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Conte, el hijo de la emergencia

El 23 de mayo de 2018 este abogado recibió el encargo de formar Gobierno siendo un completo desconocido. Hoy, con la popularidad disparada, el primer ministro italiano ha vuelto de Europa a hombros y ha aplacado a sus rivales

Juan Colombato

El desencuentro fue durísimo. El 12 de febrero de 2019, Giuseppe Conte compareció ante el Parlamento Europeo. El belga Guy Verhofstadt, líder de los liberales, cogió el micro y le destrozó en perfecto italiano sin compasión. Y sin respeto. “Soy un gran enamorado de Italia, pero me duele ver la degeneración política de este país. ¿Hasta cuándo será la marioneta de Di Maio y Salvini?”. Conte llevaba ocho meses como primer ministro y había demostrado algunas cualidades en Bruselas, salvando dos veces un procedimiento sancionador por exceso de deuda. Aquel día se marchó muy tocado, cuentan quienes hablaron con él. Le habían tratado como si fuera Silvio Berlusconi, una de las personas de las que más alejado se había considerado siempre. “En esa sesión cambió todo. Lo vivió como una humillación”, señala una persona que viajó con él a Estrasburgo. Un año y dos gobiernos después, Conte se fotografió haciendo un gesto de victoria en la sede del Consejo Europeo en Bruselas, donde la madrugada de este martes impulsó un acuerdo histórico en el que todos sus colegas han elogiado su capacidad. El mundo que le despreció ahora le aplaude.

Giuseppe Conte (Volturara Appula, 55 años), un abogado sin ninguna experiencia política antes de pisar el Palacio Chigi, ha superado turbulencias que la mayoría de los 30 presidentes del Consejo de Ministros que le precedieron no sufrieron durante los 66 Ejecutivos de Italia desde que se fundó la República en 1946. Ha presidido dos Gobiernos ideológicamente en las antípodas, aguantó la presión de dos vicepresidentes con más poder que él, sobrevivió a un intento de derrocarlo en pleno verano, se sobrepuso a humillaciones en Europa y creció durante la peor crisis sanitaria y económica de la historia reciente del país. Conte, el quinto primer ministro consecutivo que no fue candidato en unas elecciones, se ató al mástil del barco y atravesó la tormenta. La esperanza de vida de quien ocupa su cargo en Italia ronda los 14 meses. Hoy lleva ya 26. Y si logra superar el maremoto que llegará en otoño —caída del PIB de hasta el 13% y elecciones en seis regiones—, podría ser el único que termine la legislatura desde Silvio Berlusconi. Nadie hubiera dado un euro hace dos años. Un tiempo en el que Conte ha aprendido a cabalgar en un estado de emergencia permanente.

Giuseppe Conte celebra el acuerdo de la UE contra la crisis económica causada por la pandemia, este martes en la sede del Consejo Europeo, en Bruselas.
Giuseppe Conte celebra el acuerdo de la UE contra la crisis económica causada por la pandemia, este martes en la sede del Consejo Europeo, en Bruselas. Filippo Attili

Un vendaval populista se llevó por delante todos los conceptos políticos de los últimos 25 años en el país transalpino el 4 de marzo de 2018. Un partido extremadamente antisistema fundado por un cómico, Beppe Grillo, y un empresario de comunicación digital llamado Gianroberto Casaleggio ganó las elecciones con un 33% de los votos. El Movimiento 5 Estrellas (M5S), un experimento tan revolucionario como opaco, necesitaba pactar con alguien para alcanzar una mayoría que le permitiese entrar en los palacios que tanto había denostado con su famoso eslogan “Vaffanculo”(a tomar por el culo). El único voluntario, a derecha e izquierda, fue la Liga de Matteo Salvini, que exigió un paso al lado del entonces líder grillino, Luigi Di Maio, y buscar una persona de consenso que presidiera el nuevo artefacto. Alguien gris, insustancial y desconocido, en suma, que aceptase sin rechistar órdenes de sus dos vicepresidentes. Pensaron en Conte; y funcionó durante un tiempo. Pero el propio Salvini descubrió ante toda Italia el pasado agosto que habían subestimado a aquel tipo. Le costó la cartera de Interior, un durísimo correctivo en el Senado y la única posibilidad que tenía de ser primer ministro hace ahora un año. Fue una mala elección.

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Salvini exigía buscar un primer ministro gris y desconocido, que aceptase órdenes sin rechistar

El abogado del pueblo

El 23 de mayo de 2018 Giuseppe Conte bajó de un taxi siendo un completo desconocido y subió las escaleras del Palacio del Quirinal, residencia del presidente, para recibir el encargo de formar Gobierno. Muchos vieron en aquel profesor universitario, autoproclamado “abogado del pueblo”, al marciano que retrataba el escritor Ennio Flaiano en Un marziano a Roma aterrizando en la capital italiana. Hijo de una familia de clase media de la sureña provincia de Foggia, procedía en realidad de las entretelas del sistema jurídico del país. Esa segunda o tercera línea del banquillo político que cultiva con esmero la judicatura en Italia, el único estamento que mantiene el hilo argumental en la historia reciente del poder romano. Conte llegó de la mano de un partido antisistema. Pero el sistema tiende a corregirse y pronto mostró la verdadera naturaleza de la elección. “Ya había estado en las quinielas para presidir el Consejo de Estado, maniobró en distintas operaciones. Siempre estuvo en las cenas adecuadas y tuvo un maestro de envergadura como el abogado Guido Alpa”, señala uno de los líderes del M5S, que le invitó a dar el paso cuando las cosas no le iban del todo mal: su despacho facturó más de un millón de euros el año en que dio el salto a la política.

La experiencia como abogado societario, especialista en arbitraje, le ayudó al principio a construir su figura de mediador. “Ha aplicado su trabajo al Gobierno. Antes lo hacía con clientes privados, ahora lo aplica a partidos (Partido Democrático y Liga), a rivales en Europa como Mark Rutte [primer ministro de los Países Bajos]… Estudia muy bien los documentos, no descuida el diablo que se esconde en los detalles”, apuntan en su entorno. En las negociaciones del Consejo Europeo, por ejemplo, ha parado varias veces a técnicos de Rutte que intentaban introducir matices. Es capaz de discutir durante una hora y media para cambiar una sola palabra como “decisivo” por “exhaustivo”, que transforma el sentido del acuerdo. “El texto tiene que modificarse. No volveré a Italia si no es con la cabeza alta”, insistió de madrugada. Conte, en buena forma física, ha aprendido que la noche es un aliado para ganar en una mesa, tal y como hizo Angela Merkel durante años. “Tiene una resistencia y capacidad de trabajo descomunal y a esas horas se mantiene lúcido. Sabe que ahí puede descolocar más a los adversarios”, señala una persona que despacha con él habitualmente. Una especialidad que ha trasladado a las reuniones del Consejo de Ministros.

En las negociaciones del Consejo Europeo, Conte discutió hora y media el cambio de una sola palabra

La volátil naturaleza de su mandato lo ha transformado en un equilibrista que ha ido soltando el poco lastre que lo desestabilizaba. Viejo votante socialdemócrata —admitió siempre que apoyaba al Partido Democrático (PD)—, nunca ha querido afiliarse al Movimiento 5 Estrellas, pese a que el partido lo propuso como ministro y luego como presidente del Consejo en dos ocasiones (hoy los grillinos gobiernan con el PD). Conte ha roto los lazos orgánicos con el partido antisistema, se ha distanciado enormemente de Di Maio y ya no acepta órdenes de sus dirigentes. Prefiere jugar de líbero. Y las ventajas son evidentes.

El primer ministro italiano y Matteo Salvini, en aquel momento ministro del Interior, en el Senado en agosto de 2019.
El primer ministro italiano y Matteo Salvini, en aquel momento ministro del Interior, en el Senado en agosto de 2019.ANDREAS SOLARO / AFP via Getty Images

En 2019, cuando presidía el Gobierno más populista de Europa, pudo firmar los decretos de Salvini donde se criminalizaba a las ONG que rescatan en el Mediterráneo y se bordeaban líneas rojas de la Constitución. Conte se permitió hablar de “la falsa solidaridad”, no mencionar apenas el medioambiente y atacar a Europa. Un año después, convertido en un europeísta convencido, propone lo contrario sin que las costuras del cargo apenas aprieten. “Alguien que no es conocido tampoco tiene cuentas pendientes. Él carecía de enemigos, como sí tiene el resto de la clase dirigente italiana”, apunta el director del semanario L’Espresso, Marco Damilano, que lo define como un colibrí, por su “capacidad de aparentar movimiento sin desplazarse ni un centímetro”. La mayor virtud de Conte hoy, sin embargo, es que su interlocutor directo —y la pandemia lo ha acentuado todavía más— son los ciudadanos y un Consejo de Ministros en el que ha sabido mediar.

El primer círculo de confianza de Conte es muy reducido. Comienza en su omnipresente director de comunicación y estratega, Rocco Casalino. Un exponente del M5S que tuteló al principio su periplo y terminó diseñando una estrategia ganadora llena de golpes de efecto y potentes discursos plagados de eslóganes que han marcado la pandemia (“distanciarnos hoy para abrazarnos mañana”). Se apoya también en su viejo amigo y compañero de fatigas jurídicas, Roberto Chieppa, que ejerce como secretario general de la presidencia y en Alessandro Goracci, jefe de Gabinete. Fuera de ese perímetro, empieza un mundo menos familiar que aprende a gestionar. “La relación con el Parlamento es en lo que está más pez. Pero estudia, llega siempre con los papeles leídos y corregidos. Ha mejorado mucho”, señala uno de los ministros del PD. “Sabe escuchar y no tiene prejuicios. Puede cambiar de idea sin problema si está corroborada por el mérito. Por eso nuestros Consejos de Ministros son tan largos. Los de Berlusconi podían durar minutos”, insiste la misma fuente.

La imagen inconsistente que exhibió aquel 12 de febrero de 2019 ha cambiado radicalmente. Tanto en los discursos como en su influencia. Su figura ha sido muy importante en las negociaciones del fondo de recuperación (Italia recibirá el 28% de los 750.000 millones de euros aprobados) y ha sabido tejer relaciones distintas con los líderes. Con algunos incluso en lo personal. “Se ha creado un eje muy fuerte con Pedro Sánchez, tienen una relación de amistad y vivencias compartidas. Pero ha sabido extender ese trato personal a otros líderes”, señalan fuentes de su entorno. Cultivó el eje franco-alemán y apretó a los autodenominados países frugales. “Les advirtió de que no permitiría que el plan se desmontase y de que no dejaría que le doblasen el brazo. A Rutte incluso le avisó de que acabaría pagando las consecuencias de destruir el mercado único”, apunta alguien presente en las negociaciones.

El éxito de Conte, que hace solo una semana veía amenazado su futuro político por un posible Gobierno de emergencia si el acuerdo no iba adelante, tendrá que trasladarse ahora a Italia. Y ahí deberá cambiar de estrategia. Un ex primer ministro italiano que lo conoce bien y pide anonimato cree que Conte ha actuado siempre “como un típico democristiano”. “El partido en Europa no lo ha jugado él, sino Merkel y Macron. Ha hecho una buena comunicación, ha estado en el lado correcto y ha traído un gran resultado, no hay duda. Pero ahora empieza un partido más complicado. En octubre tocará hacer las reformas. Será crisis o recuperación. No hay empate posible”, insiste este expresidente del Consejo.

El apoyo del Vaticano

Conte cuenta con varias redes de seguridad para las operaciones más complicadas. No tenía grandes patrocinadores, pero cultivó bien las relaciones en Roma a un lado y otro del Tíber. Su vínculo con el Vaticano, fundamental en los tiempos de máxima tensión con Salvini, se forjó en los años universitarios en Villa Nazareth, una residencia de estudiantes católica para formar jóvenes talentos, a menudo procedentes de familias con pocos recursos. De aquí ha salido parte de los cuadros dirigentes del país, incluido el propio Conte, que pudo estrechar lazos con el entonces presidente de la institución, el cardenal Silvestrini. El purpurado, uno de los grandes modernizadores de la diplomacia vaticana y mentor del actual secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, fue una engrasada bisagra entre dos mundos.

Conte, en el funeral del cardenal Silvestrini, en agosto del año pasado en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. 
Conte, en el funeral del cardenal Silvestrini, en agosto del año pasado en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. ANDREAS SOLARO / AFP via Getty Images

Villa Nazareth, que actualmente preside el propio Parolin —con quien también estableció una buena relación en aquellos años— fue la primera tarjeta de visita del premier con la actual Secretaría de Estado (la sala de mandos política de la Santa Sede). Un canal que le permitió contar con el favor del Papa en un par de situaciones complicadas y convertirse en una referencia de la Iglesia cuando faltan políticos en Italia capaces de calibrar las sensibilidades vaticanas. Una proximidad insólita, coinciden todos los consultados, desde los tiempos de Giulio Andreotti y, más tarde, de Romano Prodi. El acercamiento ha llevado a amplios sectores del catolicismo progresista a ver en él al mesías que la vieja democracia cristiana lleva esperando desde su disolución en los noventa.

La popularidad de Conte está hoy disparada y le sitúa como el mejor primer ministro desde 1994, según la última encuesta de Demos & Pi, publicada por La Repubblica. Su autor, Ilvo Diamanti, cree que su gestión de la pandemia ha sido fundamental. “Fue una referencia compartida en tiempos de miedo. Es el hombre de la emergencia, no el de la providencia. Y eso da gran visibilidad y reconocimiento”, apunta. Una rara avis codiciada ahora por los partidos. El M5S, en plena descomposición, le pide diariamente que se afilie a la formación y se ponga al frente de aquel experimento. El PD, el otro socio de la coalición, lo ve como uno de los suyos y alaba ahora públicamente su equilibrio. “Hoy es el valor adjunto de la alianza. Es el elemento perfecto que une los dos mundos. Y tiene el mérito de respetar el alma progresista”, señala el ministro de Asuntos Regionales, Francesco Boccia.

Es una referencia de la Iglesia cuando faltan políticos que sepan calibrar las sensibilidades vaticanas

El capital acumulado, sin embargo, es tentador. La idea es llevar al Gobierno con el PD hasta 2022, fecha clave para elegir al próximo presidente de la República. Para entonces, muchas otras voces susurran al primer ministro que debería formar su propio proyecto. Un partido de centro, europeísta y con sensibilidad para los temas de la Iglesia. “No es fácil. Para eso debe elaborar una propuesta, enmarcar unos valores. Conte nunca había planteado hasta hoy proyectos concretos para no incomodar, siempre ha buscado un equilibrio. Pero si haces un partido debes decir si quieres o no inmigrantes, qué política fiscal necesita el país... Esa es la diferencia entre gustar a los ciudadanos y el consenso electoral”, señala un peso pesado del M5S escéptico ante esa posibilidad.

El otoño marcará a fuego su futuro. Conte quiere alargar el estado de alarma hasta el próximo 31 de octubre. Un marco jurídico útil para tomar decisiones veloces, pero un reflejo también del estado político y psicológico en la que ha aprendido a vivir desde que llegó al cargo. El éxito europeo ha terminado de hundir a sus rivales en la oposición, que esperaban un jarro de agua fría en Bruselas. Acostumbrado a sobrevivir aplazando las grandes decisiones, tocará ahora diseñar un plan para utilizar 80.000 millones de euros en subsidios y otros 120.000 en préstamos. El mayor botín europeo. La emergencia, tarde o temprano pasará. Conte, sin embargo, ya no oculta que quiere quedarse.

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