Desmontando el estigma de las relaciones no monógamas: ni capricho ni vicio

Uno de cada cinco adultos practica el poliamor de forma consentida en algún momento de su vida. Y, sin embargo, es un modelo relacional desconocido: “Hay una presunción de monogamia y tienes que estar constantemente dando explicaciones”

Sandra Bravo, fotografiada en la plaza del Diamant de Barcelona, el lunes.
Sandra Bravo, fotografiada en la plaza del Diamant de Barcelona, el lunes.Carles Ribas

Cuando tenía ocho años, Sandra Bravo escribió en su diario una carta dirigida a la virgen María. En ella le pedía que le guardase a un niño del colegio para ser su futuro marido y padre de sus hijos, comprometiéndose a cambio a ser casta y pura hasta el matrimonio. No cumplió aquella promesa y, con el tiempo, incluso la olvidó. Treinta años más tarde, encontró aquel diario de infancia y le sorprendió lo que allí había escrito. “¿Cómo puede ser que yo, con ocho años, que no tenía ni idea de lo que era el amor, ni de lo que era la sexualidad, ni siquiera tenía claro qué era exactamente eso de la virginidad, estuviese pidiéndole todo ese pack a la virgen María?”, se pregunta ahora. Analizándolo, se dio cuenta de que esto no era fruto de la casualidad: “Este relato del amor romántico y heterosexual está por todas partes y hace que lo interioricemos desde niños a través de la cultura, como en las películas de Disney o los cuentos infantiles, de las preguntas de si nos gusta algún niño del cole o si tenemos ya novio, de la televisión y de los modelos de pareja que tenemos alrededor. Todo ello parece encaminarnos desde pequeños hacia el que debería ser nuestro destino vital, especialmente si somos mujeres: el de casarnos y tener hijos”.

Aquella plegaria sirvió a Bravo, periodista de profesión y divulgadora a través de su cuenta de Instagram Hablemos de Poliamor, como arranque para su libro Todo eso que no sé cómo explicarle a mi madre: (Poli)amor, sexo y feminismo (Plan B, 2021). En él relata su experiencia como mujer bisexual que mantiene relaciones poliamorosas. Aunque Bravo haya intentado explicárselo a su madre, el estigma que a día de hoy pesa sobre las relaciones no monógamas (ya sean estas parejas abiertas o personas poliamorosas que tienen relaciones simultáneas) provoca que esta siga sin comprenderlo: “Hay una idea de que es una especie de experimento de juventud, algo pasajero, y que cuando alcancemos cierta edad nos daremos cuenta de que es un modelo que no funciona y entonces será tarde. Es para preguntarse, ¿cuántos matrimonios de cierta edad, incluso con hijos, se sienten completamente solos pese a vivir bajo el mismo techo?”. En su pequeño pueblo de Alicante, del que se fue con 17 años, sus vecinas están escandalizadas desde que publicó el libro. Su progenitora sigue sufriendo por sus decisiones, como si la vida que ha escogido su hija supusiese una especie de fracaso como madre: “Parece que confiamos más en las estructuras que en las personas. En el imaginario colectivo, monogamia equivale a seguridad, compromiso y éxito, mientras que no monogamia equivale a perversión, fracaso o frivolidad”.

El interés académico y popular en la no monogamia está aumentando, pero aún se sabe poco sobre la prevalencia de este modelo relacional. Una reciente encuesta realizada por la agencia de datos de 40dB. para EL PAÍS confirmó que España es un país monógamo. El 94,6% de las parejas encuestadas lo son, el 4,8% se encuentra en una relación abierta con contactos sexuales puntuales y tan solo el 0,5% dice encontrarse en una relación poliamorosa con tres o más personas involucradas. Esta encuesta ofrece una foto fija, pero las cosas cambian cuando ampliamos el foco y miramos por el retrovisor. Un reciente estudio del Journal of Sex and Marital Therapy reveló que uno de cada cinco adultos ha practicado la no monogamia consentida en algún momento de su vida. Los datos demuestran que, aunque cada vez se hable más de relaciones abiertas y poliamor, todavía seguimos prefiriendo la tradición.

De pequeña Sandra Bravo quería una relación monógama y tradicional. Pero al llegar a la edad adulta se preguntó si eso era lo que de verdad quería o lo que la sociedad esperaba de ella.
De pequeña Sandra Bravo quería una relación monógama y tradicional. Pero al llegar a la edad adulta se preguntó si eso era lo que de verdad quería o lo que la sociedad esperaba de ella.Carles Ribas

“La infidelidad está socialmente más aceptada que cualquier práctica, acuerdo o fórmula donde no haya exclusividad, ya sea afectiva o sexual, porque la infidelidad puede verse como una travesura privada que no supone una amenaza hacia el sistema”, explica Juan Carlos Pérez Cortés, profesor titular de la Universitat Politècnica de València, activista y autor de Anarquía relacional. La revolución desde los afectos (La oveja roja, 2020). “Sin embargo, una relación no monógama hace tambalear las bases de falsa seguridad que tenemos cuando estamos en pareja. La infidelidad no deja de ser una forma de no monogamia, solo que no está consensuada. Pero lo que se juega aquí no es poner en tela de juicio las prácticas monógamas o no monógamas, sino el propio sistema monógamo”.

La infidelidad está socialmente más aceptada que cualquier práctica, acuerdo o fórmula donde no haya exclusividad

El sistema monógamo, según escritoras como Brigitte Vasallo, autora de Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (La oveja roja, 2018), es un sistema jerarquizado donde, por encima de todo, se encuentra la pareja con finalidad reproductiva, seguida de las relaciones familiares consanguíneas y, en un plano inferior, las amistades. Este sistema transmite el mensaje de que somos personas incompletas, medias naranjas que necesitan encontrar su otra mitad. La anarquía relacional, en cambio, propone cambiar la manera en la que nos relacionamos mediante vínculos más diversos. Esta teoría pone en tela de juicio no solo la cantidad de parejas que podemos tener, sino el valor de las mismas. Se descartan aquí los rasgos estereotipados de sexo, convivencia o reproducción, y, con ello, una amistad puede tener el mismo valor que una pareja.

“Mis tres compañeros vienen a la boda de mi hermano”

Cuando Davinia Velázquez recibió la invitación al matrimonio de su hermano se quedó un poco fría. Este le daba la opción de traer un más uno, pero es que ella quería un más tres. “Me hace ilusión ir con mis tres vínculos”, explica esta administrativa de Barcelona de 38 años. Así que cogió el teléfono, le explicó a su hermano cómo se sentía y, después de unos ajustes en las mesas, podrán ir los cuatro. “La verdad que le agradezco mucho el gesto y el esfuerzo”, explica en conversación telefónica. Se refiere con ello al desembolso económico, no tanto al escarnio que supone presentarse en sociedad como una persona poliamorosa. Eso ella ya lo tiene superado. “Mi familia lo sabe”, sentencia. “Y si alguien no lo acepta es su problema”.

Velázquez habla abiertamente de sus compañeros, su foto de perfil en WhatsApp es con ellos, su perfil en LinkedIn tiene un enlace a su podcast, Historias de poliamor. Está “fuera del armario”. Muchos usan esta expresión para denominar el proceso de reconocerse socialmente como poliamoroso. “Hay una presunción de monogamia y tienes que estar constantemente dando explicaciones”, lamenta Velázquez. Ella entiende su asistencia a la boda de su hermano casi “como una forma de reivindicación”. No es la única que lo ve así. A lo largo de la historia siempre ha habido relaciones que se han salido del canon, pero normalmente se desarrollaban en las sombras. En los últimos años esto está cambiando, una nueva generación está reclamando su derecho a amar de otra forma, a crear vínculos que desafían la norma y a hacerlo sin esconderse. No lo reivindican acudiendo a manifestaciones o exigiendo cambios legales. A veces el activismo es tan simple, y tan rompedor, como asistir a una boda con tus tres parejas.

Davinia Velázquez, administrativa y coautora del podcast 'Historias de poliamor'.
Davinia Velázquez, administrativa y coautora del podcast 'Historias de poliamor'.

Todos los entrevistados coinciden en señalar que muchas veces lo más difícil de gestionar en una relación no monógama no son las dinámicas internas, sino su relación con un entorno tradicional. “Hay una visión muy reduccionista de una realidad que es muy amplia”, apunta Sandra Bravo sobre uno de los estigmas principales a los que se enfrentan las personas en relaciones abiertas o poliamorosas: el de la sordidez o el vicio. “La mayoría de nosotros vivimos nuestra realidad desde un cuestionamiento sobre cómo está organizada la sociedad y cómo de jerarquizadas están las relaciones afectivas. Sin embargo, a menudo se tiende a relacionar el poliamor o las relaciones abiertas únicamente con el plano sexual, dando la sensación de que estamos constantemente en orgías”.

Se tiende a relacionar el poliamor con el plano sexual, dando la sensación de que estamos constantemente en orgías

Nada más lejos de la realidad: Bravo afirma vivir atravesada por las mismas miserias que las parejas en relaciones monógamas y convencionales. “Tengo un trabajo, tengo que pagar facturas, ya me gustaría a mí vivir como mucha gente imagina que vivo, de orgía en orgía, pero no tengo tiempo para eso”. Explica que hay muchísimos motivos por los que una pareja puede decidir abrir una relación, uno de ellos es que una de las personas sienta menor deseo sexual que la otra y no quiera tener la exigencia de mantener relaciones sexuales con el fin único de conservar dicha relación: “Hay gente que se abre a este modelo para follar menos y no para follar más”.

Mario es uno de los invitados a la boda de Velázquez. Él prefiere no dar su apellido, pues no está “fuera del armario” del poliamor, aunque ha empezado a asomar tímidamente la patita. “Se lo dije la semana pasada a mi hermano y se quedó en shock”, recuerda. “Y sé que esto, para mis padres, sería una decepción”. Él no está acostumbrado a decepcionar a nadie. “Yo era un ejemplo de niño modelo, siempre he tenido relaciones largas, hacía las cosas como se supone que debería hacerlas, seguía el caminito que otros habían trazado para mí”, explica. Mario se casó. El suyo era un matrimonio felizmente convencional: monógamo, heterosexual, modélico. Estuvieron nueve años así. Hasta que una noche de copas con una pareja de amigos acabaron todos en la cama. “No fue una cosa buscada, al menos no al principio”, recuerda. Aquello duró poco, pero les trastocó la vida para siempre. “Pasó igual tres noches y lo frenamos, porque a la otra pareja le estaba costando problemas. Pero nosotros nos planteamos, al no sentir celos, que igual este modelo relacional podría funcionar”. Así que empezaron a estudiar.

Está muy bien que te hagas estas preguntas, si estás así porque quieres o porque es lo que te han vendido

Todo el mundo sabe cómo funciona una pareja monógama convencional. Las reglas están escritas en guiones de películas infantiles, en libros de derecho civil, en las historias que nos contamos y las que leemos. La sociedad está montada alrededor de un modelo relacional canónico que todos conocemos desde niños. Pero cuando uno se adentra en otros modelos “tiene que inventarse sus propias reglas”, explica Mario. Hay que leer teoría, ensayos sobre promiscuidad ética, anarquía relacional, amor libre... Ellos se dieron unos meses para reflexionar, estudiar y pensar qué querían. “Nos dijimos: ‘Vamos a informarnos’. Yo me preparé un documento, lo llamé ‘la turra de las no monogamias’ y en él reflexionaba sobre qué tipo de relación quería”. Su mujer hizo lo mismo, y después confrontaron sus ideas. “Queríamos saber que estábamos en la misma página”, explica. Lo estaban, y eso suponía pasarla y empezar un nuevo capítulo como pareja poliamorosa.

Para él, este proceso de aprendizaje es algo que todo el mundo debería hacer. “Es una forma de deconstruir y cuestionarte el amor romántico que nos han vendido”, señala. “Está muy bien que te hagas estas preguntas, si estás así porque quieres o porque es lo que te han vendido”. Él llegó a la segunda conclusión y decidió cambiar su vida. Mario tiene ahora tres parejas más. Prometió hace 11 años ser fiel a su mujer. Amarla, cuidarla y respetarla. En lo bueno y en lo malo. Cree que ha mantenido esa promesa y que en este momento se encuentran en “lo bueno”. Son felices. “La fidelidad supone mantenerte fiel a unos principios compartidos”, defiende. “Y nosotros lo hemos hecho”. Mario, Sandra y Davinia se deconstruyeron, revisaron sus creencias y llegaron a la conclusión de que serían más felices replanteando su modelo de pareja. El suyo ha sido un camino muy personal, pero ejemplifica un cambio colectivo y social. Sus historias les trascienden y hablan del auge de nuevos modelos de convivencia que desafían la norma.

“Cuando una relación monógama y estándar falla, lo normal es buscar otra. Y luego quizás otra. Esto es lo que llamamos monogamia en serie”, explica el profesor Juan Carlos Pérez Cortés. “Y la reacción después de varias relaciones fallidas suele ser la culpa: el pensar que hay algo malo en nosotros, el verlo como una especie de tragedia personal. Y, sin embargo, nadie cuestiona que puede que sea el modelo lo que esté fallando. Este es el privilegio de lo hegemónico: que está naturalizado hasta tal punto de que nunca se pone en duda, porque no se percibe que existe”. El autor hace referencia al discurso que el escritor David Foster Wallace dio durante la ceremonia de graduación de la Universidad de Keyton del año 2005 y que, más tarde, se transformó en ensayo: dos peces jóvenes van nadando por el mar, un pez más viejo se cruza con ellos y les dice: “Qué buena está el agua hoy” y los dos peces jóvenes se miran y se preguntan: “¿Qué demonios es el agua?”.

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