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PERFIL

Nigel Farage, un inconformista antiinmigración

El líder del partido UKIP aprovecha su carisma para poner patas arriba la política británica

El líder del UKIP, Nigel Farage, hace campaña en febrero pasado.
El líder del UKIP, Nigel Farage, hace campaña en febrero pasado. Getty Images

Los problemas de David Cameron tienen nombre y apellido: Nigel Farage, líder del UKIP, un partido que aparece y desaparece como el Guadiana pero que esta vez parece destinado a permanecer bastante tiempo en primer plano. Creado en 1993 con el objetivo de sacar a Reino Unido de la UE, de la mano de Nigel Farage, su líder entre septiembre de 2006 y noviembre de 2009 y de nuevo desde noviembre de 2010, se ha convertido en algo más que en un partido de protesta contra Europa y se ha situado en el centro del debate político británico.

Farage lo ha conseguido explotando mucho más que la fobia europea: el miedo a la inmigración. No solo la procedente de países terceros, sino la comunitaria. El éxito ha sido inmediato porque a diferencia de Europa, que solo interesa al 10% de los británicos, el debate sobre la inmigración sí preocupa.

Farage, de 49 años, es un maverick, un inconformista que desafía lo políticamente correcto. Le gusta presentarse como un político “anti-establishment”, aunque él no está muy lejos de esa clase dominante. Hijo de un corredor de Bolsa que se hizo rico y tenía problemas con el alcohol, estudió en una elitista escuela privada y siguió el camino paterno: renunció a la universidad para ganar dinero en la Bolsa y heredó también su gusto por la bebida.

Esa es una de sus bazas: no le importa que le retraten pinta en mano o fumando un pitillo tras otro. Forma parte de esa imagen populista que alimenta con sus gustos personales: se opone a la prohibición de fumar en locales públicos y al precio único del alcohol lo mismo que a la caza del zorro o al matrimonio entre personas del mismo sexo. Tras esas posturas subyace un mensaje político nada trivial: es una manera de decirle a los británicos que están acabando con su modo de vida tradicional, con su identidad. Y, Europa y el establishment tienen la culpa.

Tiene mucho cuidado, eso sí, en deslindar el racismo de su credo político, y pone como prueba de ello que su mujer es alemana.

Su imagen carismática, que le vincula con otros políticos forjados contracorriente, como el alcalde conservador de Londres, Boris Johnson, o su antecesor laborista, Ken Livingstone, se ha reforzado por su capacidad de supervivencia: de joven casi muere atropellado, superó un cáncer de testículos que ni siquiera le ha impedido tener hijos y hace tan solo tres años salió indemne cuando la avioneta en la que estaba cerrando la campaña de las elecciones generales de mayo de 2010 capotó de morros contra el suelo.

Aquel día no solo estuvo a punto de perder la vida, sino que parecía políticamente muerto: solo obtuvo un 3% de los votos en su intento de dejar sin escaño al presidente de los Comunes, rompiendo la tradición de que nadie compite contra él en las urnas.

El resucitado Farage está tan gallo como siempre. “Era el más follonero de la clase”, recuerda un antiguo corresponsal en Bruselas, donde el líder del UKIP pasa media vida como parlamentario. “Siempre aparecía en la sala de prensa para subir la tensión al máximo. Recuerdo un día, después de que [José Manuel Durão] Barroso superara un voto de censura a la Comisión, en que él apareció al grito de ‘Todo está podrido, todo es una mierda’. Siempre me pareció que era un caballo de Troya, que estaba en el Parlamento Europeo para reventarlo todo”, añade. Seguramente, David Cameron piensa lo mismo.