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La vida sin Isabel

Fiel a ese sentido del deber que incluye a la popularidad, entendemos que la monarca británica se esforzó en que la viéramos siempre real e irreal, próxima y lejana, esa era su estrategia para servir a la monarquía. Convertirla en un mecanismo al que terminas acudiendo, como refugio o como entretenimiento

El presidente estadounidense John F. Kennedy visitó, junto a su esposa, Jacqueline Kennedy, el Palacio de Buckingham en 1961, donde le recibieron la reina Isabel II y el príncipe Felipe.
El presidente estadounidense John F. Kennedy visitó, junto a su esposa, Jacqueline Kennedy, el Palacio de Buckingham en 1961, donde le recibieron la reina Isabel II y el príncipe Felipe.PhotoQuest
Boris Izaguirre

El deber es uno de los compromisos más fuertes de la existencia de Isabel II. El martes anterior a su deceso recibió a la nueva primera ministra de su gobierno, Liz Truss, impecablemente vestida con una falda escocesa que encerraba tanto las claves de protocolo como el respeto hacia la cultura local. Isabel murió en servicio, cumpliendo sus funciones. Y siempre con un aire irónico que hacía que su discurso creciera por sí solo, otorgando hoy el beneplácito como primer ministro a otra mujer. Resultó la mejor despedida para sus 70 años de ejercicio.

Es destacable que haya fallecido una semana después de que se cumplieran 25 años de la muerte de Lady Di, la nuera complicada que terminó por obligarla a inclinar la cabeza ante el paso de su féretro. Un gesto de inmensa resonancia televisiva que volvió a demostrarnos la infinita capacidad de la reina para asumir, modificar e inmortalizar su pragmático sentido del deber. Me gusta pensar que Isabel II pudo prometerse a sí misma no solo sobrevivir a Diana estos 25 años, mientras inclinaba su cabeza, sino también acompañarnos como reina para superar la herida profunda que provocó aquella tragedia. Era su sentido de lo que significa reinar: permanecer, la reina siempre está allí, sea quien sea el presidente de Estados Unidos o de su propio gobierno. Bretxit o Europa. Se prolongue la guerra de Ucrania o no. Todo cambia, todo se altera, Isabel sigue. O seguía, como empezamos a sentir desde este jueves 8 de septiembre.

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Fiel a ese sentido del deber que incluye a la popularidad, entendemos que Isabel II se esforzó en que la viéramos siempre real e irreal, próxima y lejana, esa era su estrategia para servir a la monarquía. Convertirla en un mecanismo al que terminas acudiendo, como refugio o como entretenimiento.

Carlos de Inglaterra por fin es Carlos III y nos tranquiliza lo bien que le sienta el nombre. Como si siempre hubiera sido ese. Y mira que, tanto él como nosotros, hemos esperado. Uno de los mejores memes de la semana lo refleja como ejemplo cómico de “cuando empiezas a trabajar a los 75 años”. Y pudiendo parecer burlón, lo asumimos como nueva realidad. El mismo hombre irascible, que escribía cartas compulsivamente porque se aburría esperando su reinado, es ahora un adalid de cosas que nos afectan como el cambio climático. Ha cambiado su sino trágico, ahora parece, no sabemos si idóneo pero, al menos, conveniente. Como esas levitas a medida que ha paseado por las bodas y comuniones de su adinerada familia. Esa impresión de Carlos como un rey leve y ofuscado, por su monstruosa actitud con Diana y que durante años lo dibujó como persona y heredero, de un plumazo, este sábado, pasará a convertirse en una cicatriz bien disimulada en su retrato. Precisamente por haberse equivocado tantas veces, sentimos que, como rey, ahora se exigirá más. Y, al mismo tiempo, podrá coronar a Camila, esa mujer-símbolo que representa su verdadero sentir. Siempre estuvo enamorado de ella porque refleja lo que fue su padre: una sólida compañía para su madre. En Netflix deben estar de los nervios cambiando líneas argumentales en The Crown, suavizando el innato talento para la manipulación de la ya reina consorte. Aunque, a fin de cuentas, todas las reinas manipulan.

Lo más sensato sería atravesar nuestro duelo por la reina como si estuviéramos dentro de un episodio de The Crown y también en el interior de una telenovela turca fina, ambas formas de ficcionar caben en esta familia e Isabel II supo acoplarlas con pragmatismo e ironía a su sentido de la narración, también era su deber. Y son parte real de nuestras anodinas vidas reales. El jueves asistíamos a su final, contemplando el hierro silencioso de la hermosa reja del castillo de Balmoral, e hicimos el recuento personal de todas las veces que hemos visto esa puerta y oído ese nombre, Balmoral. Cuando salió el comunicado anunciando la muerte en paz de la reina nos maravilló la escueta precisión de sus cuatro líneas y la cantidad de información que ofrecía. Las palabras que anuncian esa ave fénix que es la monarquía británica. Pasado, presente y futuro conjurados en cuatro líneas.

Me educaron en la creencia abstracta y social del más allá. Siempre he pensado que los que mueren se reencuentran con seres queridos y personas importantes. Como en un cóctel, eternamente vestida de amarillo, Isabel II tiene dos siglos de vips y momentazos, su nueva corte en la otra dimensión. Marilyn y la duquesa de Alba, que, como ella, nacieron en 1926. Reagan, Kennedy, Thatcher, Gorbachov y Mitterrand, todos conocidos. El propio Churchill, con quien creció; la duquesa de Windsor, tan detestada por su madre. Mandela, Gandhi y Grace Kelly. Reencontrarse con Mary Quant y John Lennon. Y con Diana. Y su hermana Margarita, tan familia como opuesta a ella, mundana Margarita. Isabel, líder espiritual y sierva del deber. Reconforta imaginar esa reunión y creer que es una prolongación celestial de su reinado. La vida sin Isabel II.

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