El gran problema del volumen en el móvil: “Es una de las formas más invasivas de contaminación social”
Entre videollamadas, notificaciones y vídeos cortos de Tik Tok, es casi imposible escapar a esta nueva sinfonía urbana. La tiranía del ‘smartphone’ ajeno retumba todo el tiempo, en todas partes y a todo trapo


¡Ping! “Primero tenemos que espolvorear un poco de cacao”, aconseja una voz femenina. A su lado, resuena la risa descontrolada de un bebé. ¡Ring, ring! Irrumpe después un breve aplauso ensordecedor y al segundo estalla el beat saturadísimo de un tema techno. “Este destino de ensueño se encuentra solo a cinco minutos del lago de Como”, explica un hombre encorbatado. ¡Tiriri-tiriri! Una bolita golpea en un ruleta hasta que se detiene y vuelven los aplausos. Pronto quedan eclipsados por los coros angelicales de la canción Halo. “Baby, I can feel your halo”, berrea la mismísima Beyonce.
El galimatías anterior podría parecer un delirio insoportable y, sin embargo, retrata una estampa a la que estamos más que acostumbrados: la banda sonora de cualquier viaje en transporte público. De hecho, bastaron un par de minutos en el metro de Madrid para registrar algunos de los cientos de sonidos que expulsaban los móviles de los pasajeros. Este mismo ejercicio se podría repetir prácticamente en cualquier parque o restaurante. Entre videollamadas, notificaciones y vídeos cortos de Tik Tok, es ya casi imposible huir de esta nueva sinfonía urbana en los espacios públicos. La tiranía del smartphone ajeno retumba todo el tiempo, en todas partes y a todo volumen.
¿Se ha convertido, por tanto, el volumen de los móviles en el gran problema de la etiqueta del siglo XXI? María José Gómez y Verdú, experta en etiqueta social y empresarial y autora de Protocolo Pop: El manual definitivo del saber estar (Magazzini Salani, 2025) no tiene ninguna duda y ejemplifica el problema con una anécdota que vivió recientemente en un lugar, a priori, muy distinto a un vagón de metro.
“Era un restaurante donde todo, la luz, el servicio, el ritmo, estaba diseñado para el disfrute y la desconexión”, recuerda. “Pero en la mesa contigua, varias personas reproducían audios y vídeos en alto de forma constante. No era un volumen exagerado y ahí me di cuenta de que no es solo una cuestión de decibelios, sino de interrupción. El sonido del móvil tiene una cualidad muy invasiva, no forma parte del entorno compartido, irrumpe en él. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue la naturalidad con la que se producía. Nadie parecía percibirlo como una molestia”.
Para Gómez y Verdú, la normalización de este barullo digital solo se explica con la falsa sensación de intimidad que generan los móviles. “Muchas personas sienten que, al estar mirando su pantalla, están en un espacio privado, aunque estén rodeadas de otros”, explica. Pero, el hecho de que el ruido se genere de manera inconsciente, sostiene, no significa que no cause verdaderos estragos: “El sonido del móvil se ha convertido en una de las formas más invisibles, y a la vez más invasivas, de contaminación social. Hemos normalizado que lo privado irrumpa en lo público sin filtro, como si el entorno fuera una extensión de nuestra pantalla”.
“Ahí se pierde algo esencial: la conciencia del otro. Cuando alguien reproduce audios o vídeos en alto, está imponiendo su presencia sobre la de los demás”, añade. De los contextos formales a los más informales, con conocidos, pero también desconocidos, esta invasión acústica está cada vez más presente en todos los ambientes. Aún así, el transporte público sigue siendo el lugar de mayor conflicto y, por tanto, es allí donde muchos países han empezado ya a tomar medidas al respecto.
Hace un año, Portugal sorprendía al implantar multas de 50 a 250 euros por molestar con el volumen del móvil en el transporte público y lo mismo sucede en Francia, que contempla esta situación directamente en su Código de Transportes con un importe similar. En España, sin embargo, las medidas se limitan a la creación de vagones de silencio y a la implantación de carteles informativos que alientan a la concordia pública. Pero confiar en el buen hacer ciudadano rara vez es del todo efectivo.
Hace unos días, Marc Masip, psicólogo experto en adicción a las nuevas tecnologías, autor de Desconecta (Libros Cúpula, 2018) y creador del programa Desconect@, se pasó todo un trayecto de tren entre Madrid y Barcelona escuchando los dramas familiares y vitales de un par de pasajeros de su mismo vagón. “Es una pérdida de la intimidad y un acto egoísta que se ha instaurado ya en todas las edades, ubicaciones y clases”, defiende.
“Además, estos espacios donde debería haber silencio, pero aparece ruido de móviles, se combinan con otros, como los parques infantiles, en los que debería haber ruido y solo encontramos silencio: adolescentes sentados en un banco cada uno con su móvil en vez de hablar entre ellos”, analiza. Dos extremos que revelan una misma realidad: la sumisión al bombardeo constante de los estímulos digitales.
A través del sonido, explica Masip, un dispositivo consigue angustiar, aturullar o anular no solo a su propietario, sino también a su entorno más inmediato. “Más allá de la molestia pura y dura que nos pueda provocar el volumen de otro móvil, en realidad nos conduce a una hiperconectividad que genera mucha ansiedad y malestar. Aunque la notificación de un correo o un WhatsApp pendiente no sea mía, siento que tengo algo pendiente. Estamos acostumbrándonos a una hiperconectividad que puede ser mía o de otros, pero de la que nunca me libro”.
Como consecuencia, Masip denuncia la desaparición de esos espacios de completa desconexión digital y, sobre todo, de silencio. “Son fundamentales para hablar con uno mismo, para pensar, para relajarse, pero creer que podemos seguir haciendo todo eso rodeados de tantos estímulos es una utopía. Como muchos duermen con el móvil, el único espacio desconectado que nos queda es la ducha, porque el móvil se moja allí, y poco más”. Aún así, el experto reconoce que no está todo perdido y reivindica la práctica de ciertas medidas preventivas.
Manual para huir del ruido
Aunque no se pueda controlar los móviles ajenos, Masip recomienda reducir al máximo las notificaciones con volumen del propio dispositivo. En su caso, advierte, no tiene activado el sonido de ninguna alerta, solo de las llamadas y la pantalla ni siquiera se enciende si no es él quien la activa.
Por su parte, Gómez y Verdú tiene clara la única regla que hay que seguir para recuperar la convivencia acústica: “El sonido del móvil es siempre personal”. Por eso, aconseja no imponer nuestros sonidos a ningún grupo o espacio. Si algo es muy urgente, explica, se deberían utilizar siempre los cascos y cuando se tenga un audio pendiente, es preferible posponerlo o apartarse para escucharlo, aunque sea en un grupo de amigos muy cercanos. “Reproducirlo en alto, aunque dure unos segundos, altera la dinámica del grupo y transmite una falta de consideración difícil de disimular”.
“Estamos asistiendo a una redefinición del concepto de respeto. Antes se vinculaba principalmente a la presencia física, hoy incluye la gestión de nuestra presencia digital en espacios comunes”, admite. “Quizá el siguiente paso en la etiqueta contemporánea no tenga que ver con qué cubierto usar, sino con algo mucho más básico: entender que el silencio también es una forma de respeto. El verdadero lujo hoy no es el acceso digital constante, sino la capacidad de no invadir. Saber cuándo no imponerse. En una sociedad saturada de estímulos, la discreción se ha convertido en una forma sofisticada de educación”.


























































