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Escocia enfrenta sus sueños y sus miedos

La posibilidad de lograr la independencia en 2014 con un referéndum desata en la sociedad escocesa una reflexión sobre los anhelos y los temores ligados a la escisión

Partidarios de la independencia de Escocia participan en una marcha, el pasado 22 de septiembre en Edimburgo.
Partidarios de la independencia de Escocia participan en una marcha, el pasado 22 de septiembre en Edimburgo. Reuters

“Amigos, tenemos un trabajo pendiente: ganar un referéndum. ¡Manos a la obra!”, arengaba Alex Salmond, ministro principal de Escocia y líder del independentista Partido Nacional Escocés (SNP en sus siglas en inglés) a las bases del partido, reunido en Perth en el tradicional congreso de otoño. Un discurso, en general, relativamente mesurado.

Quizás porque el SNP no parece acabar de dar crédito a lo que le está pasando: dentro de dos años, los escoceses votarán en referéndum si quieren la independencia de Reino Unido. A pesar del momento histórico, hay razones para la cautela: en enero, un 39% de los escoceses apoyaba la independencia y un 50% se oponía. Ahora solo la apoya un 30% y un 58% se opone.

Pero quedan dos años y la tradición del SNP de destrozar encuestas y ganar contra pronóstico. Salmond recuerda siempre que puede que nadie pensaba que llegarían al Gobierno, y llegaron por los pelos en 2007. Y que nunca alcanzarían la mayoría absoluta, pero lo consiguieron en 2011. En enero de aquel año, los laboristas llevaban al SNP una ventaja de 16 puntos en los sondeos, comenta ahora Stuart Nicolson, portavoz y asesor político de Alex Salmond.

“Las cosas cambian en muy poco tiempo y tenemos dos años como Gobierno, como partido y como movimiento más amplio a favor del sí para construir un consenso a favor de una Escocia independiente. Y si ganas el debate en todos los frentes, el económico y otros, puedes ganar el voto”, sostiene Nicolson.

Frente a los sondeos que auguran la derrota del sí, los independentistas replican que otros sondeos reflejan una abrumadora mayoría favorable al autogobierno, aunque no a la independencia. Ahí creen tener un granero de potenciales conversos.

“Incluso gente que ahora puede no estar convencida sobre una Escocia independiente, si les preguntas quién está en mejores condiciones de tomar decisiones sobre impuestos, bienestar, ayudas sociales, derechos laborales, si Edimburgo o Londres, responden que Edimburgo. El SNP es capaz de capitalizar muy bien ese sentimiento de nación y confianza en las instituciones de Edimburgo frente a las de Londres”, insiste.

¿Romanticismo o pragmatismo?

¿Quieren los escoceses la independencia por razones identitarias (romanticismo) o porque creen que el país funcionará mejor gobernado por ellos (pragmatismo)? Los militantes del SNP, seguramente, por ambas cosas. Pero lo importante para que gane el sí no es lo que piensen ellos, sino los que desean la independencia pero no están seguros de que Escocia vaya a salir ganando si abandona Reino Unido.

Curiosamente, el desplome del sí en los sondeos hace pensar que cuanto más cerca están de la independencia, más la temen. Es decir, que lo que más va a contar a la hora de votar es el pragmatismo.

Desde el punto de vista del pragmatismo, ¿tiene sentido la independencia en el siglo XXI? Hay dos factores que hacen pensar que ni siquiera un país independiente tiene realmente control sobre su destino. El congreso del SNP aprobó el viernes un cambio de política que lo demuestra: 40 años de oposición a la OTAN se han evaporado ante la evidencia de que, por puro pragmatismo, Escocia tiene que seguir en la Alianza.

Hay otro asunto fundamental a tener en cuenta: Escocia puede ser independiente, pero no tendrá moneda propia. Hasta el SNP admite que no tiene sentido crear una nueva moneda. Por eso, con el prestigio del euro por los suelos, su única alternativa es mantener la libra esterlina, cuyo tipo de interés y de cambio lo decidirá el Banco de Inglaterra prescindiendo de las necesidades escocesas. En ese escenario, quizás muchos escoceses acaben pensando que lo que realmente necesitan es lo único que, hoy, no está sobre la mesa: mucha más autonomía.

Si los independentistas ganan el referéndum de octubre de 2014, la independencia puede llegar de manera rapidísima. Se abrirá un periodo de negociaciones con Londres para pactar la separación. Alyn Smith, eurodiputado del SNP, estima que esa transición durará unos 18 meses. “Se hará rápido y con buena voluntad. Siempre seremos amigos y vecinos. No creemos que vaya a haber dificultades legales en las negociaciones”, augura.

El profesor James Mitchell, de la Universidad de Strathclye, coincide. “Si ganaran los independentistas, a ambas partes les interesa una negociación sin conflicto. La inestabilidad perjudicaría a los dos, pero sobre todo a Londres”, opina. “Digan lo que digan ahora, a los dos Gobiernos les interesa acabar teniendo buenas relaciones tras el proceso”, explica.

Angus Robertson, jefe del grupo parlamentario del SNP en Westminster y padrino del crucial y traumático cambio de posición del partido en su vieja hostilidad hacia la OTAN, ve las futuras relaciones entre Escocia y Reino Unido a un nivel semejante a la cooperación que mantienen entre sí los países escandinavos o con mecanismos de cooperación como los que ahora implementan Irlanda y Reino Unido.

“Queremos mantener la zona de libre circulación, que no haya fronteras”, señala Robertson. “Queremos mantener el mismo jefe Estado que Reino Unido. Queremos seguir viendo la BBC, aunque por desgracia no creo que eso mejore la calidad del fútbol escocés. Tenemos una visión de una independencia del siglo XXI. Hay mucha gente en Escocia que es originaria de Inglaterra. Yo mismo lo soy. Somos los vecinos y amigos más próximos que se puede ser. Hablamos de la unión social que compartimos y que queremos seguir construyendo y desarrollando. Y esa unión social va más allá de las estructuras de gobierno: es acerca de nuestra relación cultural, del hecho de que nos entendemos unos con otros, que nos gustamos. Todo eso no solo va a continuar, sino que va a mejorar. Necesitamos algo apropiado para el siglo XXI, que implica compartir soberanía con instituciones multilaterales y con vecinos. Y eso es bueno. No estamos en el siglo XIX”.

Antes de llegar ahí, sin embargo, habría muchas cosas que discutir. “Las principales cuestiones a negociar son las económicas y fiscales. Ahí hay materias como la moneda, la deuda británica, repartir el gas y el petróleo y otros ingresos”, explica el profesor James Mitchell. “Hay otro lote, políticamente peligroso pero manejable, que son las cuestiones de Defensa”, añade. Aunque han aceptado seguir en la OTAN, los independentistas lo han condicionado a la desnuclearización de Escocia, que implica trasladar el sistema de disuasión nuclear Trident al sur de la frontera.

Aunque el acuerdo para desnuclearizar Escocia puede ser rápido, su aplicación puede ser muy lenta. ¿Cuánto tiempo? Angus Robertson, que es también portavoz de Defensa del SNP desde hace más de 10 años, elude la respuesta pero se muestra flexible.

“Es una cuestión de negociación. Nuestros amigos en Londres no están todavía en condiciones de hablar de un tema tan serio. Hemos de tener en cuenta sus opiniones y sus problemas. Para poder contestar a esa pregunta tenemos que sentarnos antes con ellos como buenos vecinos y buenos amigos”, responde, constructivo. De momento no hay tensión entre Londres y Edimburgo.