Reportaje:

La forja de un 'marine'

En la base militar de Quantico, en Virginia, se forman los soldados estadounidenses antes de ir a combate

Los insurgentes están acorralados en un edificio de tres plantas. Desde una ventana del segundo piso disparan ráfagas con sus fusiles. Los Marines han avanzado hasta la misma puerta, dejando a decenas de soldados atrás. Tres de ellos esperan el momento adecuado para subir las escaleras que les separan de sus enemigos, que se han hecho fuertes con un arsenal. Del primer piso cae una granada. Un marine la contempla y corre escaleras arriba. El explosivo le estalla a dos compañeros entre las piernas.

La escena se congela. En realidad la congela, a gritos, el comandante Jeff Landis: "¡No, no, no! ¡Cuando ves una granada, o le das una patada y la envías lejos, o te echas encima de ella! Eso que has hecho está mal, muy mal."

Así se forman los marines. Es su escuela básica de combate. En este paraje en medio del bosque, en una base militar en Virginia, los oficiales aprenden los más novedosos métodos de contrainsurgencia. Aquí, los aspirantes a oficiales, los marines que disponen de título universitario, asisten a 26 semanas de duro entrenamiento antes de ir al frente.

Les entrena gente como el comandante Al Mendonça, que aparece de una humareda, justo en el momento en que el estruendo de una bomba recorre el poblado. "¡Éste es el sonido de la libertad!", exclama mientras inhala el humo de un puro. "Lo duro es no querer venganza. Y eso es lo que necesitamos enseñarles a estos chavales: quedarse al margen de homicidios y venganzas".

De su entrenamiento, estos oficiales pasan 600 horas al aire libre, en escenarios reconstruidos que imitan fielmente las condiciones de vida en un país como Irak o Afganistán. Participan en escenarios de guerra. Aplican tácticas a situaciones realistas, en un permanente combate de balas de fogueo y explosiones simuladas, donde sus errores son lecciones aprendidas para no errar en la guerra de verdad.

También se les enseña a dialogar.

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Una sección de 13 hombres llega a un poblado afgano. Hay un insurgente refugiado en una de las casas. Inspeccionan un mercado, con sus fusiles colgados al hombro. "Sólo hablo inglés", dice un oficial cuando se le acercan unos ancianos. "Buscamos al tipo malo".

El "tipo malo" está en una casa que encuentran a los 15 minutos, después de haber inspeccionado otras tres viviendas. Hay un tiroteo dentro de la casa y el insurgente muere. Un anciano resulta herido en la pierna derecha. Un daño colateral.

En ese momento llega el líder de la tribu. El intérprete de los marines traduce: "Habéis entrado en las casas a vuestro antojo. Habéis ofendido a todo el pueblo. Habéis insultado a los ancianos y las mujeres". El Marine que lidera el escuadrón repite una y otra vez las mismas frases. "Queríamos dialogar previamente con usted, pero no le encontrábamos. Le pido disculpas. Necesitábamos capturar al tipo malo".

Se le acerca el capitán Andrew Schillace: "Teniente, ya está bien. ¡Márchese de aquí ya! Ha hecho lo que venía a hacer y no tiene sentido que siga entablando conversación con él. Ya regresará en otro momento para conversar".

"Enseñamos a los tenientes a resolver problemas", explica Schillace, que ha servido 13 meses en Afganistán. "Primero se les entrena para que tenga en cuenta a los civiles antes de tomar decisiones. Lo importante es que se les haga el menor daño posible. Tampoco es bueno que se relacionen demasiado con ellos. Uno debe mantener la distancia. Esto es una guerra".

En esta escuela, los hombres siguen siendo mayoría. Hay algunas mujeres. Entre ellas la oficial Kelly Sloan, de 31 años. "Bastante por encima de la media de edad que hay aquí", admite. Está casada con otro Marine y tiene un hijastro. Se alistó a los 25 años y, tras obtener un título universitario a distancia, ha conseguido inscribirse en la escuela de oficiales. "Es un entrenamiento duro. En medio de la peor tormenta de nieve que ha caído en esta zona, nos enviaron con un destacamento a dormir a la intemperie. Nos preparan para ser líderes y para ser, sobre todo, duros y resistentes".

"Somos luchadores, gente dura", explica el coronel Mendonça. "Nuestros enemigos tienen miedo de enfrentarse a los Marines. Se lo piensan dos veces antes de hacerlo. No es algo malo que los marines intimiden a sus enemigos".

Gente como Mendonça le enseña a estos alumnos a resistir y a saber cómo ser tan temibles como certeros en la guerra, algo que aplicarán en un combate en el que ya participan, directa o indirectamente, los 200.000 compañeros de esta rama de las fuerzas armadas.

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