Hay que tratar bien a los amigos de la familia
Bush hijo está cada vez más cerca de la política de Bush padre. Los ramales de la nueva política internacional tendida por los neocons a partir del 11-S van siendo sustituidos uno detrás de otro por los clásicos de la vieja política republicana: no hay otra, y es la del realismo. Esta semana Washington anunciará la mayor venta de armas de la historia a Arabia Saudita y a los otros cinco países que forman el Consejo de Cooperación del Golfo (Kuwait, Bahrein, Omán, Qatar y Unión de Emiratos Árabes), por valor de 20.000 millones de dólares. Para compensar la generosa dotación armamentística que recibirá este bloque árabe sunita, Estados Unidos venderá también a Egipto, el otro país que pugna por la hegemonía en esta zona del planeta, 13.000 millones de dólares en armas en los próximos años. Y para evitar un desequilibrio armamentístico regional, Washington ha habilitado el mayor paquete de todos, por 30.000 millones de dólares, con el que equipará a Israel en los próximos diez años. En total, 63.000 millones de dólares en armas esparcidas por toda la región. Esta es la alternativa que ha conseguido imaginar Bush en su último tramo presidencial, ante el fracaso de su política para Oriente Próximo: abrir de par en par las puertas de su supermercado de armas y contribuir así al rearme y a la prosperidad de su industria armamentística.
Hay también algunas razones muy tácticas, e incluso comerciales, que explican la largueza de este pedido que va a incrementar de forma espectacular el nivel tecnológico de los principales ejércitos de la región. Es una forma de diplomacia que intenta estrechar lazos y evitar que países como Arabia Saudita y sus socios del Consejo del Golfo vayan a pertrecharse en China o Rusia, competidores en el mercado mundial del armamento pero también competidores estratégicos de Estados Unidos en la escena internacional.
Arabia Saudita ha sido un estrecho aliado de Estados Unidos e incluso de la familia Bush; pero se convirtió en un problema después del 11-S. Un buen puñado de los suicidas que destruyeron las Torres Gemelas y atacaron el Pentágono eran saudíes; Osama bin Laden es originario de aquel país; pero además en la élite gobernante (los innumerables descendientes del rey Saud) también hay simpatías o como mínimo ambigüedades con el jihadismo. Y el propio rigorismo wahabita, oficial en el país, está muy vinculado a los postulados ideológicos que defiende Al Qaeda. La huida hacia adelante de Bin Laden (indignado por la alianza con Estados Unidos y la utilización del territorio árabe para invadir Irak en la primera guerra del Golfo) significó una ruptura con la familia gobernante, pero no se puede olvidar que en las horas posteriores al 11-S el embajador saudita y amigo personal de Bush, Bandar bin Sultan bin Abdelaziz, consiguió repatriar a un avión entero de saudíes sin control policial.
Todo conducía, después del 11-S, a que Washington se distanciara de la monarquía saudita, algo que quedó consagrado por la teoría sobre Irak que elaboraron los neocons: con el Gran Oriente Próximo que crearía Bush a partir de un nuevo Irak libre y democrático, el papel de Arabia Saudita y de sus bases militares se convertiría en secundario, e incluso disminuiría la dependencia occidental de su petróleo. El aliado estratégico y suministrador de energía tenía que ser aquel Irak democrático y rico que los neocons soñaron pero que no han conseguido vislumbrar ni en sombras.
El cálculo se ha revelado dramáticamente erróneo: ha surgido un nuevo y peligroso poder regional como es Irán; Irak no ha conseguido estabilizarse y volver a producir petróleo; no tan sólo no hay atisbo alguno de una ejemplar democracia iraquí, que sirve de ejemplo para toda la región, sino que el país se ha convertido en un vivero terrorista dominado por los chiítas; y se ha extendido la alarma entre los países sunitas de la zona, preocupados por la desestabilización que está provocando la nueva hegemonía chiíta e iraní.
Todo esto explica el regreso a la alianza con la monarquía saudita, el tradicional e histórico aliado primero del Reino Unido y luego de Estados Unidos en al zona. Los reflejos de amistad de los petroleros tejanos con sus socios y amigos árabes de toda la vida y los sólidos intereses de ambos se han revelado mucho más fuertes que una moda ideológica como la neocon, muy pertinaz pero al final bastante efímera. Pero en cualquier caso, el debate sobre este colosal contrato de material de guerra no pasará desapercibido y promete levantar una buena polvareda política en los próximos días en Washington.
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