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Alepo aguarda el golpe de El Asad

La guerra ha dividido en dos bandos la segunda ciudad más importante del país

Los rebeldes temen una ofensiva del régimen para retomar el control

Vecinos de Alepo atraviesan el puesto de control que divide la ciudad entre los dos bandos, el 10 de julio. Ampliar foto
Vecinos de Alepo atraviesan el puesto de control que divide la ciudad entre los dos bandos, el 10 de julio. REUTERS

Alepo se despereza después de meses de frentes estancados que han convertido la línea de fuego en una frontera de escombros y barricadas. Ante la amenaza de una inminente ofensiva del régimen, la ciudad se reinventa dividida desde que la ofensiva rebelde de 2012 diera a luz a la Alepo liberada. "La guerra ha colocado una frontera en la misma ciudad", dice Abali frente al puesto de control del Ejército Libre Sirio (ELS) en Bustan al Qaser, el único cruce que queda. "Ha creado dos países".

Más de dos años de guerra y 100.000 muertos, según la ONU, han partido en dos la segunda ciudad más importante de Siria. En el oeste, unos tres millones de personas viven en territorio controlado por el Ejército de El Asad; en el este y el sur, otros cuatro millones combaten con rutina los aviones del régimen que siguen descargando sobre la mitad rebelde, donde el día a día se institucionaliza.

"Nos hacemos cargo de todos los servicios civiles: sanidad, limpieza, educación y mantenimiento de la electricidad", explica Ahmad Assus, presidente del Consejo Civil, el protoayuntamiento de la zona alzada establecido a principios de marzo tras una elección en la ciudad turca de Gaziantep. Después vienen los peros. Los hospitales no funcionan, la mayoría de escuelas quedaron destruidas, la basura se acumula en vertederos ilegales porque los camiones no alcanzan los basureros en zona del régimen. Hasta la luz intermitente depende de un acuerdo entre ambos bandos, con mediación de la Media Luna Roja, para mantener la central eléctrica de Al Sajur, la más grande de la ciudad, en plena línea de fuego. "Sufrimos por la falta de fondos", asegura Assus, el alcalde, que señala a la Coalición Nacional de Fuerzas de la Oposición y de la Revolución Siria (CNFORS, reconocida por 114 países) con sede en Estambul.

"No saben muchas cosas, no sienten nuestro sufrimiento, toman decisiones que no nos alivian". Abu Hussein, un profesor de inglés de 50 años, se queja de la distancia de la CNFORS. Da un nombre cualquiera para evitar perder, por trabajar en una escuela rebelde, la paga que aún cobra del régimen. A su cargo, unos 450 niños a cuyos padres han convencido para sentar en de un pupitre. "Mucha gente teme las bombas y no querían venir".

El colegio, donde reutilizan los libros de texto del régimen desde preescolar hasta secundaria, tomó el relevo de la guerra. "Lo más importante es que nuestros niños sigan aprendiendo a diferenciar las palabras y los números: Se ha convertido en algo natural que distingan el sonido de los cazas". El próximo paso es conseguir un certificado homologado que permita a los hijos de la revolución llegar a la universidad.

Hussein, de 26 años, lleva dos años sin pisar su clase. Su facultad quedó al otro lado de la línea maniquea que separa Alepo entrebuenos y malos, revolucionarios y seguidores de El Asad, depende desde donde se mire. "Me consideran un terrorista", protesta el activista y estudiante de comunicación, "solo por vivir en un barrio determinado ya estás en la lista".

En la otra zona no faltan clases, sino comida. De regreso a Bustan al Qaser, Abali se pregunta si le dejarán cruzar cargado con las viandas para su tío. Barrios como Al Masharika, controlados por el régimen, viven bajo asedio desde que hace dos semanas los rebeldes prohibieron el paso de verduras, pan y combustible desde el área liberada.

"Es un crimen no permitir los alimentos", dice Ahmad, "[el ELS] debería combatir al régimen, no a la gente". La inflación es el enemigo. "Cada vez que permitimos que salga comida, el precio aquí [en la zona rebelde] sube de 50 a 200 libras sirias", se justifica el guardián Abu Saker mientras levanta riendo su fusil con la amenaza de disparos al aire. La trifulca se salda con un par de guantazos y un detenido al que se llevan ante la entrada de un cadáver solo reconocible por las mujeres que aguantan las lágrimas detrás de la carretilla. Los francotiradores abaten cada día polizones de un lado y otro del cruce, abierto solo hasta después de mediodía.

Mientras la zona urbana permanece apalancada, los rebeldes avanzan en las afueras. El fuego cruzado en torno a Al Rashideen, la última zona conquistada, ha obligado a cortar la autovía hacia Damasco. Los choques se concentran junto a la cercana Academia Militar, uno de los principales arsenales del régimen, donde se sospecha que se refugian milicianos de Hezbolá listos para atacar.

La ciudad, un nudo estratégico en la carretera de Damasco a Tartus, vive sitiada desde que la victoria del Ejército sirio y Hezbolá sobre Al Qusayr hiciese evidente que el régimen, lejos de la debilidad atribuida, recuperaba terreno. Tras Homs, la Alepo revolucionaria teme su turno mientras intenta organizarse.