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Una guerra financiera sin declarar

EE UU presiona a sus aliados para que castiguen a Irán más allá de las sanciones aprobadas por la ONU

El acoso al sistema financiero iraní es uno de los ejes centrales de la estrategia de EE UU para tratar de que la república islámica renuncie a enriquecer uranio, y en consecuencia al arma atómica. Por más que los gobernantes iraníes insistan en que su programa nuclear sólo pretende generar electricidad, Washington desconfía, al igual que la mayoría de sus aliados, en especial en Oriente Próximo como han puesto en evidencia los despachos diplomáticos filtrados por Wikileaks.

Desde que en el verano de 2002 salió a la luz que Teherán llevaba 18 años trabajando en secreto en ese terreno, EE UU lanzó una campaña internacional para frenar las ambiciones iraníes. Ese esfuerzo tiene una doble dimensión. Por un lado, la diplomacia estadounidense ha trabajado para lograr que el Consejo de Seguridad censure el programa nuclear de Irán, en siete resoluciones, cuatro de ellas sancionadoras. Por otro, Washington está utilizando toda su capacidad de influencia y persuasión para convencer a empresas de todo el mundo de que cesen su relación con ese país, en línea con sus propias medidas unilaterales.

Las sanciones políticas y económicas de EEUU contra Irán arrancan del asalto a la Embajada norteamericana en Teherán el 4 de noviembre de 1979. Diez días después, el entonces presidente Jimmy Carter ordenó congelar todos los haberes iraníes en su territorio. En enero de 1984, tras determinar la implicación iraní en el atentado contra la sede de los marines en Beirut, Washington incluyó Irán entre los países que apoyan el terrorismo e impuso controles a la exportación de materiales de doble uso. El deterioro de las relaciones durante la década siguiente se tradujo en la prohibición de venderle una larga lista de productos desde aviones hasta equipos de submarinismo.

Sanciones simbólicas

Desde el descubrimiento del programa nuclear iraní, EEUU ha tenido muy claro que las sanciones internacionales adoptadas en la ONU tienen un valor más simbólico que real. Sus diplomáticos reconocen que para lograr el apoyo unánime de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (que tienen derecho de veto, y entre los que se encuentran China y Rusia, con importantes intereses comerciales en Irán) y el máximo entre los diez rotatorios, tienen que rebajar sus objetivos máximos.

Sin embargo, no renuncian a implicar al mayor número de aliados en su empeño particular que incluye, además del desarrollo de armas y los materiales nucleares recogidos en las resoluciones de la ONU, el comercio, las transacciones financieras y la venta de gasolina refinada (un punto débil del país petrolero que ha podido desviar fondos y tecnología al proyecto nuclear, pero no a la construcción de refinerías).

Es en ese contexto en el que, a partir de 2006, cuando Irán reanuda el enriquecimiento tras dos años de moratoria, representantes del Departamento del Tesoro empiezan a viajar a Europa y hacen saber a los directores de las principales entidades bancarias y empresas con negocios en Irán que esos intereses podrían crearles problemas en EE UU, donde la mayoría tiene operaciones de mayor envergadura.

Puestos en la tesitura de elegir entre sus actividades en Irán y sus actividades en EE UU, HSBC, BNP Paribas y Swiss Bank eligen las segundas. Dos años más tarde, la mayoría de los bancos europeos, incluidos los españoles Sabadell y Santander, han interrumpido las transacciones con el que se empieza a convertir en un país paria. Igual ha sucedido en el último año con grandes empresas internacionales como Siemens, Daimler, Caterpillar, Repsol, ENI, Total o Shell.

El cierre de los bancos supone la imposibilidad de abrir cartas de crédito, realizar transferencias y, en definitiva, dificulta y encarece el precio de hacer negocios con Irán. Además, conforme esas medidas se van extendiendo a otros países, como Dubai y el resto de los emiratos árabes del golfo Pérsico, van ahogando el sistema financiero iraní. En el límite, pagar mercancías o servicios sólo puede hacerse, como de hecho está sucediendo ahora, con el traslado en efectivo de las divisas o complejos sistemas de trueque.

Diplomáticos europeos reconocen que es esa "guerra financiera no declarada" la que más daño está haciendo a Irán. Lo que no está tan claro es que eso vaya a traducirse en una renuncia a un programa nuclear que el régimen iraní ha convertido en un pilar del orgullo y la dignidad nacionales.

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