Moda

Diana Vreeland, las memorias de una editora de moda de lengua afilada

Se publica en España ‘D. V.’, un compendio de anécdotas y nombres famosos reunidos en la autobiografía de quien fue directora de ‘Vogue’

Diana Vreeland, en su apartamento de Manhattan, Nueva York, en otoño de 1975. En vídeo, trailer del documental ´The Eye Has To Travel´, dedicado a Vreeland. FOTO: RICHARD CHAMPION / CONDE NAST VIA GETTY IMAGES / VÍDEO: LISA IMMORTINO

Clark Gable no era guapo. Coco Chanel, una campesina, tenía obsesión con las mangas. Beber demasiado champán hace que salga papada. Esas afirmaciones nacen de la afilada lengua de Diana Vreeland, editora de moda, consultora del Museo Metropolitano de Nueva York y una de las figuras más fascinantes del siglo XX. Frases en las que se transparenta la personalidad de Vreeland, mujer de mundo y siempre poseedora de la verdad absoluta, con la ironía, la crítica, la frivolidad y una pizca de barroquismo en sus palabras. Si alguien puede permitirse jugar con sus recuerdos, además muchos y buenos, es quien llegó a ser la reina de la moda a mediados de siglo en Occidente.

Vreeland, burguesa acomodada, viajera desmedida, escritora en Harper’s Bazaar, directora en Vogue, creadora de las revistas de moda tal y como hoy se las conoce y responsable del Instituto de Moda del gran museo neoyorquino, nació en París en 1903 para morir en Nueva York en 1989, donde desarrolló la mayor parte de su carrera. Cinco años antes había publicado sus memorias, D. V., un fascinante compendió de anécdotas, curiosidades y opiniones (tenía para todo: de los aguacates a los pies, de las armaduras a los burdeles) que está lejos de una biografía al uso y refleja al personaje mucho más que si lo fuera. Hoy, esa obra de 250 páginas llega por primera vez a las librerías españolas con el mismo título de la mano de la editorial Superflua, especializada en moda y que en su catálogo tiene textos sobre Alexander McQueen, Yves Saint Laurent o Azzedine Alaïa.

Ha pasado mucho más de un siglo desde que Vreeland nació aquel 1903. La biografía lo evidencia: aquel brillo ya no existe. Como ella misma dice al final de su vida, entonces “el mundo era mucho más grande y mucho más pequeño. No me pidan que lo explique”. Burguesa, pero no rica, Vreeland vio la luz en París, se educó en Londres, vivió en Nueva York para volver a la capital británica y finalmente se asentó en Estados Unidos. Junto a su marido, la familia viajó por todo el mundo, de la costa francesa al norte de África o su amado Japón. Criada por ayas lejos de escuelas, se sintió fascinada por la moda desde niña; de hecho, buena parte de sus recuerdos van asociados a lo que llevaba puesto en ese momento: unas bailarinas de satén blanco o un vestido con plumas de Chanel, de quien fue buena amiga y que en su primera época le proporcionó grandes descuentos. Su columna Why don’t you?, pionera en la opinión de moda, le abrió las puertas de todos los demás.

El de la costurera parisina no es el único nombre que se cuela en sus 32 afilados capítulos. Charles de Gaulle (por el que sentía pasión: no dudó en faltar a un desfile de Coco Chanel en París con la excusa de un diente roto para acudir a una rueda de prensa del presidente); Jack Nicholson, al que ayudó a curar sus horribles dolores de espaldas tras una cena con Oscar de la Renta; Twiggy y Cher, de quienes fue prácticamente descubridora en los años sesenta; Rita Hayworth y el Aga Khan, cuyo enamoramiento presenció en directo; William Randolph Hearst y su familia, a cuya villa llamada San Simeón —en la que se basó el imponente Xanadu de Ciudadano Kane— acudió y pudo ver su grandiosidad o las cebras que pastaban por sus campos; la bailarina Josephine Baker, a quien conocía de fiestas y se encontró en un cine de París portando un leopardo; Jackie Kennedy, a quien dio consejos de estilo para la toma de posesión de su marido; la escritora Isak Dinesen... además de todos los modistos del momento: de Paul Poiret a Elsa Schiaparelli y Molyneux, pasando, por supuesto, por su adorado Cristóbal Balenciaga (“el mayor modista que ha existido”), al que dedicó su primera exposición en el Met.

Especial atención requieren los duques de Windsor, sobre todo Wallis Simpson, una de sus mejores amigas. El libro es todo un “yo estuve allí”. Vreeland parece tener el don de la oportunidad: uno de sus íntimos amigos era asistente de Eduardo VIII, y supo cada detalle de su abdicación de primera mano. También estuvo en la coronación de su padre, Jorge V, entre elefantes y maharajás, y ella misma fue presentada en la corte. Dormía en Munich la noche de los cristales rotos, en ese mismo hotel. Vivió la ley seca. Conoció a Buffalo Bill. Se cruzó con Alfonso XIII en un hotel de Marsella justo tras su abdicación. Warhol la fotografió (de hecho, una instantánea suya ilustra las memorias). No se perdió nada.

Diana Vreeland, en su oficina de Nueva York, alrededor de 1980.
Diana Vreeland, en su oficina de Nueva York, alrededor de 1980.Images Press / Getty Images

Las memorias destilan un toque de humor, pero también reflejan los quejidos de la niña que siempre se sintió fea, algo inculcado por su propia madre, o de la mujer que se vio denostada por las revistas que entronizó. En Harper’s Bazaar no fue nombrada directora tras la salida de Carmel Snow; en Vogue, la echaron a primeros de los setenta por cara (desorbitadas eran las cuentas de sus viajes y producciones de moda) sin un triste “gracias”. La idea de la soledad se repite en la obra: criada sola, con sus hijos con niñeras y su marido viajando, se educó a sí misma leyendo hasta 7.000 libros en su juventud.

Dos frases, extraídas de su propio libro, definen como pocas otras a Diana Vreeland. “Nací perezosa”, dice de sí misma una mujer que no salía de su cuarto de baño hasta el almuerzo, “nunca tuve ni una idea”. No es verdad, en una mujer que trabajaba horas de forma incansable. Ella, que odiaba las mentiras (“para mí esa gente está muerta”, decía de los falsos), amaba la exageración. El artificio, las uñas rojas, el buen y el mal gusto, pero siempre alguno. “Una buena historia, algunos detalles... están en la imaginación. A eso yo no lo llamo mentir”.

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