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El placer y la libertad son bienes supremos. Ya lo decía Epicuro hacer 2.300 años

En ‘Cómo ser un epicúreo’, la filósofa británica Catherine Wilson explica que a esta corriente de pensamiento le fascinaba la vida de los seres humanos antes de la civilización

Catherine Wilson
Hombres prehistóricos cazan un mamut en una ilustración de 1896.
Hombres prehistóricos cazan un mamut en una ilustración de 1896.GraphicaArtis/Getty Images

Aunque pertenecieron a civilizaciones altamente desarrolladas como las antiguas Grecia y Roma, a los primeros epicúreos les fascinaba darse cuenta de que los seres humanos no siempre habían vivido en ciudades ni practicado la agricultura, la industria y el comercio. Sabían que sus ancestros habían vivido en familias y tribus con escasa organización política. Comprendían que tan solo después habían formado federaciones, habían dado el poder a reyes y magistrados y creado leyes y sistemas de castigo para contravenciones y delitos. Basado en los manuscritos de Epicuro, así como en el conocimiento de sus contemporáneos acerca del pasado lejano, Lucrecio pensó detenidamente en los orígenes de la civilización, y en el quinto libro de De la naturaleza de las cosas narró la historia de la humanidad y extrajo importantes conclusiones acerca del progreso tecnológico, la felicidad humana y la opresión política que merecen nuestra continuada atención.

Lucrecio retrata una primera fase de la vida humana peligrosa pero, por varias razones, atractiva. Los adultos vivían como animales solitarios buscando comida (se supone que transportando a sus hijos, o seguidos por ellos). Muchos de ellos, “cogidos / y desgarrados con feroces dientes / un pasto vivo daban a las fieras”, mientras que otros morían “sin saber qué aplicar a sus heridas”. Pero, señala Lucrecio con agudeza, “no daba un solo día / a la muerte millares de guerreros / que seguían banderas diferentes, / ni estrellaban los mares borrascosos / los hombres y navíos en escollos”. La gente moría de hambre, pero no por exceso; se envenenaban accidentalmente al comer algo equivocado, mientras que “a otros con más arte ahora envenenan”.

Luchaban pero había equidad

El fuego no fue algo que robaran a los dioses, como en el mito griego de Prometeo, ni fue un regalo divino. Más bien, explica Lucrecio, los incendios forestales eran habituales en aquellos días, a causa de relámpagos o de la fricción entre ramas de árboles. La gente ideó modos de capturar, controlar y conservar el fuego, y esto fue un punto de inflexión. Se acostumbraron al calor y eso los llevó a vivir como familias en chozas. Aprendieron a cocinar su comida, y vivir con mujeres y niños hizo a los hombres menos bruscos y más complacientes. Se inventó el idioma humano (que Lucrecio veía como cualquier otra forma de lenguaje animal) y también artes como el trenzado y el tejido. Aunque luchaban con palos y piedras, los primeros humanos no podían hacerse demasiado daño entre ellos. Había una relativa equidad y una relativa libertad sin sacerdotes y jueces que establecieran leyes y amenazaran con castigos.

Los arqueólogos y los estudiosos de las escasas sociedades de cazadores-recolectores que quedan han validado en gran medida esta reconstrucción de Lucrecio. Los antropólogos han señalado la “preferencia por la equidad” en sociedades pequeñas y sencillas, y el resentimiento contra cualquiera que comience a actuar de un modo agresivo. En sociedades triba­les más grandes puede haber un líder, pero su función prin­cipal es negociar con extranjeros, no crear normas para los de la tribu, y normalmente no suele distinguirse de los demás por su indumentaria o su morada. ¿Cómo, pues, pasaron los seres humanos de vivir en sociedades pequeñas e igualitarias a oligarquías y burocracias imperiales? En estas estructuras po­líticas, la riqueza y el poder se concentran en un reducido nú­mero de manos, y muy escasos gobernantes toman decisiones que afectan a las experiencias e incluso a la supervivencia de millones de súbditos. Pues, como Lucrecio subraya, aunque quizá exagera la armonía ininterrumpida de la vida arcaica, la guerra era algo desconocido. Carecían de toda motivación para atacar al vecino, así como de armas eficaces para hacerlo.

Lucrecio es vago acerca de cómo sucedió todo esto. Su­pone que “aquellos que tenían más ingenio, / y mucho más su espíritu alcanzaba” inventaban nuevas y admirables prácticas, y que aparecían así reyes que recompensaban a sus favoritos y levantaban ciudades. La invención del dinero trajo consigo una nueva época. “Por fin, se introdujeron las riquezas, / y descubriose el oro, que al momento / envileció la fuerza y hermosura: / por lo común […] / hacen crecer la corte del más rico”.

En la narración de Lucrecio, la sociedad arcaica llegó a su fin debido a un descubrimiento por azar, el de los metales: cobre, oro, hierro, plata y plomo. La gente observó cómo, tras un incendio forestal, los metales manaban, líquidos, de algu­nas rocas, y se solidificaban adquiriendo nuevas formas. He aquí un material mucho más duro y duradero que la madera y que, a diferencia de la piedra, podía moldearse a voluntad. El ingenio humano se hizo cargo del resto, y con la tecno­logía del metal llegó la esclavitud agrícola, las divisiones de clase y la conquista brutal. “Se labraba la tierra con el cobre, / y con cobre se daban los combates, / se sembraba la muerte y se robaban / los campos y ganados; pues desnudos / e inermes se rendían fácilmente / a gente armada”.

La revolución metalúrgica

La arqueología contemporánea corrobora la opinión de Lucrecio de que las ciudades, el comercio y la guerra evolucionaron rápidamente con la introducción de la tecnología metalúrgica. Ahora, con el arado y los animales de tiro, los humanos podían labrar vastos campos y cultivar, almacenar y comerciar con cereales, el nuevo alimento básico en la dieta de los pobres. Con sierras y martillos podían construir casas, muros y vallas para mantener a la gente dentro y al ganado, separado. Se podía equipar con ruedas a las carretas para viajar y comerciar, y hacer que las tiraran animales domesticados. Las herramientas, aplicadas a la minería, extraían metales preciosos y gemas. Con la nueva abundancia de alimento extraído del suelo, las poblaciones crecieron y los mercados se expandieron. El arte de la construcción naviera hizo posible el viaje a larga distancia. Comenzó a abrirse una gran brecha entre ricos y pobres. Los ricos eran aquellos que convencían u obligaban a otros a trabajar por ellos en los campos, a fabricar herramientas y adornos, a construirles edificios y a luchar en sus batallas. Los pobres eran quienes no tenían más opción que esclavizarse a los ricos.

Este proceso implicó ganancias y pérdidas. La vida, en ciertos aspectos, se volvió más segura, y las campiñas se embellecieron, “doquiera divididas / o guarnecidas de árboles frutales”. La vida en las aldeas seguía siendo idílica, pensaba Lucrecio. La gente se tendía en el césped en amistosa compañía y “entonces era el tiempo de las danzas, / entonces de las pláticas, entonces / de las dulces risadas”. Tocados con guirnaldas de flores, se divertían mutuamente con danzas sencillas, si no torpes. Cantar es un buen remedio contra el insomnio.

Catherine Wilson (Reino Unido, 1951) es filósofa y profesora en la Universidad de York. Este extracto pertenece a su libro ‘Cómo es un epicúreo’, que la editorial Ariel publicó el pasado 10 de marzo.

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