Columna
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De cómo el ASMR saltó de YouTube a la mesa

La mutación de la cultura audiovisual en la era digital afecta como nunca al papel del espectador

Un fotograma de ‘Arcadia’, magistral mosaico de imágenes y música realizado por Paul Wright.
Un fotograma de ‘Arcadia’, magistral mosaico de imágenes y música realizado por Paul Wright.Paul Wright

Pese a que tiene poco de novedoso para la mayoría de jóvenes y adolescentes, yo he descubierto el ASMR hace unas semanas gracias a la sesión performance de Lorena Iglesias en La Filmoteca Española. Se celebró como parte del ciclo La imagen renacida, programado desde enero de 2020 por el comisario de vídeo y cine Andy Davies. Para los que estén tan pez como estaba yo, el ASMR es el acrónimo en inglés de Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma. Se trata de un concepto acuñado en 2010 por una mujer llamada Jennifer Allen para referirse a una sensación física, concretamente un escalofrío inducido por estímulos auditivos y visuales que recorre la espalda y la cabeza. Proliferó en YouTube, pero a estas alturas está totalmente integrado en el audiovisual, incluidos el cine y la publicidad.

El ASMR en una sala oscura y en una pantalla grande es una experiencia aún más intensa. Para presentar mejor esos ruiditos y susurros al micrófono asociados a imágenes, Iglesias hizo una selección que mostraba las diferentes (y muy locas) derivas del fenómeno, que en países como Corea del Sur ha llegado al paroxismo con el ASMR de comida. Básicamente, se trata de hacer lo contrario a lo que te han enseñado en casa a la hora de sentarte a la mesa y, en una especie de competición para ver quién se come lo más guarro y a la vez más gustoso de ver y escuchar, hacer todo tipo de sonidos bucales y guturales de muy baja frecuencia mientras se engulle un pulpo crudo entero, un bidón de gelatinas o todo tipo de alimentos sonoros. Para entendernos: como tragarse un Peta Zeta gigante y dejarse llevar por los sentidos.

Dicho esto, La imagen renacida ha ofrecido mucho más que sesiones recreativas. La mutación de la cultura audiovisual en la era digital afecta como nunca al papel del espectador, creador él mismo de un archivo de imágenes que está influyendo en un lenguaje cada vez más permeable a esta interacción. El ciclo empezó con la magistral Arcadia, montaje hecho por Paul Wright con archivos encontrados y música original de Portishead y Goldfrapp. Siguió con una sesión de machinima; se detuvo en nombres propios como el de la activista y videoartista turca Belit Sag; mostró los nuevos caminos de la crítica visual y del videoensayo a través de una sesión de Catherine Grant; proyectó A Crackup at the Race Riots, del colectivo belga Leo Gabin, basado en un libro del cineasta Harmony Korine, y se cerrará este mes de abril con una sesión dedicada a los diarios de Jonas Mekas.

Un cierre redondo en el que el genio lituano-neoyorquino nos recordará una vez más por qué sin el faro de su pensamiento estaríamos aún más perdidos ante semejante alud de imágenes. “Me gustan las cosas que están fuera de control”, escribió en Cuaderno de los sesenta este vigoroso defensor de todo lo que circula por el subsuelo. “En cierto punto, el artista se pondrá firme, detendrá al medio y lo domesticará, utilizándolo para cultivar los campos de su propia imaginación. Pero, por el momento, el toro corre a su antojo”.

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