Análisis
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Rojo de sangre

El escándalo que afecta a Bo Xilai extiende dudas sobre el carácter pacífico del relevo generacional

Periódicos en inglés que circulan en China dan la noticia de la suspensión de Bo Xilai.
Periódicos en inglés que circulan en China dan la noticia de la suspensión de Bo Xilai.Ed Jones / AFP

El marido, destituido de todos sus cargos por graves faltas disciplinarias. La esposa, detenida y acusada de asesinato. En dos meses, una de las familias más poderosas de China ha pasado del cielo al infierno. El hombre, Bo Xilai, máximo dirigente de una poderosa municipalidad de 30 millones de habitantes, iba a incorporarse a la cúpula dirigente, nueve sillas tan solo, del comité permanente del Politburó del Partido Comunista Chino. La esposa, Gu Kailai, era una exitosa abogada de negocios. Nada queda ahora de la carrera política del primero y vamos a ver qué queda de la vida de la segunda en un país que castiga con la muerte este tipo de delitos.

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El poder político raramente se asocia con el crimen común. Los políticos poderosos suelen caer por sus faltas políticas o por asuntos de corrupción y de sexo. Es difícil imaginar que uno de los mayores delitos del repertorio criminal común, el asesinato, llegue a producir la caída de un dirigente. Hay que remontarse a otras épocas para toparse con esta mezcla inquietante que la superpotencia china presenta hoy al mundo en la criminalización doble de Bo Xilai y su esposa.

Uno de los príncipes rojos, hijo de un mitificado fundador de la República Popular, y aspirante él mismo hasta hace dos meses a una alta magistratura, ha sido destituido de todos sus cargos y sometido a arresto domiciliario; y su esposa, hija también de un general de la época fundacional comunista, así como uno de sus sirvientes, acusada de asesinato.

Puede que todo sea un montaje. O no. El ascenso de Bo Xilai, encaramado en un izquierdismo neomaoísta, ya era una anomalía en sí mismo. También un desafío a la línea neoliberal de los actuales gobernantes, el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao, justo en el momento del quinto relevo generacional después de Mao. El escándalo entero extiende dudas sobre el carácter pacífico del relevo y más bien constituye un indicio de que la lucha por el poder en un sistema opaco e indescifrable alcanza una intensidad inesperada, que no se corresponde con la venta del producto que se hace a los occidentales, tan desengañados con las disfunciones de sus sistemas democráticos.

El caso judicial en sí será difícil de dilucidar y es probable que jamás se sepa la verdad. El sistema no permite hacerse muchas ilusiones. A estas horas, por ejemplo, todavía no se tiene noticia alguna de la versión de los hechos según los acusados. Normalmente, el derecho de defensa es una palabra vacía, pero lo es más todavía en un caso como este en el que se producen y anuncian a la vez un delito común y una depuración ideológica.

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El cuerpo del delito, es decir, el cadáver del ciudadano británico Neil Heywood, supuestamente asesinado por Gu Kailai, fue incinerado, por lo que habrá muchas dificultades para certificar que no murió por una intoxicación etílica sino por envenenamiento. Sucedió en noviembre de 2011, en un hotel de Chongqing, la inmensa ciudad de la que Bo Xilai era alcalde y primer dirigente comunista, territorio además donde puso en práctica sus ideas contra las mafias y la corrupción, adornadas por vocabulario e iconografía maoístas, que le dieron prestigio político y le catapultaron hacia la cúpula del régimen.

La denuncia contra Bo Xilai y su esposa tiene dos orígenes. De una parte, los rumores que conmocionaron a la colonia británica acerca de la muerte de Heywood, hasta el punto de suscitar la petición de una investigación por parte del Gobierno de Londres. Por la otra, el comportamiento del número dos de Bo Xilai, el vicealcalde de Chongqing, Wang Lijun, que se refugió durante unas horas en el consulado de Estados Unidos en Chengdu y se entregó después a las autoridades chinas, aparentemente para evitar las represalias de su jefe, a quien acusó de intrigar para escalar en el poder, y de su esposa Gu Kailai, a quien imputa el asesinato.

Todo estalló el 15 de marzo, en la reunión anual parlamentaria que se celebró en el Palacio del Pueblo de Pekín. Allí apareció todavía Bo Xilai, antes de caer en desgracia. Allí Wen Jiabao le reprendió públicamente por el escándalo del jefe de policía. El pasado martes por la tarde, la agencia Xinhua anunció la doble imputación, de indisciplina y de asesinato. En la red social Weibo, equivalente de Twitter, han sido bloqueados desde el 10 de abril todos los términos relacionados con los personajes de este drama. El Departamento Central de Propaganda del Partido Comunista, más conocido por los blogueros como el Ministerio de la Verdad, ha emitido directivas que prohíben referirse al escándalo de Chongqing.

El comunismo como sistema ha desaparecido. Pero no las purgas estalinistas. Stalin liquidaba primero a sus compañeros bolcheviques y luego borraba sus imágenes de las fotos. Las viudas solían sobrevivir en el dolor y la pobreza. La última purga de la China posmaoísta reescribe en forma de un culebrón posmoderno los combates cruentos entre sus dirigentes para alcanzar el poder.

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