300 kilos de tradición

Entre lo místico y lo insoportable: así es la vida de un luchador de sumo

Rakuten TV estrena la serie documental ‘Gigantes: las leyendas del sumo de Hawái’, que repasa la trayectoria de cuatro de las grandes figuras del deporte japonés por excelencia que desde occidente aún miramos con una mezcla de curiosidad y condescendencia

Escena de un torneo de sumo celebrado en París en 1995.
Escena de un torneo de sumo celebrado en París en 1995.Bernard Bisson / Sygma via Getty Images

La imagen es conocida por casi todo el mundo: dos tipos orondos, semidesnudos, en lo que parecen pañales, se empujan a pulso y quizá se dan algún que otro soplamocos hasta tirar al adversario al suelo o sacarlo del círculo de combate. Sin embargo, pocos saben mucho más en Occidente sobre el sumo, que con frecuencia es vista de forma caricaturesca y como motivo de risa o burla, dada la extraordinaria envergadura de los luchadores. Todo lo contrario a lo que sucede en Japón, donde se considera a los combatientes imbuidos de un aura semidivina. De hecho, es parte del mito fundacional del país: según el Kojiki (712 d.C.), el libro japonés más antiguo que se conserva, las islas de Japón fueron conquistadas hace miles de años por los dioses del cielo con una pelea de sumo.

“Cada vez que su abuela ve a un luchador de sumo, le entrega a la niña diciendo: ‘¡Por favor, coja a este bebé!’. Ya ha sido mecida cuatro veces y gracias a eso está creciendo con muy buena salud”, relata una madre nipona en la serie Gigantes: Las leyendas del sumo de Hawái, producción propia de Rakuten TV que la plataforma estrena el 22 de julio en todo el mundo. El documental, que cuenta con tres episodios de media hora de duración, explora el desembarco en Japón de las estrellas hawaianas Konishiki, Musashimaru, Takamiyama y Akebono, cuando todavía ningún extranjero había conseguido alcanzar el rango de gran campeón (yokozuna). Además de volver la vista atrás a su integración en un ecosistema tan local y hermético o a sus trayectorias, la serie se detiene en los claroscuros de este particular deporte.

Inevitablemente, uno de los temas clave es el peso y dieta de los luchadores. En un momento del documental, la esposa de Konishiki habla de cómo el tamaño del deportista interfería en su vida y recuerda, por ejemplo, una cita en un restaurante que acabó con el sumotori [el luchador de sumo] atrapado en el baño y los camareros teniendo que extraer la puerta para posibilitar su salida. Konishiki, que llegó a pesar 287 kilos, narra que como luchador debía consumir entre 6.000 y 8.000 calorías cada vez que se sentaba a la mesa, lo que, en dos comidas diarias, ascendía a entre 12.000 y 16.000 calorías por jornada. “Si no eres una persona con apetito, no te va a quedar otra que desarrollarlo al entrar en el mundo del sumo”, advierte. Una dietista reconoce que, si bien la nutrición de los sumos es “enormemente rica en vitaminas y minerales” por la variedad de carnes, pescados, cereales y vegetales que incluye, su ingesta masiva, obviamente, representa un problema. “Ser forzado a comer puede ser emocionalmente muy estresante”, comenta.

Grande y bien vestido: un luchador de Sumo sale de una boutique de Chanel en París en 1995.
Grande y bien vestido: un luchador de Sumo sale de una boutique de Chanel en París en 1995.Bernard Bisson / Sygma via Getty Images

Se estima que los combatientes de sumo tienen una esperanza de vida de entre 60 y 65 años, 20 por debajo de la media japonesa, que es de las más altas del mundo. Eduardo de Paz, experto español en este deporte y comentarista de Eurosport, explica a ICON: “Hay muchos luchadores que tienen problemas de diabetes, es de lo más común en el sumo. Además, la comida que toman, llamada chanko-nabe [olla colectiva compuesta, según el documental, de 90 kilos de carne y 45 de verduras], una especie de cocido salvaje donde cabe absolutamente todo, la riegan con mucha cantidad de alcohol”. De Paz es autor de uno de los pocos libros en castellano sobre la materia, Sumo, la lucha de los dioses (Shinden Ediciones, 2006). En él, detalla que las condiciones para entrar en el sumo profesional no son realmente exigentes: los requerimientos mínimos de altura y peso son, respectivamente, de 170 centímetros y 75 kilos.

“Son laxos, porque si pidieran gente más grande igual no la encontraban. Es más, si vas a un torneo de categorías inferiores, ves a luchadores muy delgados, chavales como los que te puedes encontrar por la calle. Ya luego las heyas [residencias donde los sumos viven y practican] se encargan de cebarlos para que crezcan y engorden”, cuenta De Paz. En su libro, el autor califica de “feudal” el estilo de vida de los luchadores dentro de estas heyas, al regirse por una estructura absolutamente jerárquica dominada por el dueño, que es el oyakata [o entrenador principal], unos horarios férreos y escasa libertad de movimientos. Aunque los luchadores sí disponen de teléfono móvil propio, recientemente la Asociación Japonesa de Sumo les prohibió tener redes sociales. “No dejan de ser muchachos de veinte o veintipocos años, les gusta compartir cosas y escribir bromas. Como pasa tantas veces, alguna fue un poco subida de tono y se les restringió”, indica el experto a ICON.

Solo los luchadores de las dos categorías principales reciben un salario, mientras que los de menor rango viven prácticamente privados de derechos. A su cargo corren, por ejemplo, las tareas de cocina o de limpieza en las residencias. El trato que reciben también puede ser muy duro: en Gigantes, sin ir más lejos, se ven imágenes del oyakata Takasago agrediendo fuertemente con un bastón a uno de sus deportistas, que no opone reacción. Especialmente sonado fue el caso del menor Takashi Saito, de 17 años, fallecido en 2008 a consecuencia de la brutal paliza recibida por su entrenador (que fue condenado a seis años de cárcel por estos hechos) y tres aprendices, a los que ordenó que le golpeasen como represalia por querer abandonar la heya.

Igualmente, no muchos sumotori consiguen seguir vinculados al deporte cuando acaba su carrera, por las limitaciones que hay para conseguir el título de entrenador o para formar parte de la Asociación de Sumo, con tan solo 105 plazas. “Para muchos es muy dura la vuelta al mundo real, porque no han hecho otra cosa en su vida. A lo mejor se encuentran con 35 o 38 años, sin estudios o con estudios muy básicos porque los abandonaron muy jóvenes para entrar en la heya, y salen al mercado laboral sin saber hacer otra cosa que no sea luchar”, explica Eduardo de Paz a ICON. Algunos acaban dedicándose al mundo del espectáculo. El hawaiano Konishiki, que estuvo cerca de ser el primer yokozuna extranjero pero nunca fue promovido, se desvinculó del sumo e inició una carrera en el rap, con éxitos como Sumo gangsta o Sumo stomp. También ha participado en algunas películas; entre otras, apareció brevemente en A todo gas: Tokyo Race.

Pese a las cuestiones espinosas que atañen a este deporte, el inmovilismo es seña de identidad de la Asociación Japonesa de Sumo. “Siempre que pasa algo, dicen: ‘Lo vamos a estudiar’, o: ‘Vamos a crear una comisión para tratar este tema’. Lo dejan pasar hasta que no se habla de ello y entonces ya no ven necesario crear ninguna comisión”, continúa Eduardo de Paz. La polémica más reciente en la que se ha visto envuelto el sumo fue la orden, por megafonía y a gritos por algunos miembros del público, a dos mujeres para que abandonasen el dohyo [plataforma donde se celebran los combates] después de que subieran a reanimar a un político que se había desvanecido: de acuerdo al sintoísmo, religión que rige esta lucha, la menstruación es impura, de modo que ninguna persona con útero puede pisar terreno sagrado, como se considera a dicho espacio. “En los noventa, en Osaka, había una gobernadora a la que no se permitía subir para entregar el trofeo de la región. En su lugar, tenía que hacerlo el vicegobernador. Entonces se hablaba de cambiarlo, pero todo sigue igual y no dudo de que continuará así por muchos años”, afirma De Paz.

Tampoco está sobre la mesa el debate de reducir las dietas de los luchadores para evitarles problemas de salud, ni se trabaja en expandir la popularidad del deporte fuera de las fronteras niponas. Los esfuerzos por organizar campeonatos internacionales han venido del ámbito amateur, donde sí se puede participar indistintamente del sexo, puesto que los combates no se celebran en lugares bendecidos. Sí se han superado las acusaciones de racismo y xenofobia, intensificadas a principios de los noventa, cuando Konishiki no fue ascendido al rango de yokozuna: una vez que el también hawaino Akebono alcanzó el título en 1993 y se convirtiera en el primer extranjero en lograrlo, las puertas del sumo se abrieron para más combatientes no nacidos en Japón, que actualmente son quienes dominan las categorías principales.

Jay Leno entrevista al luchador profesional de sumo Konishiki Yasokichi en 1998.
Jay Leno entrevista al luchador profesional de sumo Konishiki Yasokichi en 1998.NBC / NBCU Photo Bank/NBCUniversal via

Pese a la pérdida de empuje de los japoneses, el sumo sigue siendo un fenómeno enormemente arraigado en el país. Los precios de una velada no lo hacen tan inaccesible para el común del público como otros deportes, con las localidades más baratas a un coste de entre 20 y 30 euros. El comentarista y experto Eduardo de Paz, que en su libro cuenta cómo de joven quedó prendado por el sumo debido a su “belleza plástica”, además de calificarlo de “arte”, resalta a ICON que su conexión con el sintoísmo lo hace aún más importante para la población. “Verlos echarse todas esas cantidades de arroz me ilumina el día, realmente creo que puedes recibir poderes de ellos”, afirma en el documental Gigantes un anciano japonés, entrevistado cerca de una heya. También en la serie, el periodista David E. Sanger, que fue corresponsal de The New York Times en Tokio, admite que los rituales alrededor de los combates le resultan, en ocasiones, más hermosos de ver que las propias peleas, que suelen durar menos de un minuto.

¿Y cómo son esos rituales? Sobre el dohyo, purificado un día antes, dos luchadores se plantan después de que sus nombres sean cantados. Levantan una pierna y la dejan caer, con fuerza, en el suelo. Después, se enjuagan la boca con agua ofrecida en un cazo por el vencedor del combate anterior, para que les transmita su fuerza. A continuación, cogen un puñado de sal, la arrojan para purificar de nuevo el dohyo y se colocan frente a su rival para hacerle ver, con las palmas abiertas, que no ocultan ningún arma y no pelearán con nada más que sus carnes. Proceden a mirarse fijamente, posan sus puños en el suelo, vuelven por otro puñado de arroz para tirarlo, se miran de nuevo y, finalmente, llega el combate, clímax de un rito nacional que es mitad deporte, mitad ceremonia religiosa, pero que no tiene punto de comparación con lo que aquí entendemos por deportes y, ni mucho menos, ceremonias religiosas.

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