Gobierno turco— más de mil militantes del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). La situación de seguridad se ha degradado tanto que el periodista Ömer Çelik asegura que sus compañeros de la agencia DIHA en Diyarbakir se despiden cada mañana de sus familias al salir de casa: “Porque no sabemos si regresaremos, ni de dónde vendrá la bala que acabará con nosotros”.

La avenida de Gazi, que comunica las murallas con el interior del casco antiguo de Diyarbakir está habitualmente ocupada por una riada humana que grita, compra, negocia productos de todo tipo, es el corazón del comercio tradicional. No esta semana. La mañana del sábado —pocas horas antes del atentado de Ankara— blindados de la Policía y el Ejército penetraron en la zona amurallada alegando que jóvenes simpatizantes del PKK habían levantado barricadas en las calles del centro, pese a que “se sabía” que durante el fin de semana el grupo armado kurdo iba a declarar un alto el fuego, subraya el político socialdemócrata Naci Sapan, quien cree que hubo una intención de provocación al iniciar la operación policial.

Durante cuatro días se impuso el toque de queda y decenas de blindados tomaron la ciudad vieja de Diyarbakir impidiendo a la gente entrar o moverse libremente. Al caer la noche, los disparos eran perceptibles incluso desde la lejanía. “Dentro han cortado la electricidad y todos los negocios están cerrados. No podemos trabajar y somos gente pobre, hay algunos que no han podido ni comprar comida”, denuncia Firat, un residente. Yakup Buldu, otro vecino de la ciudad vieja, afirma que unas 20.000 personas han abandonado el lugar por miedo a la violencia: “Yo he enviado a mi familia al pueblo, porque temo que les pase algo. El otro día, cuando bajé a comprar pan, vi que los francotiradores empezaban a disparar a un niño desde el tejado”. “La imagen es como la de la guerra de Siria, con gente que no puede salir de sus casas y la vida completamente parada”, denuncia Sapan.

Solo ayer, al levantarse el toque de queda, comenzó a conocerse el alcance de la operación de las fuerzas especiales de la Policía, pues durante este tiempo las comunicaciones estuvieron total o parcialmente cortadas, según el barrio. Pero los datos son todavía confusos: hay cuatro muertos confirmados —entre ellos una niña de 12 años, tras recibir un tiro en la cabeza— hay quien asegura que son más.

Desde agosto se han declarado toques de queda de varios en días en 11 localidades; en algunas, como Diyarbakir, Nusaybin o Cizre, en repetidas ocasiones. “El Estado no puede permitir que una organización terrorista tome el control de una zona de su territorio”, dice Galip Ensarioglu, líder provincial del partido gobernante AKP (islamista), para justificar los toques de queda. El problema es que, sin acceso de organizaciones independientes o periodistas, resulta imposible saber qué ocurre en esos lugares cuando los toman las fuerzas especiales de la Policía. Los nacionalistas kurdos denuncian que se aprovecha para cometer “asesinatos extrajudiciales”.

“El PKK llega al barrio y dice: ‘Estamos aquí para protegeros’. La policía llega y dice lo mismo. Pero los que sufrimos en esta guerra somos la gente normal”, se queja Vedat, decepcionado con todos los actores políticos: “¡Con lo bien que nos iba durante el proceso de paz! Teníamos trabajo y hasta venían turistas”. Pero el Gobierno anunció su “guerra contra el terrorismo” a finales de julio y el PKK puso fin a la tregua que había mantenido desde 2013. Pese a que el grupo kurdo declaró un nuevo alto el fuego unilateral hasta las elecciones del 1 de noviembre el sábado, los combates han continuado. “Los cazas turcos hacen 400 salidas por noche para bombardear al PKK, así es muy difícil que el PKK no lleve a cabo acciones defensivas. El Gobierno debería tomarse en serio el alto el fuego y decretar el fin de las operaciones militares”, exige Idris Baluken, jefe del grupo parlamentario del HDP prokurdo.