_
_
_
_

Reino Unido potencia las prácticas profesionales en institutos técnicos

Los alumnos de las escuelas técnicas desarrollan cada curso cinco proyectos bajo la supervisión de académicos e ingenieros de empresas

Es una imagen poco habitual en un colegio británico. Michael Micallef lleva gafas de protección y un mono azul, mientras maneja con pericia una maquinaria que no desentonaría en una planta de uno de los principales fabricantes europeos.

El chico, de 18 años, y originario de Staffordshire, en el centro de Inglaterra, dice, con considerable orgullo, que tiene más sensación de trabajar para una empresa que de ir al colegio. Es uno de los adolescentes, cada vez más numerosos, que asisten a unas nuevas escuelas técnicas especializadas denominadas Escuelas Técnicas Universitarias (UTC en inglés).

Alumnos, padres, empresarios y miembros del Gobierno tienen grandes esperanzas en que estas escuelas ayuden a disminuir el paro juvenil —en la actualidad, casi en el máximo nivel desde hace 20 años—, al proporcionar a los jóvenes las aptitudes que las empresas de ingeniería y fabricación del país llevan mucho tiempo pidiendo.

Durante los últimos 30 años, Inglaterra ha hecho varios intentos frustrados de introducir un sistema de formación profesional equiparable al de Alemania.

Varios Gobiernos diseñaron nuevas titulaciones —con un coste de millones de libras— con el fin de crear jóvenes preparados para trabajar, pero luego las abandonaban, unos años después, por el escaso entusiasmo despertado. Las últimas víctimas fueron los "diplomas académicos" en humanidades, lenguas y ciencia, que debían combinar la formación laboral con los estudios tradicionales. Se abandonaron en 2010, un año antes de su presentación oficial.

Por el contrario, las Escuelas Técnicas Universitarias han tenido un comienzo prometedor.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

La UTC de Michael lleva el nombre del tercer fabricante mundial de equipamientos para la construcción, JCB, cuya sede está al lado. Es una de las dos UTC que ha han abierto sus puertas. Está prevista la inauguración de otras 17.

Las escuelas tienen una especialidad, que suele ser ingeniería pero, en algunos casos, será construcción, medios digitales o cualquier cosa que exige aptitudes prácticas y equipos especializados. La especialidad domina entre la cuarta parte y dos tercios del plan de estudios.

Los alumnos en las UTC, que tienen entre 14 y 19 años, reciben auténticas tareas profesionales, como diseñar una bomba para un motor a reacción o investigar los materiales necesarios para ayudar a que los trenes cambien de dirección.

En la escuela de Michael, los estudiantes tienen ocho semanas para completar un proyecto y deben realizar cinco a lo largo del curso. Al final de cada tarea, algunos presentan sus conclusiones ante un tribunal formado por empleados de empresas que colaboran con la escuela y ayudan a diseñar los proyectos. La universidad local contribuye a elaborar el plan de estudios.

Las escuelas están financiadas por el Estado, de forma que ni las empresas ni la universidad necesitan proporcionar dinero, solo parte del tiempo de sus empleados.

Los alumnos deben superar los GCSE, los exámenes nacionales que se hacen a los 15 o 16 años, en las pruebas de inglés, matemáticas, al menos dos ciencias, tecnología y una lengua extranjera. En la medida de lo posible, los profesores relacionan esas materias con la especialidad de la escuela, de forma que, en la de Michael, cuya especialidad es ingeniería, los adolescentes, en clase de inglés, analizan el texto de un anuncio de coches y hacen redacciones sobre Sir Frank Whittle, el inventor del motor a turborreacción.

Michael y sus condiscípulos creen que sus posibilidades de encontrar trabajo son mucho mejores después de acudir a una UTC que si estuvieran en una escuela normal. «En las entrevistas, soy capaz de hablar de los aspectos prácticos», dice Michael. «Puedo demostrarles que sé usar un torno y tengo un álbum de trabajos hechos para que lo vean. En una escuela normal, aprendes un tema y luego haces un examen».

Jim Wade, director de la escuela de Michael, dice que hay tantas empresas interesadas en colaborar con el centro que no tiene hueco para todas. Los estudiantes saben que estas empresas no tienen ninguna obligación de contratarlos, pero, como dice Charlie Crawshaw, de 14 años, "por lo menos tenemos la sensación de que estamos en el buen camino".

Más de 100 ingenieros experimentados van a la escuela cada año para ayudar a los estudiantes con su trabajo. Will Wainwright, de 18, que aspira a estudiar ingeniería en la universidad, dice que estas visitas son "la mejor forma de aprender". "Basta con escuchar lo que dicen, tienen 20 años o más de experiencia en su campo".

En la escuela de Michael, la primera promoción saldrá este verano, y, hasta ahora, sus perspectivas tienen buen aspecto. La mitad tiene ofertas para estudiar ingeniería en la universidad y la otra mitad está esperando los resultados de sus entrevistas para llevar a cabo prácticas en empresas.

Aun así, pese a que algunos políticos confían en tener un mínimo de 100 UTC abiertas de aquí a 2015, Wade no se deja llevar por el entusiasmo.

Las UTC resultan apropiadas para alrededor del 10% de la población escolar, dice. "Quien quiera ser bailarín, por ejemplo, no viene aquí".

Además, existe otro problema que es probable que impida la inauguración de un gran número de UTC por todo el país a corto plazo: el esnobismo británico.

"Todavía estamos en esa fase en la que, cuando se le pregunta a un joven qué estudia y responde que latín, decimos ‘qué fantástico’", explica Wade. "Si dice que está estudiando para obtener un diploma de ingeniería, decimos ‘ah, claro’. Como país, todavía hacemos juicios de valor sobre la educación técnica, pero al menos ahora ya se reconoce que tenemos que hacer algo al respecto".

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_