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Irán y las grandes potencias reanudan el diálogo nuclear en Ginebra

Los negociadores acuden a la cita conscientes de que un fracaso reforzaría a los halcones en Teherán y en Washington

"Irán no cederá ni un ápice de sus derechos nucleares", afirma el líder supremo Jamenei

El ministro de Exteriores iraní, Mohamed Javad Zarif, pronuncia un discurso ante la mirada del presidente Rohaní.
El ministro de Exteriores iraní, Mohamed Javad Zarif, pronuncia un discurso ante la mirada del presidente Rohaní. AP

Irán y las grandes potencias vuelven a reunirse este miércoles en Ginebra para ultimar un marco negociador que permita eliminar las sospechas sobre el programa nuclear iraní. En esta tercera cita en cinco semanas, los negociadores afrontan una gran presión. Por una parte, la reunión anterior dejó la impresión de que estaban a punto de lograr un compromiso. Por otra, cuentan con un margen de tiempo limitado y saben que un fracaso reforzaría a quienes se oponen al entendimiento en ambos lados. Incluso en el mejor de los casos, el resultado que se obtenga de aquí al viernes solo será el principio de una ardua y complicada negociación.

El líder supremo iraní, ayatolá Alí Jamenei, ha asegurado este miércoles que su país no abandonará sus derechos nucleares y ha aclarado que ha marcado "líneas rojas" al equipo negociador. "Insistimos en que no cederemos ni un ápice en nuestros derechos", ha manifestado Jamenei en un discurso ante decenas de miles de voluntarios de las milicias Basiji en Teherán, retransmitido en directo por la cadena de televisión en lengua inglesa Press TV.

Lo que se busca en Ginebra es un acuerdo provisional de seis meses, durante los cuales Irán y los Seis (EEUU, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) puedan alcanzar un compromiso que limite el programa atómico iraní de forma que se garantice que no esconde objetivos militares. Según las filtraciones llegadas a la prensa, existe ya un borrador de entre dos y tres páginas que establece la neutralización de las actividades nucleares sospechosas a cambio de un levantamiento parcial y reversible de las sanciones, pero aún hay puntos entre corchetes, lo que significa que siguen debatiéndose.

Al margen de cuales sean los detalles que al final se plasmen en el papel, o se sobreentiendan, tanto los negociadores iraníes, encabezados por el ministro de Exteriores, Mohamed Javad Zarif, como los internacionales, a quienes coordina la jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, saben que no tienen todo el tiempo del mundo. Tanto en Teherán como en Washington, que es la pieza clave del sexteto, hay halcones que están esperando el fracaso de estas conversaciones para celebrarlo.

“Hay una vía, un camino constructivo”, afirma Zarif en un vídeo, en inglés, colgado ayer de YouTube, el último esfuerzo de comunicación directa del ministro que a menudo se expresa en Facebook y Twitter que, como YouTube, siguen prohibidos en su país. En su mensaje, el ministro pide a las potencias que “aprovechen esta oportunidad histórica”.

Aunque el presidente iraní, Hasan Rohaní, cuenta tanto con el respaldo popular como del líder supremo, si no obtiene resultados tangibles, dará una baza sin igual a los ultraconservadores que podrán reivindicar la política de la intransigencia. Barack Obama, por su parte, tendría mucho más complicado disuadir al Congreso de endurecer las sanciones contra Teherán.

Por eso, los equipos técnicos de los Seis y de Irán han seguido trabajando para salvar las diferencias que impidieron la firma hace diez días. Los asuntos espinosos, según fuentes diplomáticas occidentales, eran el reactor de Arak (que podría producir plutonio) y la insistencia de Teherán en que sus interlocutores reconozcan de forma explícita su derecho a enriquecer uranio (el proceso en el que ese mineral se purifica hasta convertirse en combustible nuclear).

Sin embargo, en los últimos días se han conocido algunas informaciones que hacen pensar que se están acercando posturas. Por un lado, el último informe del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ha revelado que en el trimestre de agosto a octubre, el primero bajo la presidencia de Rohaní, Irán ha frenado la expansión de sus actividades nucleares, incluido un alto en la construcción de Arak. El cambio de ritmo parece un gesto del nuevo Gobierno.

Por otro, y a pesar de que tanto Rohaní como otros portavoces iraníes han dejado claro que el enriquecimiento de uranio es innegociable, su ministro de Exteriores ha declarado que no es “necesario que ese derecho sea reconocido como tal porque se trata de un derecho inalienable y todos los países deben respetarlo”. En cuanto a los Seis, hace ya dos años que centran sus esfuerzos en parar el enriquecimiento al 20% (técnicamente más cerca del 90% que se requiere para una bomba), lo que parece una aceptación implícita de que Irán pueda enriquecer al 3,5% (el grado necesario para el combustible nuclear) bajo supervisión del OIEA.

Finalmente, queda por ver hasta qué punto las potencias están dispuestas a aliviar la presión sancionadora contra Irán. La expulsión de sus bancos del sistema financiero internacional y la presión estadounidense para que no se le compre petróleo han reducido las exportaciones iraníes de crudo el 60% en los dos últimos años, lo que se ha traducido en una reducción significativa de sus ingresos (de 250 millones a 100 millones de dólares al día). Tanto los gobiernos occidentales como muchos analistas consideran que eso ha sido lo que ha llevado a los dirigentes iraníes a cambiar su actitud hacia las negociaciones nucleares.

No obstante, los iraníes consideraron insuficiente una primera oferta de desbloquear de forma gradual los cerca de 50.000 millones de dólares que Teherán tiene congelados en bancos extranjeros, y levantar las restricciones al comercio de metales preciosos. En la prensa estadounidense se ha evaluado el valor del levantamiento de las sanciones en esta primera fase en cerca de diez mil millones de dólares. Según una fuente citada por Reuters, los incentivos incluyen la posibilidad de vender petróleo 3.500 millones de dólares, productos petroquímicos por entre 2.000 y 3.000 millones y oro por entre 1.000 y 2.000 millones.

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