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El candidato Corbyn se erige en el rival a batir en el laborismo británico

Cooper y Burnham son la única opción capaz de frenar las aspiraciones del izquierdista

Jeremy Corbyn, durante un acto en Londres, el 18 de agosto.
Jeremy Corbyn, durante un acto en Londres, el 18 de agosto. Bloomberg

Lejos de mostrar un frente unido ante la imparable ascensión de Jeremy Corbyn, los candidatos al liderazgo laborista Yvette Cooper y Andy Burnham se presentan como la única opción capaz de frenar las aspiraciones del rival izquierdista. Ambos apelan al voto de quienes no quieren ver a un socialista de la vieja escuela encabezando el partido. Si Corbyn no logra imponerse por mayoría absoluta, el complejo mecanismo electoral del partido diluiría sus opciones.

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La irrupción de Jeremy Corbyn como inesperado favorito en la liza por el liderazgo del Labour ha provocado un terremoto, cuando el partido todavía se lame las heridas de su reciente y segunda derrota electoral consecutiva, y se debate entre un giro a la izquierda o moderar su discurso en aras del pragmatismo.

La perspectiva de que este veterano parlamentario, que esgrime la bandera antiausteridad y defiende la renacionalización de sectores estratégicos, pueda llegar a tomar las riendas del partido ha dejado en un segundo plano el debate sobre las ideas. El único objetivo del establishment laborista es hoy por hoy anular sus opciones, bajo la alerta del riesgo de fractura interna y la imposibilidad de regresar al poder bajo su candidatura. Los seguidores de Corbyn, por el contrario, tratan de alentar un movimiento de protesta, aunque muchos estén convencidos de que nunca ganaría unas elecciones generales.

El frente común esgrimido por los pesos pesados del Partido Laborista británico —y desde sensibilidades diversas— para derrotar al aspirante izquierdista no parece tener gran acogida, sin embargo, entre sus tres rivales. Las razones de Andy Burnham, Yvette Cooper y Liz Kendall responden, por supuesto, a su aspiración legítima a ganar la contienda. Pero, además, Cooper y Burnham confían en que el complejo sistema de voto de las primarias laboristas les abra una puerta indirecta a su objetivo. El mecanismo de elección del nuevo líder otorga mucho peso a la “segunda opción” elegida por el votante, en caso de que ninguno de los candidatos logre imponerse por mayoría absoluta. Y ahí apunta la guerra que Burnham y Cooper empiezan a librar, a tres semanas de que se conozca el veredicto final de los sufragios, el 12 de septiembre.

La segunda opción

Las papeletas remitidas a los 610.000 registrados para participar en el proceso brindan una doble opción: marcar un solo nombre, con el candidato elegido, o bien especificar el orden de preferencia de cada uno de los cuatro (del 1 al 4). Por mucho que las encuestas hayan apuntalado su figura, muchos dudan de que Jeremy Corbyn vaya a ser capaz de recabar el 50% de los votos necesarios para su inmediata proclamación. Entonces, se procedería a la eliminación de quien quedara en cuarto lugar (presumiblemente Kendall) y los votos obtenidos por las “segundas preferencias” se repartirían entre los otros tres. Si aun así ninguno sumara la mitad de los sufragios, ese mecanismo se repetiría. Es decir, el tercero quedaría eliminado y de nuevo las preferencias se transferirían a los protagonistas del último duelo.

Existe, por tanto, una cuña para los dos más sólidos oponentes de Corbyn. Apoyada por un sector importante del aparato del partido y por el diario The Guardian, Cooper ha pedido a Burnham que se retire, al considerarse la única capaz de batir al candidato izquierdista y de mantener al partido unido. Ubicada en el espectro del centro, ha criticado no obstante los drásticos recortes acometidos por el Gobierno conservador en los servicios públicos y se niega a conceder que la política de gasto de las anteriores administraciones laboristas fuera la responsable del actual déficit, si bien promete una “visión moderna” de la economía de cara al futuro.

Andy Burnham, como respuesta, ha denunciado las críticas contra Corbyn “desde la derecha del partido” (identificándola implícitamente con Cooper) como ciegas y divisorias. Socialdemócrata moderado y el mejor conectado con los sindicatos, es el único que se ha negado hasta la fecha a dibujar a Corbyn como “el peligro rojo”, pero en los últimos días ha dado un paso más, sugiriendo que ambos podrían encontrar un “terreno común” y mostrándose de acuerdo con las propuestas de construir miles de viviendas protegidas y de renacionalizar las vías ferroviarias. Busca presentarse, por tanto, como la opción realista para los desencantados desde la izquierda y aspira a acaparar la “segunda opción” de los seguidores de Corbyn.

Los tories, entre tanto, vaticinan que gane o no Corbyn en un desenlace todavía abierto, el laborismo no va a poder obviar el fenómeno y se verá forzado a dar un giro a la izquierda. Aunque su movimiento haya sido comparado con el español Podemos o el griego Syriza, no encarna a una fuerza nueva surgida de la protesta social, sino nacida en el seno del propio Partido Laborista, al que ha sumido en una honda crisis. Lo que acontece “es legítimo y es apasionante”, escribía en un editorial el Financial Times, “y para el Labour es catastrófico”.

Se esté o no de acuerdo con ese candidato a quien sus rivales tildan de idealista sin propuestas creíbles, “lo que atrae de Corbyn es que encarna una nueva narrativa”, ha subrayado el politólogo Pau Whitely. Y subraya que el éxito de formaciones tan dispares como el antiinmigración UKIP o el independentista escocés SNP “demuestra que hay un descontento con el statu quo (el sistema controlado por dos grandes partidos) y un creciente apetito por nuevas ideas”.