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Tribuna:

Las palabras sí importan

El lenguaje que utilizamos en México nos ha metido en una confrontación permanente y creciente

Hace unos días, al conmemorarse 15 años del atentado en un edificio federal en la ciudad de Oklahoma que reclamó la vida de 169 personas, el ex presidente Bill Clinton, quien fue el orador en el evento, dijo que el contexto de ese bombazo en Estados Unidos era el de un tejido en la sociedad que se había venido deshaciendo, con mucha violencia en las ciudades, particularmente ocasionada por pandillas. Clinton lo recordaba porque decía que se estaba repitiendo el fenómeno y que los críticos del gobierno deberían de tomarlo en cuenta porque un lenguaje de enojo puede despertar acciones violentas. "Las palabras que usamos -dijo-, realmente importan".

Es cierto. Las palabras sí importan, pero muchas veces soslayamos el peso que tienen sobre una sociedad. En México, por ejemplo, hemos venido asimilando como parte de nuestro lenguaje cotidiano el vocabulario que utilizan los criminales. Las muertes violentas se llaman "ejecuciones" , y la palabra "ejecución", que está más vinculada a actos legales o castigos a reos, se ha convertido en sinónimo de asesinatos entre narcotraficantes. Los matices no son ociosos, pero al borrarlos, lo que queda en el imaginario colectivo mexicano es que las muertes entre delincuentes son mucho más violentas que otro tipo de muertes, como si realmente morir con violencia tuviera categorías morales.

Cuando nos referimos a la lucha entre narcotraficantes, ya no utilizamos la palabra "secuestrado" para hablar de la privación de la libertad de uno de ellos, sino empleamos la palabra "levantado", porque secuestro parece que sólo se aplicara a inocentes, mientras que "levantón" sólo cabe para un criminal. Cuando hay un enfrentamiento inesperado entre policías y militares contra delincuentes, ya no empleamos las palabras "fortuito" o inesperada", sino que nos referimos a ello como "topones". Ya no hay presuntos responsables, sino criminales, aunque bajo la ley mexicana una persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Los narcotraficantes han ido perdiendo sus nombres, porque los conocemos mejor por sus alias, algunos tan extraños como "El Pozolero", o enigmáticos como "El Z-40". En la misma bolsa caben "La Barbie" y "El Hummer", "El Caramuela" y "El Muletas", o "El Enano" y "El Tomate". Los alias no los ha puesto la sociedad, que recibe el mensaje, sino la autoridad, que es la que lo emite.

Adiós a las diferencias. Todos hemos asimilado al lenguaje que tienen los delincuentes sin darnos cuenta. La inmensa mayoría de los mexicanos no somos delincuentes, pero hemos adoptado acríticamente su forma de hablar y comunicarse. Hemos cruzado las barreras culturales de la vida legal a la vida ilegal, y llevado su vocabulario a nuestras familias. Su cosmogonía no nos es ajena. Las canciones populares que narran vidas de personajes populares (los corridos) tienen como héroes a los jefes del narcotráfico, sin que haya salido todavía uno que festeje a los héroes de la Independencia o de la Revolución, ahora que cumplen 200 y 100 años.

Hay medios de comunicación que reproducen textualmente los mensajes que emiten los cárteles de la droga, otorgándoles en ocasiones jerarquía superior a la que tienen las instituciones, y eliminan cualquier remordimiento moral al esgrimir su derecho a informar y la libertad de expresión. Los mensajes que dejan sobre cadáveres los criminales son reproducidos íntegramente por algunos medios que no se atreverían a hacer lo mismo con comunicados de prensa gubernamentales. Se ha pasado de registrar lo que hacen los cárteles de la droga a difundir lo que dicen, borrando la diferencia entre información y propaganda.

El presidente Felipe Calderón lleva cuatro meses pidiendo que no se hable mal de México en el extranjero, que los mexicanos no critiquemos al país, que mostremos sus bondades. Parecería un reclamo justo, salvo que le falta una dosis, aunque sea pequeña, de autocrítica. Se le ha olvidado que a nadie preguntó su opinión cuando decidió unilateralmente cambiar la palabra "combate" por "guerra" contra el narcotráfico. No le consultó al Congreso, y menos aún explicó a nadie lo que ello significaría. Nunca definió lo que significaría la victoria, por lo que se encuentra en un proceso sin fin. El Presidente ha verbalizado su decisión como el punto de retorno entre un país a merced de criminales y la necesidad del Estado de recuperar el Estado. Más palabras. Pudo haber hecho exactamente lo que está haciendo si hubiera planteado desde el principio algo mucho menos estridente, pero más racional en el largo plazo: iniciar la recuperación del estado de Derecho y reducir los márgenes de la impunidad.

No era tan difícil. Una diferente selección de palabras no le habría quitado dirección ni énfasis a su lucha contra los narcotraficantes, y se habría ahorrado el quiebre de la opinión pública por confundir forma con fondo. El gobierno mexicano no ha reparado en ese error, y sigue cayendo en la trampa de la semántica y la sustancia. En días pasados, el Presidente enfrentó las críticas de que el Ejército estaba involucrado en muertes de civiles con una declaración que decía que esas muertes eran las menores. Aunque estadísticamente no le falta razón, el fraseo que utilizó llevó a que lo insultaran en las redes sociales y desde el Senado le cuestionaran la frivolidad con la que minimizaba la muerte de personas totalmente ajenas a la lucha contra narcotraficantes.

Lejos de frenarse, insistió días después que hay más muertes violentas en otras ciudades del continente que en México, lo que le volvió a generar un aluvión de críticas. Un reconocido intelectual que firma una columna en el diario La Razón bajo el seudónimo de Gil Gamés, apuntó: "Si dicen que en Río, Washington y Nueva Orleáns hay más muertes violentas que en México, así debe ser. Otra cosa es el hecho de que en la avenida central de un gran centro turístico, la Costera de Acapulco, en una zacapela entre policías y delincuentes mueran cuatro civiles bajo una lluvia de balas.

¿Eso ha ocurrido en Washington recientemente? Infórmenle a Gamés, no sean así. Gil tampoco se ha enterado de que en una amplia zona de Nueva Orleáns las personas se hayan encerrado en sus casas por miedo a un zafarrancho entre pandillas del narcotráfico que según los rumores puestos en la red ocurriría de un momento a otro. Así pasó en Cuernavaca, la gente se impuso un toque de queda por temor al tiroteo. ¿Ha pasado algo similar en Nueva Orleáns? Las estadísticas no explicarán nunca las emociones".

Tampoco explican el impacto de las palabras; sólo lo vemos cuando ya pasó. Las palabras que todos estamos utilizando en México nos han metido en una dinámica de confrontación permanente y de polarización creciente. La lucha no se da entre autoridades y delincuentes, sino entre gobernantes y gobernados. El deshilvanamiento del tejido social que describió el ex presidente Clinton como el contexto que precedió al bombazo en Oklahoma, es una realidad en México, pero a nadie parece importale lo suficiente como para remendarlo y evitar que se rompa. Las bandas criminales, en cambio, se han apuntado ya una victoria que seguramente nunca pensaron. No tuvieron que utilizar sus armas para llegar a nuestras mentes, meternos en su cultura, en su dinámica y en su universo. Nosotros mismos, les abrimos la puerta.

Raymundo Riva Palacio es director de www.ejecentral.com.mx.