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No subestimemos el poder de la UE: así influye en el mundo

Abundan las acusaciones de decadencia e irrelevancia de la Unión Europea, pero su papel es más importante que nunca, sostiene la académica Anu Bradford

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, (a la izquierda) y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, en Bruselas, Bélgica, tras firmar el acuerdo del fondo de recuperación europeo.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, (a la izquierda) y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, en Bruselas, Bélgica, tras firmar el acuerdo del fondo de recuperación europeo.STEPHANIE LECOCQ/AFP/GETTY IMAGES

La Unión Europea ha estado sumida en distintas crisis a lo largo de la última década. Primero, la crisis de la zona euro hizo que se tambalearan los cimientos económicos del continente, dando lugar a dolorosos debates sobre solidaridad y soberanía entre los países miembros. A esta le siguió la crisis migratoria, que agravó aún más la difícil situación de la UE y puso a prueba su unidad. Después vino el referéndum sobre el Brexit, que aumentó los temores a una desintegración de la Unión Europea. Y por si la combinación de esas crisis no hubiera sido suficiente prueba para la UE, la pandemia de covid-19 la ha golpeado con toda su fuerza, causando una crisis económica y sanitaria sin precedentes.

La respuesta inicial de la Unión Europea a la pandemia fue débil. Las instituciones parecían observar impotentes mientras los países miembros cerraban sus fronteras y limitaban las exportaciones de productos médicos, debilitando la unidad y la solidaridad del continente. Quienes predecían el final de la UE parecían ver confirmado su punto de vista: esta parecía desmoronarse bajo el peso de los sentimientos nacionalistas que barrían el continente.

El mes pasado, sin embargo, fuimos testigos de un cambio drástico en la unidad y la capacidad de decisión de la UE. Tras un intenso regateo, los países miembros dejaron a un lado sus diferencias y acordaron establecer un inaudito fondo de recuperación de 750.000 millones de euros con el objetivo de preservar la eurozona y la integridad del mercado único. El fondo de recuperación está pensado para restaurar la economía de los países más golpeados por la pandemia, entre ellos Italia y España. Pero su importancia política va mucho más allá de la crisis actual. Por primera vez en su historia, la UE emitirá deuda para recaudar fondos en los mercados financieros y entregárselos a cada uno de los países en forma de transferencias directas y préstamos. La deuda se devolverá con el presupuesto común de la UE y mediante un nuevo impuesto que la Comisión está autorizada a recaudar. Así, el esfuerzo de recuperación conjunto se convierte también en un controvertido paso hacia la integración fiscal.

El fondo supone una gran victoria para la unidad europea. Envía una potente señal de que el compromiso de los Estados miembros con la integración se mantiene. También obliga a cuestionar los sempiternos relatos de la creciente irrelevancia y la inevitable decadencia de la UE a ojos de sus ciudadanos y del mundo en general. Con demasiada frecuencia se ha contemplado a la UE como una entidad impotente que tiene poco que ofrecer a sus ciudadanos. Y la predicción era que su menguante influencia en los asuntos mundiales se debilitaría aún más con cada crisis.

Los que mantienen este relato catastrofista se están apresurando demasiado al predecir la erosión de la UE. El fondo de recuperación no es más que un ejemplo de que su importancia e influencia se mantienen. La Unión Europea no deriva su poder de un poderoso Ejército, y ni siquiera de unos mercados financieros sólidos, sino del mercado único. Esa es su fuente de riqueza interna y su fuente de poder en el mundo. Al conservar la vitalidad del mercado único mediante el fondo de recuperación, la UE también conserva su poder y su relevancia, tanto en el continente como fuera de él.

El mercado único es la clave del éxito económico de los países miembros. El comercio interno de la UE es vital, como muestra el hecho de que, excepto Irlanda, todos los miembros comercian más entre sí que con terceros países. Es más, este mercado único no solo proporciona ventajas económicas, sino que también equilibra los beneficios económicos con protecciones importantes: para tener un medio ambiente más limpio, alimentos con más garantías y datos personales más seguros (por nombrar solo algunos ejemplos). Estas protecciones incrementan la importancia y la legitimidad de la UE a ojos de sus ciudadanos.

El mercado único es también una fuente importante de poder mundial para la UE. Las normativas que apuntalan dicho mercado único no solo inciden en la forma de operar de las empresas europeas, sino también en cómo las multinacionales organizan su producción y su actividad en todo el mundo. La UE lo regula todo, desde la seguridad de los consumidores hasta la protección medioambiental, pasando por la competencia económica y la protección de datos. Pocos son conscientes de que los criterios de la UE determinan las disposiciones de privacidad por defecto en nuestros iphones o el tipo de lenguaje que Twitter eliminará por considerarlo inaceptable. También establecen cómo debe obtenerse la madera en Indonesia, cómo se produce la miel en Brasil, qué pesticidas usan los productores de cacao en Camerún, qué equipamiento se utiliza en las fábricas de productos lácteos chinas, qué sustancias químicas se emplean en los juguetes de plástico en Japón, o cuánta privacidad concede Google a los usuarios de Internet en Latinoamérica. En resumen, las normativas de la UE influyen en la vida cotidiana de los habitantes de todo el mundo. Afectan a la comida que ingerimos, al aire que respiramos y a los productos que producimos y consumimos.

Mediante estas normativas, la UE ejerce un gran poder único que transforma unilateralmente los mercados mundiales, lo que convierte a Bruselas en una de las principales fuerzas de la economía mundial. Todo lo que la UE tiene que hacer es regular su mercado único. Las multinacionales a menudo estandarizan voluntariamente sus operaciones mundiales en torno al criterio más estricto —que por lo general es el de la UE— a la hora de buscar economías de escala y otras ventajas que aporta la producción uniforme. Por eso, grandes empresas como Google y Facebook o Unilever y Samsung diseñan sus productos de alcance mundial para que cumplan los criterios establecidos por la UE.

La capacidad reguladora de la Unión también resiste, a pesar de que muchas de las herramientas de influencia tradicionales se han vuelto más difíciles de desplegar. Utilizar la fuerza militar resulta muy caro. La presión económica —en forma de sanciones o préstamos condicionados— resulta también más complicada de aplicar, ya que estos instrumentos pueden ser fácilmente desautorizados por otros Gobiernos. En cambio, el poder regulador unilateral de la UE se basa en el interés propio de las empresas. La Unión evita así tener que presionar o negociar —con las complicaciones que eso implica— para mantener su influencia global.

La naturaleza tecnocrática del poder de la UE también la protege en gran medida de las crisis. Los distintos burócratas de la Comisión se mantienen centrados en los espacios reguladores que tienen asignados, sin dejarse distraer por las crisis más amplias, lo que permite que la agenda reguladora siga adelante incluso cuando se produce una gran conmoción política o económica. Por ejemplo, ni la crisis de los refugiados ni el referéndum del Brexit echaron atrás el estricto Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). También es probable que la Comisión saque adelante una ambiciosa ley de Servicios Digitales a finales de año y se disponga a aplicar su otra prioridad reguladora, el Pacto Verde Europeo.

Es posible que, en momentos de crisis, esta capacidad reguladora de la UE no solo se mantenga, sino que incluso aumente. Desde la crisis del euro se han puesto en marcha ambiciosos esfuerzos para reforzar la arquitectura de la eurozona. Bruselas no solo no ha perdido competencias, sino que las ha ganado. De igual manera, las crisis migratorias han contribuido a reforzar el papel de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex). El reciente acuerdo sobre el fondo de recuperación indica que la actual pandemia está dotando a la UE de nuevas competencias en política fiscal. Es muy posible que, debido a la pandemia, los países miembros doten también a la Unión de mayores competencias en materia de sanidad para facilitar el diagnóstico, la realización de pruebas, la compra de suministros médicos, el intercambio de información fundamental y la investigación conjunta para el desarrollo de una vacuna.

Los retos actuales exigen una Unión Europea más fuerte, no más débil. Ha quedado claro que los Estados nacionales por sí solos no pueden luchar contra una pandemia mundial, gestionar los flujos migratorios, mitigar el cambio climático o responder a las crisis financieras que sacuden a una economía mundial tan interrelacionada. La integración europea —con todos sus fallos y carencias— ha hecho y seguirá haciendo a los europeos más ricos, más seguros y más libres.

Los retos que afronta la UE en la actualidad no deberían subestimarse. Pero esta pandemia —al igual que las otras crisis anteriores— no tiene por qué ser señal de la debilidad de la UE o de su desintegración. El acuerdo histórico del mes pasado demuestra que los países miembros comprenden que tienen pocas opciones aparte de la de vincular su recuperación tras la crisis a la reanimación del mercado único. A pesar de que la pandemia y las guerras comerciales siguen desestabilizando la economía mundial, la desglobalización no es la respuesta. Ningún país europeo puede declarar la soberanía económica y empezar a extraer materias primas, a producir y a vender localmente. Sin embargo, es muy probable que observemos una tendencia a la regionalización. A medida que se debilita la confianza en las cadenas de suministro mundiales, el mercado único europeo proporciona una cobertura esencial al combinar escala, diversidad y fiabilidad. Sigue siendo la unidad fundamental en torno a la cual pueden construirse las opciones políticas y los destinos económicos de Europa.

Anu Bradford es catedrática de la Escuela de Derecho de Columbia y autora del libro ‘The Brussels Effect: How the European Union Rules the World’ (El efecto Bruselas: así domina el mundo la Unión Europea).

Traducción de News Clips.

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