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NECROLÓGICA

Ante Markovic, el último primer ministro de Yugoslavia

Muere el político croata partidario de que el país balcánico caminara hacia un sistema democrático en la línea de Occidente

Ante Markovic durante una rueda de prensa en Belgrado en 1991.
Ante Markovic durante una rueda de prensa en Belgrado en 1991. AFP

Con una mirada limpia y una honestidad infrecuente en tiempos convulsos, la trayectoria de Ante Markovic, fallecido ayer en Zagreb a los 87 años, se alza como un símbolo de la historia de la antigua Yugoslavia en el siglo XX, de la quimera de un país que quiso ser federal y democrático.

Nacido en Konjic en 1924, cuando esta ciudad hoy de Bosnia Herzegovina, formaba parte del llamado Reino de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos, se graduó Markovic con 30 años como ingeniero electrotécnico e inició poco después una carrera política dentro de la Liga de los Comunistas Yugoslavos que lo llevaría en 1986 a convertirse en presidente de Croacia, una de las repúblicas federadas.

De talante abierto y reformista, el político croata ya se mostró en aquel año un firme partidario de que Yugoslavia caminara hacia un sistema democrático en la línea de Occidente sin perder su carácter federal. El mariscal Tito había fallecido en 1980 y desde entonces el Estado de las seis repúblicas, las tres religiones y los dos alfabetos se precipitaba sin remedio hacia el abismo en una escalada de tensiones nacionalistas y ambiciones territoriales. En sus dos años como mandatario de Croacia (1986-1988) Markovic ya intentó conciliar intereses contrapuestos entre las repúblicas, al tiempo que mediaba entre dirigentes ultranacionalistas, como el serbio Slobodan Milosevic, que ya comenzaban a tocar los tambores de las guerras que devastaron al país en la década siguiente.

Su personalidad conciliadora y sus buenas relaciones con Occidente –la BBC llegó a calificar al política croata como el mejor aliado de Washington- jugaron un papel decisivo durante su periodo como primer ministro de Yugoslavia entre marzo de 1989 y diciembre de 1991, es decir, en los estertores del país todavía unido. Sus reformas orientadas a una economía de mercado, partiendo del sistema autogestionario que había sido seña de identidad de Yugoslavia; su contención de la inflación y su carácter integrador hicieron concebir esperanzas a aquellos yugoslavos que apostaban por un federalismo democrático.

Fue una quimera, el último destello de un país moribundo que asistía ya a las declaraciones de independencia de Eslovenia y de Croacia y a la guerra abierta entre este último país y Serbia. En más de una ocasión se lamentó Markovic de la utilización del Ejército yugoslavo, de mayoría serbia, por parte de Milosevic para lanzar sus campañas bélicas y sus operaciones de limpieza étnica, primero en Kosovo y más tarde en Croacia y en Bosnia. Pero la caída del muro de Berlín y la descomposición del comunismo provocaron en la antigua Yugoslavia la desaparición de la única institución, el Partido, que junto al Ejército, actuaba como argamasa de unión del país. Muy popular y querido en su época como primer ministro por sus éxitos económicos y por sus intentos de consenso político, Markovic se vio obligado a dimitir cuando el país ya ardía en llamas. A pesar de que fundó más tarde un partido político, la Unión de las Fuerzas Reformistas, los ánimos estaban muy exaltados y la caja de los truenos ya estaba abierta a los bombardeos y los tiros. Los demócratas federalistas estaban condenados a la desaparición o incluso a la eliminación.

Dedicado en los últimos años de su vida a actividades privadas como asesor económico y consultor, Markovic volvió a gozar de un momento de gloria cuando testificó en contra de Milosevic, en 2003, en el Tribunal de La Haya y rompió de este modo 12 años de silencio para confirmar las acusaciones contra el autócrata serbio y principal culpable del drama yugoslavo. Es más, un Markovic ya anciano reveló en una entrevista con una revista croata que Milosevic y Franjo Tudjman, presidente de Croacia durante los terribles años noventa, habían acordado repartirse Bosnia-Herzegovina en marzo de 1991, un año antes de que estallara la guerra en aquella república.

El conflicto de Bosnia se prolongó entre 1992 y 1995 y causó más de 200.000 muertos. Para las generaciones que vivieron en la Yugoslavia comunista de Tito e intentaron después mantener al país unido y con un sistema democrático, Ante Markovic fue un ejemplo a seguir y ahora recordarán lo que pudo haber sido y no fue. A las nuevas generaciones, el recuerdo de la figura de aquel croata amable y bondadoso quizá les sirva para no repetir los trágicos errores del pasado.