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La pesadilla de la tensión sectaria

El asesinato del general Al Hassan provoca una escalada de enfrentamientos entre leales y opositores al régimen sirio en todo el territorio libanés

Destrozos causado por las protestas suníes en Beirut.
Destrozos causado por las protestas suníes en Beirut. EFE

Líbano está de luto. Es un luto tenso, casi asfixiante. Decenas de enfrentamientos y “demostraciones de ira” han estallado por todo el país como respuesta al atentado que el viernes acabó con la vida de Wissam al Hassam, jefe de inteligencia de la policía libanesa y exasistente de seguridad del primer ministro Rafik Hariri, asesinado también con un coche bomba en 2005. El temor a un verdadero estallido de violencia sectaria que haga revivir el espíritu de la guerra civil que duró 15 años (1975-90) mantiene los nervios de los libaneses a flor de piel.

Las calles de Beirut, la capital, fueron testigos ayer de las cargas de las fuerzas de seguridad contra varios manifestantes que portaban la Qaed, la bandera con la que se identifican los salafistas. Las escaramuzas se reprodujeron en otras zonas de la capital y prometen no detenerse, en forma de cortes de carreteras con barreras de neumáticos incendiados.

El mismo viernes, día del atentado, por la noche, Sidón (sur) y Trípoli (norte) —ambas feudos sunís— vivieron sus pequeños terremotos, réplicas de los sucesos en la plaza Sasine, el corazón del barrio cristiano de Ashrafiyeh.

El resultado, en Trípoli, fue la muerte del clérigo salafista Abdel Razzak al Asmar, líder del movimiento Al Tauhed, sospechoso de respaldar al régimen sirio. La ciudad ha sido escenario de numerosos enfrentamientos. En sus calles, chiíes —cercanos al régimen alauí de Bachar el Asad— y suníes —apoyados por Arabia Saudí— mantienen una guerra abierta desde hace tiempo.

“Era nuestro maestro”, aseguraba el sábado uno de los asistentes al entierro del clérigo salafista, “es como si se hubiera muerto alguien de nuestra familia”.

—¿Y qué hay de los asesinos?

—“Que dios les ayude”.

Nadie quiere hablar de las circunstancias de la muerte del clérigo, que se produjo durante un tiroteo que implicó a miembros leales al jeque y a otro grupo de radicales. Desde que se inició la guerra en la vecina Siria, al menos una veintena de personas han muerto en escaramuzas entre el paupérrimo barrio de Bab al Tabané, donde se han hecho fuertes los miembros del rebelde Ejército Libre Sirio refugiados en Líbano, y el limítrofe Yabal Mohsen, con presencia alauí, la confesión a la que pertenece la familia El Asad.

Esas calles son como un tubo de ensayo para las tensiones entre ambas ramas del islam. “Siempre hay problemas aquí”, comenta Abdelkader mientras va dejando atrás las esquinas bloqueadas por barricadas de sacos de arena. “Son para protección”, dice, “para cuando hay disparos”. Varias banderas de los rebeldes sirios cuelgan de los edificios a medio caer. A su lado, innumerables carteles de jóvenes fallecidos en los últimos meses cubren las fachadas.

Las columnas de humo provocadas por neumáticos incendiados y los disparos al aire se están convirtiendo estos días en una seña de identidad del skyline de las principales ciudades, como los gritos contra El Asad y el partido milicia chií Hezbolá, aliado del régimen sirio y del presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad.

La oposición libanesa, dirigida por Saad Hariri, líder de la coalición del 14 de Marzo y hijo del primer ministro suní asesinado, responsabiliza del atentado del viernes al jefe del Ejecutivo, Nayib Mikati, cuya dimisión fue rechazada por el presidente, Michel Suleimán, ante el riesgo de crear un vacío de poder en el Gobierno.

Todas las miradas están vueltas hacia el actual Gabinete prosirio. Las consignas coreadas por los centenares de personas congregadas ayer en la Plaza de los Mártires en Beirut llamaban a la “independencia” y la “soberanía” del país frente a injerencias extranjeras.

La última vez que una concentración similar a la de ayer tuvo lugar en este emblemático punto fue en 2005, tras el asesinato de Hariri. El resultado fue la expulsión de las tropas sirias del territorio libanés.

“Queremos independencia y democracia”, dice Marlee, de 73 años y simpatizante de la coalición en la oposición, “ahora solo hay un partido gobernando: Hezbolá”. La muerte de varios miembros del partido-milicia chií en Siria, donde luchaban en las filas de El Asad, ha provocado una oleada de inquietud en buena parte de la población libanesa.

“El régimen sirio trata de jugar sus cartas en Líbano”, asevera Bruham Agha, un joven periodista de 29 años que aterrizó en Trípoli hace 10 meses, directamente desde Homs; “quiere otra guerra civil”.

Las 18 comunidades constitucionalmente reconocidas en el país comienzan a posicionarse. “No podemos tolerar más asesinatos”, se queja Rita, de 42 años y seguidora del Partido Falangista, formación de la extrema derecha cristiana. “Tuvimos al primer presidente asesinado [en Líbano]”, dice, en referencia a Bachir Gemayel. En represalia por su muerte, en 1982, la milicia de las Fuerzas Libanesas perpetró las matanzas de Sabra y Chatila.

Mientras en el sur el clérigo suní Ahmad Assir se hace fuerte y el norte se tambalea, en la capital ha habido varios incidentes en las zonas residenciales de Tariq el Jedid y Mazra, ambos de mayoría suní. Roberta, una estudiante universitaria italiana, asegura que decenas de hombres portando banderas salafistas han tomado las calles donde se encuentra su universidad. “Tengo que ir mañana, necesito el sello del Ministerio de Educación, no puedo posponerlo más”, se queja. “Ha habido huelgas, ha estado cerrado por el luto [tras el atentado], y ahora esto”.