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Túnez se encalla entre huelgas, protestas y la amenaza libia

Una campaña en redes sociales que exige transparencia en la política energética desafía al Gobierno laico del país donde surgió la primavera árabe

Túnez
Los servicios de rescate y emergencias evacuan una víctima del atentado al Museo Bardo de Túnez, el pasado 18 de marzo. AP

“¿Dónde está el petróleo?” La frase tenía toda la contundencia necesaria para triunfar en las redes sociales de Túnez. Y así fue: a finales de mayo comenzaron a surgir páginas en Facebook que bajo ese lema que combina árabe y francés -Winou El pétrole- exigían transparencia y lucha contra la corrupción en la política energética. La campaña derivó en manifestaciones tanto en la capital como en varias ciudades del sur. Las protestas pusieron en evidencia más de una vez la mano de hierro que emplea la policía contra los manifestantes. Y finalmente el Gobierno decretó esta semana el toque de queda en la ciudad sureña de Douz (50.000 habitantes).

De poco ha servido que el ministro de Minas y Energía, Zakaria Hamad, explique que desde 1932 se han descubierto en el país 750 pozos y ahora solo se encuentra 39 en explotación. De poco ha servido promover campañas oficiales donde se informa de que el país produce 55.000 barriles diarios, el 1% de la producción de Argelia. Las manifestaciones, como las de este sábado en la capital tunecina, siguen convocándose, con pancartas que pregonan: “El petróleo es un derecho, banda de ladrones”, “El pueblo quiere su parte del petróleo”.

Todo nació en mayo con algunos tuits y unas páginas de Facebook. Sin embargo, muchos columnistas tunecinos opinan que detrás de estas protestas aparentemente anárquicas y espontáneas se esconde la oposición. Para Nida Tounes, el partido mayoritario en el Gobierno, se trata de una “campaña antipatriótica que llega en un periodo delicado donde el país tiene necesidad de afrontar los peligros del terrorismo, de la crisis económica asfixiante y de las reivindicaciones sociales constantes”.

El periodo, como bien asume el Gobierno, es delicado. Cuatro años después de que naciera la primavera árabe, el pasado diciembre fue elegido presidente el laico Beyi Caid Essebsi, de 88 años. Y desde enero hasta mayo se han convocado ya 106 huelgas en el país. Ha habido paros en casi todo el sector público: escuelas, institutos, hospitales, juzgados… Los docentes de primaria no hicieron los exámenes del último trimestre a sus alumnos y el Gobierno se ha visto obligado a aprobar a todos los estudiantes en el curso 2014-2015. A muchos de los huelguistas el Gobierno no les retiraba el sueldo por los días de paro. Y ahora que ha retenido el salario de cinco días de huelga en mayo, los sindicatos de enseñanza amenazan con boicotear el inicio del curso 2015-2016 si no se les abona esas cinco jornadas.

A todo eso se suma una deuda pública que aumentó un 58% en los últimos cuatro años. Y se suma también la crisis del sector turístico, después de que el 18 de marzo varios yihadistas matasen a 20 turistas en un atentado contra el Parlamento tunecino y el Museo Nacional del Bardo. Aquellos días triunfó en las redes sociales el lema “Yo soy Túnez”, que apelaba a la solidaridad con el país. Pero lo cierto es que las reservas de los turistas europeos para este verano han descendido en torno al 40% respecto al año pasado.

“El fenómeno del terrorismo yihadista es global”, explica a este diario un ministro tunecino. “Ha habido atentados en Nueva York, Londres, París, Madrid… Puede ocurrir en cualquier parte del mundo. ¿Por qué hemos sido nosotros los únicos que pagamos las consecuencias económicas del terror yihadista?”.

Y en medio de todo esto, la amenaza libia. El país comparte con Libia 500 kilómetros de frontera, en buena parte inmersa en el insondable Sáhara. Y eso, de momento, significa problemas. El jueves fueron secuestrados en el consulado tunecino de Trípoli diez funcionarios. Y este domingo secuestraron en la capital libia a otros ocho ciudadanos de Túnez. Ningún grupo ha asumido públicamente la responsabilidad. Pero esos hechos tal vez tengan mucho que ver con la detención en Túnez el mes pasado de Walid Kalib, miembro de una milicia de las que apoyan el gobierno de Trípoli, no reconocido internacionalmente.

A pesar de todo, Túnez sigue siendo para muchos la prueba palpable de que es posible la vida democrática y pacífica en un país de mayoría musulmán.

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