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ANÁLISIS

De nuevo en el muelle de la muerte

Ninguno de mis ‘clandestinos’ quería ser compadecido. Su dolor es secreto

Los equipos de rescate trasladan un cadáver el jueves en Lampedusa.
Los equipos de rescate trasladan un cadáver el jueves en Lampedusa. EFE

Existe para cualquier hombre un lugar en el que le resulta imposible divertirse, olvidar su propia vida. En el que, como en Dodoma, los árboles, sacudidos por el viento, no profetizan, no es el futuro lo que conocen sino el pasado, y recuerdan. En el que no podemos juzgar o condenar; sencillamente allí hemos visto, sabemos. Para mí ese lugar es Lampedusa.

No sabía, antes de llegar aquí, que existieran seres a los que se arroja como desperdicios, cuando aún no están muertos, a los que nadie quiere socorrer y que mueren poco a poco, extenuados por sus dolores, deshaciéndose lentamente al aire libre.

Un descubrimiento casual, después de un viaje en cuya meta se hallaba esta isla. Aquí a mí me sería imposible, como esos últimos turistas bronceados que chancleteaban ayer bajo el dulce ocaso del otoño, acercarme al puerto «a ver a los muertos», donde me sería imposible sumergirme en el mar. Lampedusa: aquí la tierra no ama los árboles, como tampoco los hombres los aman; la tierra seca y dura no los alimenta, lo hace el mar. Aquí hay una historia mía escrita en el mar, indescifrable para los no iniciados.

Paso, justo enfrente del muelle, ante el cementerio de los derrelictos, las barcazas de los «clandestinos»; nadie tiene el coraje de llevárselas, de destruirlas, los colores un poco más desvaídos que hace dos años. Mi barca no está aquí porque se hundió, igual que la de estos africanos, la de los muertos de ahora. Hace dos años desembarqué en este mismo muelle: yo era uno de ellos, desde Zarzis, en Túnez, hasta Lampedusa, veintitantas horas de mar y después el naufragio y la muerte que, afortunadamente, gracias a la mano fraternal de hombres valerosos, a nosotros tan sólo nos rozó. También entonces, de haber estado el mundo recién creado para albergar a los ángeles, en aquel mundo no habría podido alborear día más hermoso.

Camino por el muelle, ese mismo muelle, en medio de los curiosos, de las televisiones que cuentan, que intentan explicar. Mis compañeros náufragos de hace dos años bajaron a tierra envueltos en hojas de plástico relucientes como corazas. Ahora desfilan los sacos negros de los muertos. Ya he descrito el brillo, bajo el sol de otoño, de las tejas y de las rocas, un paisaje palpitante, fraternal, donde el viento en el crepúsculo es el aliento, vivo y cálido, de una criatura de Dios. Aquí aprendí que sufrir parece algo maravillosa al hombre que se ha sentido cerca de la muerte y que de repente descubre que está a salvo. Algunos, pescadores de ojos oscuros y relucientes como aceitunas negras, todavía se acuerdan de mí: «Tú estás vivo…».

Mis ciento doce compañeros; de pocos recuerdo aún el nombre, en el mar apretujados sobre el puente para ganar espacio —el espacio cuesta y es fructífero para los traficantes—, asediados por las olas nadie habla. ¿Quién se acordará de los nombres de estos muertos? Rostros demasiado evanescente, mucho me temo, para que uno solo de sus rasgos sea reconocible si se recorta en la curva de los cascos, si se mueve como las hojas. Quisiera que en mí, conmigo ascendieran desde el abismo, pudieran respirar al aire libre estos nuevos muertos también. ¿Por qué contar no puede ser una resurrección? ¿Por qué las historias, las historias que escribiremos mañana en los periódicos no pueden hacer revivir su intimidad, las vidas secretas de sus corazones?

Hace dos años me embarqué para entender, para intentar entender. Para la mayor parte de estos hombres, al contrario de lo que nos ocurre a nosotros, morir es un sencillo incidente: tropiezan y desaparecen en la trampa como animales sorprendidos. Tunecinos ayer, eritreos, somalíes, sirios hoy, durante toda su vida han contemplado la muerte, inmersos desde la infancia en esa vorágine y siempre han entregrado su corazón y a sí mismos a la noche.

¡No, me equivoco! Ninguna de estas tragedias se asemeja en el fondo, ninguna desesperación, ningún dolor es igual a otro dolor. Hace dos años mis compañeros eran todos jóvenes, una generación que había ganado una revolución y afrontaba la muerte en el mar para ir a ver, ahora que eran libres, el mundo, el otro mundo, su futuro posible. Hoy, hoy son la miseria, el hambre, la desgracia, la guerra, la revolución perdida: son el campo devastado por la sequía, los bienes robados por el miliciano o el gobierno, la mano levantada del fanático. Una fuerza más grande y más tremenda, misteriosa como el propio rostro de la vida, que a veces tiene la mirada estremecedora del desierto y otras veces los ojos dulces del mar, ha movido a estos hombres más allá del terraplén del miedo, les ha enseñado a huir, aunque el peligro sea mortal y un hilo sutilísimo separe la desesperación de la esperanza y no les sea dado a los hombres el conocerlo. Aferrados a ese hilo, que es más fuerte que el cable que sostiene el ancla de sus barcazas desgraciadas, aferrados con manos y dientes a ese hilo que se llama voluntad de resistir, de continuar, de tener esperanza, y que tal vez sea la fe en Dios en su Dios, han permanecido firmes sobre ese tablazón podrido hasta que el mar o el fuego han consumido sus esperanzas. Al final de su camino hay en cambio un mundo que acarrea en sí la moral de la desigualdad.

Hace dos años acompañé durante un breve tramo la anábasis de un pueblo que no está marcado en los libros de geografía ni en los índices de la ONU, pero que crece cada día, el pueblo de los emigrantes. Nadie puede contarlos, ni a los vivos ni a los muertos. Es un pueblo que conoce la paciencia, para el que las esperas se allanan y se ensanchan en una aparente eternidad. En perenne camino, franquea los desiertos, no ha visto nunca el mar y, sin embargo, monta sobre desvencijadas barcazas y mira a la cara las tempestades. El mar es la imagen del inasible fantasma de la vida, y es la clave de todo. ¿Qué sabemos nosotros del momento de la marcha, si no estábamos con ellos? Mis compañeros me contaron que toda separación es un estallido de llanto entremezclado de alegría, por la esperanza que se emboca y por el dolor de las cosas que se abandonan.

Me reuní con ellos en el desierto del Níger, el inmenso sendero de arena: no ya eritreos, somalíes, sudaneses, negros o árabes, con los documentos tirados desaparecían sus identidades, eran otra gente, tambaleantes, corroídos, descarnados, dislocados, endebles, desarraigados. Ya habían pagado mucho y aún les quedaba mucho por pagar, en cada etapa, durante semanas, durante meses, durante años; conmovidos por el cielo estrellado, por el silencio, por el recuerdo resignado de los muertos, por la fuga del tiempo, por el ímpetu del corazón. Los vi desaparecer en Gao, engullidos por los camiones, grandes camiones de las minas, de los traficantes. En sus ojos había una dulzura secreta, una nota tierna y transida que yo, que nosotros para quienes el viaje no es más que un túnel que cruzar a toda prisa, no podíamos entender. Ninguno de mis «clandestinos» quería ser compadecido, en sus rostros bregaba una expresión de alegría. ¡Cuántos prefieren callar! Su dolor es su secreto, el último tesoro que se resistían a ceder después de que los traficantes de hombres se lo hayan quitado todo. Nosotros los occidentales, en cambio, para compadecer, sentimos la necesidad de ver sufrir.

Traducción de Carlos Gumpert.

© La Stampa