La frontera ‘imaginaria’

Los ataques del Ejército sirio y el tránsito de combatientes contra El Asad desestabilizan el límite con Líbano

Niños sirios refugiados en al-Marj, en el valle de Bekaa, el 9 de enero.
Niños sirios refugiados en al-Marj, en el valle de Bekaa, el 9 de enero. HASSAN JARAH / AFP

Shiraz está nervioso. “Llevo cinco meses sin entrenarme, no estoy en las mismas condiciones físicas”, dice mientras pasea por un centro comercial en el que busca “algo de ropa” para meter en el petate de vuelta a Siria. El joven soldado del Ejército Libre Sirio, de 26 años y estudiante de medicina, ha pasado los últimos cinco meses en la provincia fronteriza de Akkar, al norte de Líbano, recuperándose de una herida por metralla en un ojo. No ha desaprovechado su estancia hospitalaria. “No voy a estar sin hacer nada”, exclama, “hago trabajo de coordinación: me dicen qué armas necesitan y yo las busco y las mando”.

Los 375 kilómetros de frontera al norte y al este del país mantienen a Líbano encerrado dentro de unas líneas que parecen un coladero. Las escaramuzas que han implicado a rebeldes sirios, Ejército libanés y tropas de El Asad han dejado al menos 19 muertos a lo largo del perímetro en 2012, según el recuento del Ejército libanés y la Agencia Nacional de Noticias. Las violaciones del territorio por parte de Damasco y los bombardeos contra pueblos libaneses se han repetido insistentemente en los pasos de Arida, Aboudiyeh y Wadi Khaled, en Akkar, y en las poblaciones de Hermel, Arsal y Tfail, en la Bekaa. La propaganda de la oposición le ha llevado a pedir el despliegue de la UNIFIL en toda la frontera ante la insuficiencia de las Fuerzas Armadas.

Sabha, refugiada al otro lado desde hace 10 meses, señala desde una ventana un grupo de casas apiñadas en la falda de una colina. “Eso es Siria”, enfatiza. Está tan cerca que es difícil creer que entre ambos estados haya medio día de paseo a pie. “Seis kilómetros caminando entre montañas”, aclara la mujer, de 69 años. La vieja habla recostada. Ha vivido tres revoluciones, pero solo esta última le ha hecho huir a otro país. Su hijo, sentado junto a ella, está pensando en regresar a las filas del ELS.

En Wadi Khaled, donde descansa Sabha en la frontera norte, las historias de refugiados y combatientes rebeldes se confunden. Allí, la noche se convierte en coartada. El tráfico de armas es solo uno de los dolores de cabeza del Ejecutivo libanés, empeñado en mantener una política de disociación cada vez más precaria. Shiraz hace tiempo hasta que suena el teléfono. Un empresario libanés le espera en una casa a medio construir. Al calor de un café, el joven recita la letanía de armamento que los rebeldes esperan recibir a su regreso: “Necesitamos cohetes, lanzagranadas y algunos rifles”.

Shiraz entró en el país con la ayuda del Gobierno, que permite el tránsito relativamente libre de heridos de un territorio a otro, y permanece bajo custodia de los Hermanos Musulmanes. “Se supone que no puedo salir del hospital”, explica. Cuando viaja desde el norte hacia Beirut, los papeles falsos que lleva en la cartera le parecen, a ratos, una tapadera poco segura para un desertor que abandonó las filas del Ejército leal a Damasco en pleno servicio militar.

“En Líbano es fácil conseguir armas”, confirma. Su periplo le lleva a la localidad de Arsal, en la Bekaa norte, territorio incuestionable del partido-milicia chií Hezbolá. El joven rechaza un par de M-16 tras echar un vistazo a los rifles tendidos en el asiento trasero de un coche. No se decide por ninguno. “Ahora sí tengo frío”, se queja mientras se restriega las manos antes de llevarse un cigarro a la boca. “Ahora es cuando me doy cuenta de que esto va en serio”, musita.

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Arsal es uno de los puntos de fricción en la “línea imaginaria” que separa Líbano y Siria. “No hay control del Gobierno”, se queja Hussein Galli, clérigo de los Hermanos Musulmanes encargado de la coordinación de la ayuda a los refugiados. La localidad suma cinco muertos hasta el momento en varios enfrentamientos armados y al menos un bombardeo desde el otro lado. El pueblo, un boceto de ciudad repleto de esqueletos de hormigón diseminados entre montañas, es un punto estratégico en las relaciones entre un lado y otro. Es la única zona suní a lo largo de la frontera este, donde Hezbolá controla con puño de hierro cualquier movimiento, por eso las idas y venidas de los rebeldes son allí más frecuentes.

Hamed, de 25 años, es un visitante esporádico. Lleva un par de semanas en Arsal, donde vive desde el verano su mujer Sanaa, embarazada y con dos hijos de nueve meses y dos años. “Vuelve mañana con su hermano”, dice la joven, en referencia a su marido. Este, el último salto que ha emprendido Hamed, ha sido una visita relámpago. “Lucha con el ELS”, confirma Sanaa, “está aquí desde hace 20 días porque estoy enferma”.

Las dificultades respiratorias se han convertido en el pan de cada día para refugiados que, como la joven, pasan el invierno en barracas, locales en construcción o tiendas con los cristales rotos cubiertos por mantas y cortinas. En los alrededores de Al Qusayr, en la sitiada provincia de Homs, el matrimonio tenía una granja de la que ya no queda apenas nada. “Tiene que luchar, si no vuelve, ¿quién va a defender Siria?”, apunta. La fe le ha borrado la resignación de quien se queda esperando al otro lado de una frontera cada vez más imprecisa, confiando en volver a ver a su marido: “Si Dios quiere [que luche], yo no puedo hacer nada. Rezo por él”.

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