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REPORTAJE

La primera dama marca su territorio

La reportera de ‘Paris Match’ y compañera de François Hollande mantiene un pulso con Ségolène Royal, política socialista y madre de los cuatro hijos del presidente

Valerie Trierweiler, a las puertas del Elíseo, el pasado 15 de mayo.
Valerie Trierweiler, a las puertas del Elíseo, el pasado 15 de mayo. REUTERS

El tuit enviado a las 11.35 del martes pasado desde la redacción de la revista Paris Match por Valérie Trierweiler ha alborotado la escena política francesa. Los 135 caracteres contenían un sentido y cariñoso apoyo a un disidente socialista que disputa el escaño a Ségolène Royal, la ex del presidente, madre de sus cuatro hijos y candidata oficial del partido. La glamurosa periodista, de 47 años, que comparte desde hace siete la vida de François Hollande, se convirtió de repente en calabaza. En un segundo, la primera dama de Francia se trasmutó en una ciudadana más y apareció ante el mundo (primero el virtual y enseguida el real) como una persona cualquiera: con cuenta en Twitter y con opiniones políticas propias y distintas de las del hombre con el que comparte su vida —el presidente—. Es decir, justo lo contrario de lo que se supone que debería hacer (y ser) una primera dama.

Y lo cierto es que nadie podrá decir que no lo avisó. Hace mes y medio, Trierweiler afirmó en una entrevista a The Times que no pensaba ser “un florero”, quizá recordando que su antecesora, Carla Bruni, tan solo publicó un disco durante el mandato de su marido, Nicolas Sarkozy.

¿Pero cómo ha llegado Trierweiler a convertirse en el talón del presidente?

La reportera de 'Paris Match' mantiene un pulso con Ségolèn Royal, política socialista y ex del presidente

Su historia personal es casi tan fascinante como su aspecto de actriz clásica de Hollywood: hoy vemos una rubia veneciana natural, ojos verdes rasgados, gabardina y melena ondulada a lo Lauren Bacall, aficionada a los tacones de aguja, elegante y sobria, de caderas anchas pero sin ostentación. Y adivinamos una mujer tímida, inteligente, de carácter volcánico, sofisticada y quizá un poco maquiavélica.

Los orígenes fueron completamente ordinarios, es decir, corrientes. Una familia numerosa, en la que ella era la quinta hermana de seis. Nació en Angers en 1965, en una familia de poco dinero, “aunque no modesta”, según ha dicho. Una madre trabajadora (azafata de congresos y cajera de una pista de patinaje) y un padre inválido de guerra (jugando, cuando era niño, un obús sin explotar le arrancó una pierna) que falleció cuando ella tenía 21 años.

El diploma de periodista, tras licenciarse en Historia, le llevó muy pronto a la Asamblea Nacional. Y allí causó sensación. “Cuando llegaba a la sala de las cuatro columnas era como un ovni, lo iluminaba todo”, ha contado una de sus colegas. Los políticos franceses, siempre tan simpáticos con las periodistas y tan parcos con los periodistas, se pusieron a sus pies.

El primero fue François Mitterrand, gran ídolo de Hollande. En 1989, durante los votos del Año Nuevo, se quedó subyugado al verla entre la gente y atravesó la sala para verla de cerca. Trabajaba en un pequeño periódico llamado Profesión Política. Aquel día la contrató el dueño de Paris Match, Roger Thérond.

En 1992, los archivos de la revista cuentan que una tal Valérie Massonneau (su apellido de familia) firma con un colega un reportaje a dos diputados socialistas que acaban de ser padres: François Hollande y Ségolène Royal, que entonces era ministra de Medio Ambiente de Pierre Bérégovoy. La entrevista deja una estela agria: Royal es acusada de hacer política con el nacimiento del bebé. En el texto, Valérie pregunta a Ségolène: “¿El padre de los niños le ayuda en casa?”.

Poco después, la plumilla se casa por segunda vez: con Denis Trierweiler, editor de Paris Match y traductor de filosofía alemana. En 2004 firma con ese apellido otro largo perfil de Ségolène y François. Título: Una pareja royal (real) para la República.

Año y medio más tarde, a finales de 2005, Trierweiler deja de cubrir al Partido Socialista. Su director, Alain Genestar, se ha enterado de su relación íntima con el jefe del partido, François Hollande. Según el libro La mujer fatal (Albin Michel, 2007), de Raphaëlle Bacqué y Ariane Chemin, Genestar sucumbe a la presión de Ségolène Royal, que telefonea a la revista y le pide que la aparte. Alain Genestar lo desmiente.

La pareja Hollande-Royal se separa a finales de 2007. Pesa mucho el dolor de siete hijos: cuatro en casa Hollande, tres en casa Trierweiler. El pasado deja heridas abiertas, y tabúes. En 2010, una foto de prensa en la que François y Ségolène intercambian sonrisas cómplices provoca una tremenda bronca de Valèrie. La política les sigue uniendo, ella no puede ser política ni periodista.

Así que se entrega a Twitter, cuenta @Valtrier. “Ya que me lo preguntan, sí, he votado en las primarias. Sí, para mí, es él” (octubre de 2011). Cuando Royal pierde, llegando cuarta, y pide el voto para Hollande en la segunda vuelta de las elecciones socialistas, la periodista teclea: “Homenaje a Ségolène Royal por su apoyo sincero, desinteresado y sin ambigüedad”.

En octubre de 2011, Trierweiler renuncia al programa político semanal que presentaba en la televisión Direct 8. Llega el momento de la verdad, y ella hace la campaña presidencial del brazo de su compañero. En Paris Match opta por la crítica de libros.

En la parte más dura de la campaña, se instala en el cuartel general con despacho propio, participa en la ceremonia de los soldados asesinados en Montauban, empieza a ser comparada con Cécilia Sarkozy por su omnipresencia… “No me importa”, cuenta en Le Monde, “sin ella Sarkozy no habría sido elegido”.Le preguntan por Carla Bruni y responde: “Nada que ver. Ella es mujer de presidente; yo, compañera de candidato”.

La siguiente escena es la del triunfo. El 6 de mayo, Hollande gana y llega a la plaza de la Bastilla para celebrarlo. Sobre el escenario, el presidente saluda a la multitud con otros líderes socialistas, y de repente sale de la fila y da dos besos en las mejillas a Royal. Cuando vuelve a su sitio, Valérie Trierweiler dice: “Bésame en la boca”.

Unos días más tarde aclara el panorama: “Ella es la política; yo, la mujer del político”. Y con un punto de crueldad declara a The Times: “No hay historia sentimental entre ellos después de siete años”. Es decir, desde 2005, dos antes de la separación oficial de la pareja Hollande-Royal.

El 15 de mayo, día del traspaso de poderes, Ségolène Royal no está entre los invitados. Ya no hay sitio en el Elíseo para las dos mujeres. Ni para los hijos. Los guiñoles de Canal + comienzan a mostrar a Trierweiler en traje de dominadora tiranizando a un asustado Hollande.

La conclusión del culebrón es que la rivalidad —o el odio— existe y probablemente existirá por mucho tiempo todavía. Quizá Royal se presentó a las presidenciales de 2007 para vengarse de la traición amorosa de Hollande. Trierweiler piensa que volvió en las primarias para impedir que François fuera candidato. Ahora quizá Royal pierda su escaño ante el amigo de Trierweiler y de Hollande, el disidente al que el presidente no ha podido o querido convencer de que se retirara. Lo que parece claro es que el presidente normal, el hombre que quiso romper con la confusión público-privado de la era Sarkozy, tendrá que aprender a convivir con ese mismo problema.