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Con toda razón

La falta de reconocimiento de los derechos de las mujeres es simple y llanamente un sistema de opresión institucionalizado

Mujeres celebrando, el 11 de diciembre de 2020, que la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de ley que legalizaría el aborto en Argentina.
Mujeres celebrando, el 11 de diciembre de 2020, que la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de ley que legalizaría el aborto en Argentina.Natacha Pisarenko / AP

En Buenos Aires se votará el martes 29 la propuesta de ley para despenalizar el aborto. A las puertas de 2021 y en un país con un sistema educativo que le coloca en el cuadro de los mejores de América Latina, junto a Cuba y Uruguay, en Argentina se producen cada año centenares de miles de abortos clandestinos (unos 8.400 solo en la ciudad de Buenos Aires) y miles de embarazos violentos de niñas menores de 13 años. Aun así, todavía hay que escuchar debates parlamentarios llenos de sandeces, insultos y falsedades, como denunciaba esta semana en este mismo periódico la escritora Claudia Piñeiro. Recordando a Simone de Beauvoir, Piñeiro proclamaba: “Estamos hartas, hartas, hartas, hartas, hartas…”.

Con toda la razón. Hartas de que el respeto a los derechos humanos y civiles de las mujeres en medio mundo sea ignorado, como si se tratara de cuestiones culturales con las que hay que tener paciencia y comprensión. ¿Poco a poco se irán solucionando? La historia demuestra que el reconocimiento de los derechos humanos no se confía a la evolución de la tradición sino, sobre todo, a movimientos rápidos que transformen las leyes y den instrumentos a las víctimas para exigir y defenderse. Lo primero, lo que no tiene por qué esperar, es el cambio de las leyes y el derecho a denunciar y a reclamar. Las mujeres sabemos perfectamente que la tradición nos sienta mal.

La falta de reconocimiento de los derechos de las mujeres es simple y llanamente un sistema de opresión institucionalizado y resulta asombroso tener que discutir ese extremo a estas alturas de la historia. Es posible que muchos hombres (y mujeres) que esgrimen razonamientos gradualistas no se den cuenta de la profunda irritación, la ira, que terminan produciendo. Al fin y al cabo, explican, en Argentina y en muchos países de América Latina la ley ya despenaliza el aborto cuando existe malformación del feto o peligro para la vida de la madre. Con datos de la OMS en la mano, eso no impide que se produzcan en toda América Latina unos cuatro millones de abortos clandestinos cada año. Primero, porque en la práctica, esa despenalización exige un camino burocrático tan largo y difícil que en realidad impide la interrupción del embarazo. Y segundo, y principal, porque lo que hay que reconocer es un derecho. No se trata de legislar que a los esclavos no se les puede azotar, se trata de prohibir la esclavitud.

Una y otra vez se plantean los mismos problemas. Por ejemplo, la extensión del uso del velo entre las mujeres musulmanas tanto en países de Asia y África como de Europa, no forma parte en la mayoría de los casos de un movimiento de defensa de una identidad cultural, sino de campañas de hombres musulmanes empeñados en atajar los movimientos a favor de la autonomía de las mujeres musulmanas. Basta con leer lo que escriben las investigadoras musulmanas sobre el tema para no tener dudas. No se trata de que los países democráticos legislen sobre la manera de vestir, sino de reclamar atención sobre lo que significa. La mayoría de las mujeres musulmanas que no llevaban velo y ahora se lo ponen no lo hacen como reivindicación cultural. Están sucumbiendo a una fuerte presión de sociedades machistas. Y nadie las ayuda.

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¿Cuánto habrá que insistir hasta que la comunidad internacional se tome realmente en serio la desaparición de niñas en países como China e India? Unicef afirma que los datos no cuadran: faltan 40 millones de niñas en las estadísticas, bien porque existió infanticidio bien porque, dado lo difícil que es ser mujer, los padres que pueden, pagan la selección de sexo para tener solo varones.

Tiene razón Claudia Piñeiro. Hartas, hartas, hartas. Y sin embargo, las mujeres no somos una minoría. Hartas también de nuestra propia incapacidad para movilizarnos y exigir los derechos de todas. Para impedir que se normalicen las relaciones internacionales con países que no respetan los derechos civiles de sus mujeres. Para que ellas mismas puedan decidir libremente cómo vivir.

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