Aquel tiempo de plomo y tristeza

Tres víctimas de ETA cuentan en México la manera en que la sociedad española se levantó contra el terrorismo

Confiesa que a veces estuvo a punto de la locura. Cuando ETA mató a su padre, hace ahora 24 años, las víctimas del terrorismo eran enterradas dos veces. La primera, en el cementerio. La segunda, en el silencio y la sospecha. "Durante un tiempo, hasta yo me llegué a preguntar por qué habían matado a mi padre". Aquel tiempo de plomo y tristeza quedó atrás. Y por eso Cristina Cuesta está hoy aquí.

Para contarle a los mexicanos que hubo un día -tras el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, en aquellas horas angustiosas en que un muchacho llamado Miguel Ángel Blanco agonizaba camino del hospital- que los españoles dijeron basta ya. Se hartaron de falsos eufemismos y empezaron a llamar a las cosas por su nombre. Aquellos tipos del tiro en la nuca no eran activistas ni independentistas ni ciudadanos vascos -como siguen llamándolos en algunos círculos mexicanos que se presumen de izquierdas-, sino simplemente asesinos. "Los terroristas de ETA", dijo Rubén Múgica, poco acostumbrado a morderse la lengua, "son totalitarios, son racistas, son asesinos. Son, por tanto, los últimos nazis de Europa".

A Rubén, como a Cristina, le mataron al padre. A Maite Pagazaurtundua, la presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, los asesinos le quitaron a su hermano Joseba. Los tres inauguraron, en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la ciudad de México, la exposición fotográfica "En pie de foto. Cien miradas desde el dolor. El terrorismo, crimen contra la humanidad". Debajo de cada fotografía -Ortega Lara recién liberado, el dolor y la impotencia de Ermua, aquella niña saliendo de los escombros de un cuartel de la Guardia Civil...-, un texto. Pero no un texto cualquiera. Un texto de Saramago, o de Vargas Llosa, o de Bryce Echenique, o de Muñoz Molina, o de Ángeles Mastretta... La mejor literatura acompañando al dolor más injusto para fijarlo en la memoria.

Mimados por el personal de la embajada de España, arropados por un país que siempre supo abrazar a los españoles cuando su país les falló, Cuesta, Múgica y Pagazaurtundua fueron contando su lucha y la de otras tantas víctimas del terrorismo. Pero lo hicieron sin perder la sonrisa. Ellos, que tan críticos fueron con la política de Rodríguez Zapatero cuando intentó que ETA entrara en razón, no esconden ahora su satisfacción por la situación terminal en que se encuentra la banda. "ETA será derrotada en breve", dijo Rubén Múgica, "pero no hay que olvidar que a los terroristas hay que perseguirlos en todo tiempo y en todo espacio...".

Cuando Múgica dijo esto, Cristina Cuesta sonrió a su lado. Porque el destino quiso que fuera en México -un jueves 22 de abril que jamás se le olvidará- donde se enteró de que el asesino de su padre y de su escolta acababa de ser condenado a 46 años de prisión. Tuvo que ser en México, y 24 años después, cuando por fin Cristina Cuesta pudo abandonar su gesto de lucha y romperse en lágrimas, como el atleta que se dobla sobre sí mismo, feliz y cansado, al atravesar la meta después de un tremendo esfuerzo.

Al final de la noche del jueves, tras escuchar sus testimonios y contemplar con un nudo en la garganta las fotografías de aquel tiempo de plomo y tristeza, a nadie le quedó duda en Tlatelolco de quienes son verdaderamente los activistas, los ciudadanos vascos, y quienes, simple y llanamente, los asesinos de ETA.

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