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Madrid, una ciudad de miles de toneladas de granito

La capital se ha convertido en un paisaje mineral continuo: plazas duras, aceras extensas, rotondas pétreas, enormes superficies impermeables

Dos operarios instalan adoquines en la Puerta del Sol (Madrid), el 9 de agosto de 2023.Álvaro García

Cambiando el arranque de Hijos de la ira, del poeta Dámaso Alonso, Madrid es una ciudad de miles de toneladas de granito. No existen, desde luego, últimas estadísticas. Basta la contemplación diaria. Plazas, aceras, muros, edificios, rotondas, bancos, bordillos. Casi todos los elementos que construyen el “lego” de una urbe. En los tiempos de Felipe II y Felipe IV la lógica residía en que era la piedra que se extraía de las cercanas canteras de la Sierra del Guadarrama, y El Monasterio de El Escorial fue el modelo arquitectónico de un imperio.

Pero no es solo una cuestión material o estética, sino profundamente cultural. El granito, más allá de su origen en el Guadarrama, ha sido durante la historia el soporte de una idea de ciudad sólida, institucional y permanente. Desde el franquismo —donde transmitía durabilidad y poder— hasta la democracia, en la cual se ha reinterpretado como material “noble” y supuestamente atemporal, su uso ha persistido casi sin cuestionamiento.

Sin embargo, ese paradigma, matiza Andrea Buchner —directora de los talleres del estudio de arquitectura RCR (Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta), los únicos, junto con Rafael Moneo, ganadores del premio Pritker, el galardón más importante al que pueda optar una oficina de esta profesión— empieza a mostrar sus límites. Madrid se ha convertido en un paisaje mineral continuo: plazas duras, aceras extensas, rotondas pétreas, enormes superficies impermeables. Es en cierto modo —añade la experta, desde Olot, Girona— una urbe extendida más como objeto que como ecosistema.

Desde el caminar climático y ambiental —relata Buchner— esta hegemonía del granito resulta problemática. Su composición (cuarzo, mica y feldespato) y su inercia térmica contribuyen a intensificar la isla de calor: acumula energía durante el día y la libera lentamente, elevando las temperaturas nocturnas. Esto se agrava cuánta más mica (es negra) tenga la piedra. O sea, los denominados granitos “micaecitos” en jerga geológica. A esto se suma la escasa capacidad de absorción de agua y la ausencia de vida asociada: ni biodiversidad ni regulación natural del microclima.

“Hay algo de moda con el granito, al igual que la madera, de aplicación generalizada, que no acaba de gustarme”, reflexiona Sigfrido Herráez, decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM). “Existe una influencia histórica que procede de la arquitectura de la dictadura franquista similar a lo que ocurrió en la Italia de Mussolini”. Esa idea de lo masivo, lo duro, lo compacto; lo que se creía tan sólido. Era utilizar la arquitectura del granito como propaganda. El Ministerio del Aire (Cuartel General del Ejército del Aire, situado en el barrio de la Moncloa) y la plaza de la Moncloa, diseñadas por el excelente arquitecto, Luis Gutiérrez Soto (1905-1977), mantienen un incontestable eco historicista “Herreriano”, pese al tránsito de los siglos.

Qué difícil liberarse, al menos, algo, de miles de toneladas de piedra e historia. “Esta narrativa ha seguido perdurando y arquitectos actuales continúan sosteniendo a esta piedra porque es más barata [otros la valoran al contrario] que nuevos materiales cerámicos, que resultan más sostenibles”, apunta Sigfrido Herráez.

Hay quien la defiende. El proyectista navarro Patxi Mangado, autor en 2005 de la remodelación de la plaza de Salvador Dalí (vecina al Movistar Arena), utilizó granito de Gredos en la mayoría de la obra, que no ha terminado de calar entre los vecinos por esa dureza y ese calor. “Esta piedra es un buen material y yo siempre defiendo lo que denomino materiales atemporales”, explica Mangado. El problema —a su juicio— es el grosor y de qué forma se usa. “Si las fachadas ventiladas de esta roca son de dos o tres centímetros entonces tengo todo lo peor de este material”, asume. Deben superar los cinco centímetros como mínimo. “Y tiene mejor respuesta que estas nuevas resinas —supuestamente sostenibles— que carecen de alma y capacidad de transformación arquitectónica”, zanja Mangado.

Lo hemos visto: hay diferentes tipos de granito aunque en Madrid a ojos de un visitante o los ciudadanos se dirían que son casi el mismo. Nadie les puede exigir ser expertos en geología. “Frente al Sol, hay granitos claros y granitos oscuros, cada uno puede reflejar más o menos la luz solar en función de su composición mineralógica”, narra Manuel Regueiro, geólogo y consejero técnico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). También juega lo simbólico. “Esta denostado, sin razón, porque remite a las tumbas”, explica Paco Gutiérrez, director de Residencial de Estudio Lamela.

Quizá no tanto, si uno piensa en el Valle de Cuelgamuros y los presos republicanos excavando roca y vida. “Sin duda, esta piedra está asociada a los Gobiernos totalitarios”, comenta Enrique Álvarez, investigador del Departamento de Recursos Minerales del Instituto Geológico y Minero de España (CN IGME-CSIC). Tampoco existen tantas alternativas. “Las calizas de Madrid son malas”. Solo hay que fijarse en los cuatro niños suspendidos que representan las virtudes cardinales: Fortaleza, Templanza, Justicia y Prudencia de la Puerta de Alcalá. Esas piedras, que tanto sufren con la climatología, cualquiera que sea, proceden seguramente de localidades capitalinas como Torrelaguna o Redueña.

En el aire de Madrid, flota la pregunta: ¿qué ciudad estamos construyendo? Porque no crear un paisaje —describen en RCR— donde lo mineral, lo vegetal, lo hídrico y lo atmosférico se entrelacen. La capital podría empezar a transitar desde esa condición de “granitizada” hacia una ciudad más porosa, más híbrida, más viva: incorporar suelos permeables, vegetación integrada y materiales que envejezcan con el tiempo y dialoguen con los ciclos naturales. No se trata de eliminar el granito —forma parte de la identidad geológica y cultural de la urbe, el arquitecto Emilio Tuñón lo ha empleado en la Galería de las Colecciones Reales— sino de quitarle la jerarquía, devolverle su condición de un material más. Y cuestionarse: ¿puede Madrid dejar de ser un paisaje de piedra para convertirse en un paisaje habitable?

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