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Theresa May, la alternativa femenina

Con fama de trabajadora y competente, ha aprovechado la proyección como ministra del Interior

La ministra de Interior británica, Theresa May, abandona Downing Street, el pasado 22 de enero.
La ministra de Interior británica, Theresa May, abandona Downing Street, el pasado 22 de enero. REUTERS

Theresa May empezó a interesar seriamente a la prensa en octubre de 2002, cuando salió al estrado del congreso de otoño del Partido Conservador luciendo unos espectaculares zapatos con dibujos de piel de leopardo. En aquel congreso, May lanzó ante las bases tories un discurso que no todos encajaron bien: un llamamiento con tintes casi crueles para que los conservadores dejaran de ser lo que ella definió como “the nasty party”. Un partido desagradable. Los tories habían perdido de forma abrumadora las elecciones de 2001 liderados por William Hague y habían elegido como nuevo líder al bienintencionado pero anticuado Ian Duncan-Smith. May no hacía más que adelantarse a su tiempo y defender un viraje hacia el centro que acabaría convirtiendo a David Cameron en líder y primer ministro.

Más de 10 años después, la camaleónica May se ha puesto los zapatos de la derecha y se postula con estudiada ambigüedad como recambio del primer ministro si las cosas se acaban poniendo catastróficamente mal. Con fama de trabajadora, concienzuda y competente, ha sabido aprovechar la proyección que le da su cargo de ministra del Interior para cimentar sus ambiciones de convertirse algún día en la segunda mujer en llegar a Downing Street. La primera, claro, fue Margaret Thatcher, que tanto hizo para que el Partido Conservador acaparara la etiqueta de “nasty party”.

Si hace 10 años May comprendió que la única forma de volver al poder era abrazar el pragmatismo centrista que tantos votos le había dado al Nuevo Laborismo de Tony Blair, ahora parece haber llegado a la conclusión de que solo puede alcanzar el liderazgo del partido –paso imprescindible en el camino hacia Downing Street- cortejando a la derecha del partido. Y no tiene inconveniente en coquetear con los antieuropeos promoviendo la retirada británica de las políticas de Interior y Justicia de la Unión Europea o insinuando que Reino Unido debería plantearse seriamente renegar de la Convención Europea de Derechos Humanos. Y busca el apoyo de los influyentes tabloides defendiendo políticas de mano dura con los inmigrantes.

¿Es Theresa May una amenaza seria para David Cameron? Hoy por hoy parece difícil que los conservadores se embarquen en un cambio de líder que muchos consideran un suicidio político. A fin de cuentas, Cameron aún no lleva tres años en el Gobierno, Reino Unido atraviesa una seria crisis económica pero no está mucho peor que los países de su entorno y, aunque está a 10 puntos de los laboristas en los sondeos electorales, quedan aún algo más de dos años para las elecciones. Más bien parece que May se está postulando para el futuro, ante la seria posibilidad de que Cameron pierda las próximas elecciones y los conservadores necesiten un nuevo líder dentro de dos años.

Rompiendo su tendencia a dosificar sus apariciones públicas para no dar la imagen de conspiradora, la ministra del Interior pareció postularse como alternativa a Cameron cuando hace unos días desgranó su credo político en un acto del grupo Conservative Home, que se distingue por sus críticas a las políticas moderadas del primer ministro.

No es la única alternativa. El alcalde de Londres, Boris Johnson, lleva tiempo postulándose. O dejándose postular. Quizás por eso ha sido de los primeros en reaccionar a las maniobras de Theresa May y ha lanzado su enésima defensa del primer ministro. “David Cameron está haciendo un trabajo fantástico. Tiene mi apoyo. Estamos a medio mandato. La gente necesita algún tipo de tragedia política y se están inventando una. Creo que no tiene absolutamente ningún sentido”, declaró sobre la posibilidad de que el primer ministro sea sometido a un voto de censura del grupo parlamentario. A fin de cuentas, la regla de oro de los conspiradores es no empuñar el puñal con el que matarán al César. John Major lo entendió mejor que nadie cuando llegó la hora de echar a Margaret Thatcher.