Los ayatolás siguen la vía pragmática

La crisis económica interna ha marcado el giro político del nuevo Gobierno

El presidente iraní, Hassan Rohaní, en Teherán.
El presidente iraní, Hassan Rohaní, en Teherán.a. taherkenareh / efe

La que algunos observadores ya han calificado como la negociación más sustanciosa entre Irán y Estados Unidos (y el resto de las potencias) desde hace 34 años se ha logrado gracias al respaldo del líder supremo, el ayatolá Ali Jameneí, a las conversaciones. El cambio de tono y estilo que Hasan Rohaní, el presidente elegido el pasado junio, ha dado a la política exterior iraní no hubiera sido posible sin la anuencia de la más alta autoridad del país. Pero no se trata tanto de una convicción personal (Jameneí siempre ha recelado de Occidente) como de una opción pragmática ante la grave crisis económica y de estado de ánimo que atraviesa la República Islámica.

“Las conversaciones de Ginebra constituyen un momento decisivo para Irán”, declaró ayer el expresidente Ali Akbar Hachemí Rafsanyaní, haciéndose eco de un sentir generalizado.

Rohaní llegó al Gobierno gracias a una alianza de conservadores moderados (también llamados pragmáticos), como el propio Rafsanyaní, y de lo que quedaba del reformismo tras la represión de 2009. Esa suma de fuerzas, apoyada en la respuesta de la calle, terminó de convencer a Jameneí de la necesidad de cambiar de rumbo después de la política de desafío, confrontación y provocaciones gratuitas que durante los ocho años precedentes se convirtió en el distintivo de Irán bajo la presidencia de Mahmud Ahmadineyad y dejó al país en la ruina. No debió de costarles mucho habida cuenta del desencuentro que se produjo entre el líder y su protegido en los últimos años.

“Nuestros negociadores son hijos de la revolución. Apoyamos firmemente a quienes están a cargo de nuestra diplomacia”, anunció a mediodía de ayer en inglés la cuenta de Twitter atribuida a Jameneí. Es el mismo mensaje que el líder lanzó el pasado domingo cuando pidió a los recalcitrantes que evitaran criticar a los encargados de las conversaciones.

Nunca antes su apoyo había sido tan explícito. No significa que hayan desaparecido los duros del régimen que se oponen a cualquier concesión, pero ahora se ven obligados a contener su disgusto y tienen más difícil hacerse oír. Eso ha permitido que los medios de comunicación iraníes (todos bajo control estatal) hayan reflejado un respaldo generalizado a la reunión de Ginebra. Aún así, los diarios más moderados se referían ayer a la posibilidad de un “acuerdo histórico”, en tanto que los conservadores hablaban de “espejismo”, como si no lo creyeran factible.

“Si las negociaciones dan fruto, tanto mejor, pero si no, debería entenderse que Irán tiene que valerse por sí mismo”, ha tuiteado también un cauto Jameneí que en cualquier caso lleva las de ganar. Si el acuerdo sale adelante, podrá colgarse la medalla. Si no, verá validada su desconfianza y nadie podrá echarle en cara el no haberlo intentado.

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Para Rohaní y sus partidarios, no es posible el fracaso. Sería capitalizado de inmediato por los ultras que consideran el antiamericanismo y la oposición a Occidente un pilar, no ya de su trasnochada ideología revolucionaria, sino del carácter nacional que creen encarnar. La opinión pública iraní es mucho más diversa y abierta al mundo.

Significativamente, y en lo que parece querer reforzar el mensaje de seriedad iraní, Alaedin Borujerdi, que preside la Comisión de Política Exterior y Seguridad Nacional del Parlamento, ha manifestado que el equipo negociador tiene todo el apoyo de la Cámara. Sus palabras, recogidas por la agencia oficial Irna, tienen especial relevancia porque esa comisión será la encargada de validar el eventual acuerdo que se alcance en Ginebra. De él va a depender que Irán avance hacia el futuro o a hacia el pasado reciente que intenta dejar atrás.

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