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Giorgio Napolitano deja la presidencia de Italia

El viejo estadista firmará el miércoles su dimisión sin ver en marcha las reformas por las que luchó

Napolitano en la capilla ardiente de Francesco Rosi, el 12 de enero. Ampliar foto
Napolitano en la capilla ardiente de Francesco Rosi, el 12 de enero. EFE

Napolitano de apellido y de nacimiento, comunista en sus orígenes, europeísta convencido y reconocido estadista, el “rey Giorgio” se lleva a la hora del adiós el extraño honor de haber sido el único presidente de la República en ser elegido dos veces, pero también una cierta frustración al constatar que los motivos por los que, a pesar de su avanzada edad, aceptó en abril de 2013 un segundo mandato siguen estando aún pendientes.

Ni Mario Monti ni Enrico Letta ni --hasta el momento-- Matteo Renzi lograron regalar a Giorgio Napolitano (Nápoles, 1925) las reformas necesarias –una nueva ley electoral y el fin del bicameralismo perfecto--para que Italia se convierta de una vez en un país gobernable. En gran medida porque Silvio Berlusconi, a quien Napolitano descabalgó del Gobierno en noviembre de 2011, se ha empeñado durante todo este tiempo en torpedear el trabajo de sus sucesores. Incluso ahora, triste epílogo, la siempre difícil labor de escoger un presidente de consenso, un digno sucesor del viejo estadista, se encuentra supeditada al poder, aunque ya menguante, del otrora Cavaliere, a su habilidad para confundir los intereses del país con los suyos propios.

Durante la despedida en Estrasburgo del semestre italiano al frente de la UE, el primer ministro, Matteo Renzi, confirmó el martes aquello que el propio presidente de la República había anunciado en su alocución de fin de año. “Estoy a punto de renunciar a mis funciones presentando mi dimisión”, dijo entonces Napolitano, y apuntó las razones: “He tocado con la mano el peso de la edad y las crecientes dificultades en el ejercicio de mis funciones institucionales”. A sus 89 años de edad, y después de toda una vida dedicada a la política, los últimos ocho años y medio en el palacio del Quirinale han resultado devastadores. Sobre todo a partir de aquel otoño de 2011 en el que, con la economía y el prestigio italiano al borde del precipicio, Napolitano decidiera echarse la estabilidad del país a la espalda y, en una discutida operación de ingeniería política avalada por Bruselas, Berlín y los mercados, apartar del poder a Berlusconi y colocar en su lugar un gobierno técnico presidido por Mario Monti.

La operación se frustró a finales de 2012 por el acoso y derribo al que Berlusconi sometió a Monti. Las elecciones generales de 2013 no hicieron más que confirmar la inoperancia del actual sistema electoral y el desencuentro entre los partidos. Por si fuera poco, el Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo no consideró conveniente utilizar su gran éxito electoral para buscar junto al Partido Democrático (PD) un sustituto de Napolitano –que en aquel momento finalizaba su primer septenio al frente de la presidencia— ni un gobierno de cambio. El nuevo bloqueo de la situación política llevó a los partidos a pedir al viejo estadista que aceptara un nuevo mandato. El “rey Giorgio”, como se le conoce afectuosamente en Italia, aceptó, a cambio de que los partidos se comprometieran a aparcar sus diferencias y buscar juntos las reformas. Todos –salvo el M5S de Grillo —dijeron que sí, y Napolitano situó al socialdemócrata Enrico Letta al frente de un Gobierno de consenso al que todos, propios y extraños, hicieron la pascua desde el primer día. Desde Berlusconi, que se salió del Gobierno en venganza por sus condenas judiciales, hasta Renzi, que aprovechó en cuanto pudo la debilidad política de su compañero de partido para colocarse en su lugar.

El resultado es que la Italia moderada y europeísta que sueña el viejo comunista ahora dimisionario –y a la que se puede poner rostro en los políticos a los que en los últimos tiempos otorgó su confianza, Mario Monti, Enrico Letta, Pier Carlo Padoan…-- no es todavía posible. La sombra de Berlusconi es tan alargada que se proyecta sobre su sucesor. Así que el miércoles, a media mañana, Giorgio Napolitano firmará su carta de dimisión y dejará junto a su esposa Clio el palacio del Quirinale y volverá a su casa del barrio romano de Monti. “Aquí se está bien”, reconoció ayer a preguntas de una escolar, “es todo muy bonito, pero a veces se convierte en una prisión”.

 

 

 

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