Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

La hora de recomponer un país partido

Linlithgow, pueblo natal de Salmond, muestra la fractura abierta por el voto

Partidarios a favor y en contra de la independencia escocesa en Edimburgo, el 18 de septiembre Ampliar foto
Partidarios a favor y en contra de la independencia escocesa en Edimburgo, el 18 de septiembre Getty Images

Lo confirmaba una vecina que saca de su coche las bolsas con la compra: “Sí, esa es, la de los carteles del sí. Pero su familia ya no vive ahí, ahora vive otra gente”. Nadie contestó a la puerta del 101 de Preston Road, en el pueblo de Linlithgow, a apenas media hora en tren de Edimburgo, en el mediodía de la jornada electoral más importante que ha vivido Escocia en su historia. En esa casa adosada, con fachada gris de cemento, en un anodino barrio de viviendas sociales esparcidas en torno a una carretera de dos sentidos, creció el líder independentista escocés Alex Salmond.

Linlithgow, una localidad de los West Loathians presidida por un imponente castillo medieval y habitada por 13.000 personas, ha tenido otros vecinos ilustres. Nada menos que un rey (Jaime V) y una reina (María I) de Escocia. Pero el pasado jueves el ausente vecino de moda fue el líder del Scottish National Party (SNP), el partido nacionalista de Escocia, que votó a primera hora de la mañana a muchos kilómetros hacia el norte, en Strichen, donde reside con su esposa, y aseguró que esta “es una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida”. Este hombre nacido en Linlithgow el día de fin de año de 1954 es el responsable de una fabulosa campaña que, aunque no haya conseguido ganar el referéndum, va a deparar profundos cambios a este país.

Desde las ventanas de la casa de la niñez de Salmond se ve un parque recubierto de un césped perfecto donde juegan los niños bajo un cartel, pegado en una ventana de una casa cercana, que invita a “terminar para siempre con el gobierno de los tories”. En Linlithgow no gustan los conservadores británicos. Aquí se vota al laborismo y al nacionalismo de Salmond, que en las pasadas elecciones municipales obtuvo un apoyo del 43% de los votos.

Hartos de meses de campaña y broncas entre vecinos, ya nadie discute

Una furgoneta con banderas del sí bajaba por la carretera soltando su discurso por dos megáfonos, y se cruzaba con un coche con banderas del no que subía voceando el suyo. Poco más. La campaña llegó a su fin y se diría que los vecinos lo agradecían.

La vieja escuela donde estudió el líder nacionalista acoge urnas para los votos. Un anciano vecino salía del recinto, con la satisfacción del deber cumplido, custodiado por sus dos hijos. Acaban de sumar tres votos por el sí a la independencia. El hombre apenas recordaba al muchacho por cuyo partido acababa de votar. Pero sí conoció a su padre, “que debe de tener ahora 92 años” y se fue del pueblo hace dos.

Unas calles más abajo, al otro lado de las vías del tren, una mujer con panfletos del sí y un hombre con panfletos del no hacían guardia a la entrada de otro colegio electoral, el Queen Margaret. Ya nadie hacía cábalas sobre los resultados. Ya nadie discutía. Charlaban amigablemente, acaso hartos de meses de campaña y de broncas entre vecinos. La suerte estaba echada.

Anne, de 17 años, no puede beber una pinta pero sí votar en esta consulta

Anne Johnston acababa de echar la suya. Y era la primera vez que lo hacía. Tiene 17 años, las piernas blanquísimas, el pelo rubio platino, un piercing en la nariz y planea estudiar zoología. No puede tomarse una pinta en el pub de la esquina pero en este referéndum pudo votar. Anne, presa de la timidez, prefirió no revelar por qué opción se iba a decantar. Pero reconoció que en su familia el voto estuvo divido. En la mañana de este viernes, en su casa, unos están celebrando y otros no.

Corinne Mansion, la estudiante de 23 años que ofrecía propaganda del no a la puerta del colegio junto a su vecino partidario del sí, aseguraba que ese ya no era momento de convencer a nadie, sino de “poner una cara amigable a los que pasaban”. Confiaba en que ya no hubiese indecisos, si en ese momento alguien no había tomado una postura, para ella, era "un problema grave", dijo, medio en broma medio en serio. Corinne es laborista y comprendía a los votantes de su partido que apoyan la independencia. “Es difícil”, admitió, “identificarse con un Gobierno que está tan lejos y al que no has votado”. “Pero eso”, afirmó, “es la democracia”. Si la noche del pasado jueves hubiese ganado el sí, ella hubiese "llorado amargamente", bromeó. Le hubiesen entrado las ganas de hacer las maletas y marcharse. Pero no lo hubiese hecho. "Hubiese aceptado las cosas como hubieran sido”.

En algunas familias, gane quien gane, habrá celebraciones

El vecino partidario del sí que custodiaba la puerta del colegio con Corinne era Duncan Calder, votante del SNP que se definió como “amo de casa”. “Habrá que aceptar la decisión de la gente, sea cual sea”, opina. “Todo el mundo ha hecho lo que ha podido y lo que ha creído que era mejor para Escocia. Todos los motivos son buenos, eso al menos es lo que hay que creer”.

Cada votante que pasaba se llevaba una sonrisa de Corinne y otra de Duncan. Después de tantos meses y meses de campaña había llegado el momento de la verdad y el globo de energía parecía haberse desinflado de pronto. En ese momento quedaba mucho por recomponer, y esos dos vecinos del pequeño pueblo de Linlithgow ya estban en ello. “¿Quién va a ganar?”, se preguntaba Duncan. No lo sabía. Pero esperaba que, pasara lo que pasara, a partir de este viernes los políticos "trabajen para recomponer una Escocia que se ha partido en dos”.

Más información