¿Nos hemos olvidado de construir ciudades?
Los nuevos barrios periféricos, PAU y urbanizaciones, son con frecuencia lugares agrestes que fomentan el individualismo, en contraste con la mezcla de usos y roce social que se da en los barrios tradicionales


Conocí a un urbanista que me dijo: “Nos hemos olvidado de construir ciudades”. Se refería a la odiosa comparación entre los centros urbanos, o incluso los cinturones obreros (una ciudad densa, con mezcla de usos y de gentes, con bares, con tiendas, con cierto ajetreo), y los nuevos desarrollos periféricos.
En el borde de las ciudades hemos construido esos páramos de grandes bloques, de calles anchas, sin bajos comerciales, en los que hay un sitio para dormir, otro para comprar y otro para trabajar. El coche para casi todo: su motor es lo único que rompe el silencio sepulcral. Son como almacenes de gente. Los PAU, las grandes urbanizaciones, todo a una escala mastodóntica y un ambiente solitario que tiene poco que ver con eso que llamamos vida humana. Elon, atiende: los futuros colonos de Marte deberían entrenarse ahí.
Cuando he paseado por los PAU he estado al borde de la muerte: a veces por el sol, a veces por el viento, a veces perseguido por un perro entre los descampados. Parecía recorrer aquellos páramos desiertos del Romanticismo y mi vida tan trágica como se le presupone a esos escenarios. ¿Pero cómo va a ser acogedor un lugar que responde al nombre de Programa de Actuación Urbanística? Como con un primo mío, la cosa empezó mal desde el bautizo. Aunque no todo el mundo piensa igual: “¡Vivir en plena Gran Vía no es vida!“, me dice un compañero.
Unos amigos se fueron a un barrio de estos en Getafe. Yo los llamaba pioneros del extrarradio: su enorme bloque, recién levantado, parecía un naufragio rodeado de parcelas sin construir, de calles trazadas sin casas en medio —como cuando juegas al videojuego SimCity—, sin servicios públicos, con un bar donde se juntaban los relucientes vecinos, la mayoría familias jóvenes con bebés, que se miraban entre ellos, encogían los hombros y pensaban: “Qué demonios hacemos aquí”. Luego se pedían otra Mahou, que venía con una tapita, eso sí, de una notable paella. Mis amigos se retiraron a los pocos años y la nueva frontera quedó sin colonizar.
¿Era aquello ciudad? A duras penas. A Le Corbusier se le echa tradicionalmente la culpa de teorizar una ciudad con usos segregados (cada cosa en su sitio, por aquí el Mercadona, por allí el gimnasio), con espacios casi inabarcables para la mente humana y edificios distantes y catedralicios. Una gran urbe que hacía a la gente pequeñita. Su utopía racionalista se llamaba la Ciudad Radiante: todo muy racionalista, sí, pero también muy desolador. Como si los humanos nos diéramos asco (la verdad es que damos bastante, pero hay que echarle voluntad). Los PAU siguen una lógica parecida.
Jane Jacobs, heroica activista neoyorquina, pensaba diferente: la ciudad tiene que ser densa, la gente mezclada, junta, compartiendo vida y bacterias. Así era el Greenwich Village que habitó. Es más ecológico, las calles son más seguras, la cohesión social es mayor. ¡Es más divertido! Todo parecen ventajas en la ciudad densa, aunque muchas noches tengo que soportar a los cafres que cantan borrachos en la terraza de abajo.

Eso de la cohesión social es importante. Hace unos años, Enrique Ossorio, a la sazón consejero de la Comunidad (ahora presidente de la Asamblea de Madrid), comparecía para hablar de pobreza y miraba hacia los lados muy teatralmente, como John Travolta en Pulp Fiction. Decía algo así como: “¿Dónde están esos pobres de los que Cáritas habla? ¡Yo no los veo!”. No los veía, probablemente, porque vivían muy lejos. Y la gente no vota políticas sociales si solo ve a las clases populares sirviendo en el Burger King: son el Otro, sirvientes uniformados con un whopper en la mano, no ciudadanos.
Al hilo de esto escribió Jorge Dioni en La España de las piscinas (Arpa): en los PAU y urbanizaciones la gente se encastilla en pequeñas sociedades de iguales que viven de puertas para adentro y correteando alrededor de la piscina comunitaria. Es un urbanismo que favorece el individualismo y unas sociedades menos cohesionadas y solidarias. A veces la cosa acaba fatal, como en la novela Rascacielos, de J.G. Ballard. Hay quien explica parte del éxito del sujeto neoliberal en Madrid por esta forma de urbanizar. Las casas también hacen votos.
Todo esto a cuenta de que el alcalde Almeida, en vista de que en Madrid no cabemos (y que los especuladores están desatados acaparando los sitios dónde vivir), ha decidido obrar una medida tradicionalmente defendida por la izquierda: densificar la ciudad. Esto es más social, más ecológico, más urbano y ayudará a aliviar la crisis que la especulación salvaje está generando. En los desarrollos en construcción, al sudeste de la capital, quiere meter 70 viviendas por hectárea, y no solo 35 como estaba proyectado.
En principio, la idea parece buena, aunque la izquierda le pone peros: que la cosa se haga bien, que haya los servicios necesarios —que no suele haber, por ejemplo, escuelas— y, sobre todo, transporte público. Que no sea esto otro pelotazo inmobiliario o un mero hacinamiento de los sufridos ciudadanos alejados de la civilización, presos de su urbanización. ¿Habrá bloques cebra?
A ver si hacen ciudad o hacen esa otra cosa rara.


























































