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TRIBUNA

Manuel Antonio Noriega pide perdón 25 años después

En Panamá se han mantenido innecesariamente abiertas heridas que debieron haber sido selladas antes

El miércoles 24 de junio, Manuel Antonio Noriega, el dictador panameño, rompió el silencio. Nunca había hablado en ese tiempo. Habló desde la cárcel de El Renacer al canal 13 panameño, Telemetro, en el programa estelar de Álvaro Alvarado. El 3 de junio pedí que por su edad y su tiempo en cautiverio le dieran casa por cárcel. El interés mío era viejo: ya a los 17 años de su presidio, en 2007, había pedido lo mismo en columna escrita en El Panamá América.

La Estrella de Panamá hizo noticia de aquello y publicó: “Cochez pide casa por cárcel para Noriega”. Esa noche, recibí una inesperada llamada. Era Manuel Antonio Noriega, dándome las gracias por mi gesto. Estaba convencido de que en Panamá, quizás por no saber cerrar capítulos, se han mantenido innecesariamente abiertas heridas que debieron haber sido selladas antes. Al igual que muchos panameños, fui víctima del régimen de terror que se instauró en la dictadura, desde Torrijos hasta Noriega. Decidí ir a visitarlo al penal, donde he conversado con él por más de tres horas. Negó, a pregunta mía, que me hubiera mandado a matar cuando regresé de Estados Unidos el 27 de noviembre de 1989 y me retuvieron en Tocumen fuerzas de seguridad del régimen.

Tenía muchos años que no lo veía. La última, quizás en 1986, cuando le tocó a las Fuerzas de Defensa por primera vez sustentar su presupuesto ante la Comisión de Presupuesto de la Asamblea Legislativa. Era legislador (hoy diputado) y lo cuestioné por dos horas seguidas. Ante mi incisivo interrogatorio, mantuvo la calma y la paciencia, con la misma firmeza y entereza que durante la entrevista del 24 de junio, donde pidió perdón a todos aquellos que durante su actuar militar de 20 años pudiera haberle causado algún daño.

Sobre sus hombros pesan 81 duros años, lo que se manifiesta en su lento caminar, porque a esa edad las piernas pesan. Tiene unos kilos de más. Está claro y muy agudo de mente, muy sereno. De haber sido hoy 1989, me confesó, hubiese aceptado la negociación que los norteamericanos le plantearon para salir del poder pacíficamente a cambio de quitarle los cargos que sobre él pesaban. Poco les importaba a los gringos lo que él hubiere hecho en Panamá.

Pudo haber sido perdonado por los norteamericanos, pero al no aceptar ese perdón, purgó más de 25 años en cautiverio

Pudiera ser el preso con mejores condiciones en todo Panamá. Vive solo en una pequeña vivienda donde tiene su televisión, su computadora y su pequeña biblioteca. El lugar, dentro de las selvas panameñas cerca del Canal, es muy húmedo. Puede tomar el sol en las afueras. Un médico lo revisa a diario y la Cruz Roja Internacional lo visita periódicamente. No es un reo cualquiera.

Han pasado 25 años y medio desde que fue a la Nunciatura, según me explicó, atendiendo una invitación a cenar del Nuncio Laboa, viejo conocido de él. Su estancia allí concluyó, luego de convencerlo Monseñor, con su entrega a las autoridades panameñas que prefirieron dárselo a los agentes de la DEA que lo vinieron a buscar. Quizás hubiese preferido quedarse y ser juzgado en Panamá, pero en ese momento la inestabilidad social y política que vivía el país lo impedía. Nadie hubiese sabido lo que pasaría estando en ese momento Noriega en una cárcel panameña. No querían jugar con candela.

Luego de ser condenado en Estados Unidos por 25 años, le rebajaron la pena por buen comportamiento. Le correspondía retornar a Panamá, pero el gobierno de Martín Torrijos prefirió que se fuera detenido a Francia. Su partido político, el PRD, estaba en elecciones internas y no convenía a sus intereses el regreso de Noriega a Panamá. Regresó durante el gobierno de Martinelli. Preso, le fueron a pedir algo a cambio de darle el beneficio de casa por cárcel. Querían que hablara mal de los dueños de las televisoras contrarias al gobierno: rehusó prestarse a interés alguno. Al final del gobierno le propusieron el mismo beneficio a cambio de pagar un millón de dólares. Dijo que no. Me indicó que no permitiría que nada enturbiara la paz de espíritu lograda en su largo cautiverio.

Para algunos no será fácil perdonar a Noriega. Como le mencionó el Nuncio Andrés Carrascosa en una de sus visitas al penal, recordemos que el Padre Nuestro nos dice que pedimos perdonar nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Eso fue lo que hizo el 24. Noriega, luciendo una guayabera blanca, leyendo un documento escrito a mano que debió preparar con sus hijas, pidió perdón a los panameños. Era imposible pedirle que describiera casos en particular, aunque el entrevistador intentó. Estuve presente y Noriega no quiso salirse del punto básico de su declaración: “Quiero cerrar el círculo de la era militar: pido perdón si he hecho daño a alguien”.

Este perdón implica un acto de contrición. Bien o mal lo que hiciera será Dios a quien le corresponderá juzgar. Pudo haber sido perdonado por los norteamericanos, pero al no aceptar ese perdón, purgó más de 25 años en cautiverio; más que ningún otro panameño en la historia. Podrían ser suficientes en la vida de cualquier ser humano.

Guillermo A. Cochez es abogado y político panameño. gcochez@cableonda.net