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“Vivir en Berlín me permite sentir la proximidad con la historia”

La artista escocesa Susan Philipsz halla la inspiración en la capital alemana

Susan Philipsz.
Susan Philipsz. CORDON

Cuando me vine a vivir a Berlín, en 2001, tuve la sensación de que había llegado a una ciudad con un gran sentido de las posibilidades. Llegaba de Belfast, pasando por una escuela pública de Nueva York, y Berlín bullía de artistas procedentes de muchas otras ciudades. No tenía demasiadas ideas preconcebidas, aparte de Kraftwerk y los “rápidos coches alemanes” [un verso de Airbag, de Radiohead], pero Berlín tampoco es muy representativa de Alemania. En realidad, cuando pienso en la mayoría de los sitios en los que he vivido, pienso en la ciudad, y no en el país.

Mis primeras impresiones fueron que era una ciudad internacional, joven y vibrante, con una gran comunidad artística. Me gusta el hecho de que esté tan llena de contrastes y de que, al mismo tiempo, haya una peculiar quietud, una atmósfera que inunda sus espacios. Me gusta que puede parecer increíblemente grande y muy tranquila al mismo tiempo, y que me inspira. Una de las cosas que más me extrañó desde el primer momento es que se canta muy poco en los espacios públicos. Yo vengo de un lugar en el que cantar es una parte fundamental de las reuniones sociales y públicas, y su ausencia es algo que inmediatamente me llamó la atención. Creo que es porque cantar se ha relacionado siempre con el nacionalismo y los desfiles, y desde la Segunda Guerra Mundial se ve con malos ojos. Para alguien que utiliza su voz en un espacio público, esa fue una gran sorpresa.

Vivía en Mitte y me gustaba ir a lugares especiales como el cementerio de Alter Garnisonfriedhof, donde presenté una muestra durante la Bienal de Berlín de 2006. Es un cementerio sereno y pacífico; a cierta distancia de las floridas lápidas militares, en un discreto rincón, hay varias fosas comunes. Una simple serie de losas muestra los nombres de los hombres y mujeres cuyos cuerpos se encontraron aquí en 1945, pero lo más escalofriante es la cantidad de desconocidos, los Unbekannte.

Me gusta que puede parecer increíblemente grande y muy tranquila al mismo tiempo”

A pesar de que he ido sabiendo más de pasado de la ciudad, me pareció increíble un artículo de periódico que leí hace poco. En él se ve a una anciana de pie delante de nuestro edificio, en Starnberger Strasse, y al fondo están claramente visibles nuestro piso y nuestro balcón. La mujer es Rahel Renate Mann, que de niña vivió en la misma planta en la que vivimos nosotros. Las SS habían pintado una estrella amarilla en la puerta de la vivienda y, en 1942, cuando ella tenía cuatro años, detuvieron a su madre y la enviaron al campo de concentración de Sachsenhausen. En un momento de valor e inspiración, la portera agarró a la niña, que estaba en manos del policía, y le dijo: “Esta es mi sobrina. Es mía”. Se la llevó y la estuvo trasladando de escondite en escondite hasta que acabó por ocultarla detrás de un armario en el sótano de nuestro edificio. Allí permaneció la niña en silencio, a oscuras, hasta que la rescataron las tropas rusas, en 1945.

Es estremecedor sentir que su historia toca tan de cerca mi vida diaria. Yo utilizo mucho ese sótano, y pensar en una niña pequeña escondida allí, entre los muebles, me resulta inimaginable. El artículo que leí contaba después que, aunque la mujer hoy da conferencias y tiene obra publicada, a menudo la critican por ser demasiado callada.

Vivir en Berlín me permite sentir una y otra vez la proximidad con la historia. Es una de las muchas razones por las que la ciudad me inspira de tal manera.