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Grecia afronta un cambio de escenario político con la votación presidencial

Samarás deberá convocar elecciones si su candidato a jefe de Estado no resulta elegido

Un soldado de la guardia presidencial desfila en Atenas.

Si no se produce una sorpresa mayúscula en la tercera y definitiva votación presidencial, y Stavros Dimas no logra este lunes los 180 votos necesarios para convertirse en jefe del Estado, Grecia celebrará elecciones anticipadas a finales de enero o principios de febrero. El panorama es poco tranquilizador para Bruselas, los mercados y la troika, que temen el descarrilamiento del país en el último empujón del rescate porque las encuestas pronostican la victoria de la izquierdista Syriza. Pero este horizonte resulta aún más inquietante para los partidos que se aferran al Gobierno, los conservadores del primer ministro Andonis Samarás y los socialistas del Pasok, que, según todos los sondeos, tendrán que desalojar el poder tras cuatro décadas de cómoda alternancia —y los dos últimos años de colaboración—, desarbolados por la crisis y la irrupción de nuevos partidos que han modificado de raíz el mapa político tradicional. El escenario presenta ciertas similitudes con otros países de Europa, como España.

Todos los partidos, incluidos los dos del Gobierno, han lanzado su maquinaria electoral y el cabildeo frenético de apoyos, socios y pactos. Porque, gane o no el candidato oficial, no hay vuelta atrás: los sondeos apuntan que Syriza, contraria a las políticas de austeridad, vencerá con el 28%, si bien su ventaja sobre Nueva Democracia (ND), el partido de Samarás, se ha reducido a tres puntos según los últimos datos demoscópicos.

La época de las gloriosas mayorías absolutas, consagradas por el bono de 50 escaños que la ley electoral reserva para el partido ganador, ha pasado a la historia, y las proyecciones de voto dibujan un panorama de poder relativo y pactos forzosos; la incógnita estriba en averiguar de quién con quién (o contra quién), “en un sistema tan poco dado a las coaliciones como el griego, por falta de cultura de compromiso”, recuerda Eleni Panagiotarea, del centro de estudios Eliamep.

“El paisaje político va a tener un aspecto muy diferente dentro de dos o tres años, independientemente de lo que suceda con la elección del presidente; la recomposición del mapa va a llevar algún tiempo”, apunta Pavlos Eleutheriadis, profesor de derecho en Oxford y miembro de To Potami (El río), un partido creado en marzo por profesionales ajenos a la política y que ha hecho de la lucha anticorrupción su bandera; las encuestas le dan en torno al 5% de los votos, tras lograr dos eurodiputados en mayo. “Una nueva Grecia está a la vuelta de la esquina, pero hemos de ser pacientes: la democracia tiene su propio ritmo”, señala.

Eleutheriadis apunta varios factores de cambio: la necesaria y progresiva renovación generacional de ND, “ahora mismo un partido gastado, pero con jóvenes diputados claramente europeístas y mucho más cosmopolitas que el actual liderazgo”; la implosión o incluso la disolución del Pasok, que concurrió a las europeas bajo la marca Eliá (Olivo) y sólo logró dos escaños, o las diferencias internas en Syriza, “entre una pequeña facción proeuropea y otra mucho más amplia contraria a Bruselas”.

Dimitris Jristú, miembro fundador de Syriza y exdirector de Afyí, su órgano oficial, confirma la existencia de corrientes en el seno de la formación: “Hay grupos muy a la izquierda, marxistas, trotskistas incluso, que serán un contrapeso al pragmatismo, sobre todo en lo relativo a las negociaciones con Bruselas”.

Otra de las lecturas que pueden sacarse de la crisis griega es que los partidos que han participado en el Gobierno van a pagar muy cara su política de ajustes. El Pasok obtendría sólo en torno al 5% de los votos, un resultado que podría disminuir con la creación de un nuevo partido por el ex primer ministro socialista Yorgos Papandreu —lo presentará mañana—, en un giro político que tiene mucho de matar al padre (el Pasok fue fundado en 1974 por su progenitor, Andreas Papandreu). El que fuera tercer socio del Gobierno hasta junio de 2013, Izquierda Democrática (Dimar, centroizquierda), ni siquiera lograría ahora representación, al quedar por debajo del umbral del 3% de los votos.

El panorama de ingobernabilidad se cierne por tanto sobre Atenas. Privado de su único aliado posible en la izquierda (Dimar), y dadas las diferencias irreconciliables con los comunistas, a Syriza sólo le quedaría coaligarse con Griegos Independientes (Anel, derecha ultranacionalista y antirrescate) si este último logra entrar en el Parlamento. Parece un pacto contra natura, tanto como un hipotético apoyo de los neonazis de Aurora Dorada (AD, en torno al 5% en intención de voto, la mitad que en mayo) al candidato presidencial en la votación de este lunes, como se especula con insistencia en los últimos días.

En una entrevista-discurso emitida el sábado por la televisión pública Nerit, duramente criticada por las asociaciones profesionales por “faltar a la ética del periodismo”, el primer ministro Samarás se preguntaba ambiguamente por qué llamaría la atención ahora su apoyo a Dimas, si en las dos votaciones precedentes nadie reparó en que AD votara junto a Syriza en contra. Un guiño perverso —los votos de AD servirían para evitar elecciones anticipadas— contra el que el propio candidato presidencial ya ha prevenido: “Por respeto a las instituciones democráticas, no aceptaré ser elegido con los votos de AD”, ha dicho Dimas. La suerte en Grecia está echada, pero no sólo para la votación del presidente.

 

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