Una ciudad hecha entera para humillarte
Sobre la colección de arte de Idealista y los gestos absurdos en las urbes absurdas


Y entonces tú decías que querías escribir en un sitio y yo te decía que yo tenía un sitio. Este sitio, mira, lo hacemos aquí. Y luego yo veía El taxista ful, la película de Jo Sol (qué buen nombre, “Jo Sol”), que habla de un hombre que toma prestados (roba) los taxis de los taxistas que no trabajan por la noche para trabajar él y sacarse un dinero para vivir. Y después aparecían Santiago López Petit y Marina Garcés y su colectivo Dinero Gratis (qué buen nombre, “Dinero Gratis”) intentando convencer a Jose, el protagonista, con filigranas teóricas, sobre lo revolucionario que es robar para trabajar: “Frente a lo absurda que es la sociedad, tú le pones un gesto absurdo”. Y Jose contestaba: “no lo entiendo”. Y justo venía Carlos (al que tú conoces porque es el que nos unió) y me decía que el jueves 12 de febrero proyectarán El taxista ful en el Cine Doré con posterior coloquio con Jo Sol. Y entonces tú eras Jose y yo tenía un taxi y te decía: “irenegarry, irenegarry, irenegarry" (tres veces para que te aparecieras como en un espejo, para que la gente se quedase con tu nombre) y tú escribías:
“Estoy en Medias Jaime, en Santo Domingo. La señora de la tienda mete las medias que le compro en una bolsa diminuta en la que solo cabe una unidad de medias. Compro dos pares, así que tiene que darme dos bolsas. Apenas me cabe la mano en el asa, la bolsa actúa casi como sobre. Se equivocó con el pedido y ahora tiene cientos de bolsas burdeos de este tamaño tan inconveniente para el que es, claramente, el producto por excelencia de su establecimiento. Hay casi que encajarlas dentro. Las bolsas serían perfectas para unos pendientes, o un par de bolígrafos, o un pintalabios y un colorete. Pero no es Maquillaje Jaime, ni Joyas Jaime, ni Papelería Jaime. Es Medias Jaime, y las medias a duras penas caben en las bolsas.
Esto me hace reír, y también me da pena. Pienso en que hay una historia aquí, ¿no? Un pequeño rayo de humanidad en el error, una anécdota diminuta en una humillación como otra cualquiera. Cojo una bolsita con cada mano, como una balanza, y me voy paseando por aceras estrechas hasta la Serrería Belga donde voy a ver la exposición gratuita de la colección de arte contemporáneo de Idealista.
Allí aprendo que Idealista no solo tiene una colección, sino que celebra el Premio Idealista de arte contemporáneo de manera anual, y que en él premia el desempeño de artistas que trabajan sobre cuestiones directamente relacionadas con la práctica empresarial de idealista: la propiedad privada, el neocolonialismo, la crisis migratoria, medioambiental. Obras que muestran las consecuencias directas de la gentrificación salvaje y los procesos de expulsión de las ciudades. Mientras tanto, Idealista tiene desde 2018 un cartel gigante en un bloque de pisos visible desde la carretera por la que pasan miles y miles de personas que entran y salen en coche del núcleo urbano para trabajar y vivir y que dice: “hay vida más allá de la M-30”. Ya lo creo.
La exposición está comisariada por Elisa Hernández, de Arte Global, una empresa que se define como “la comunidad de élite para amantes del arte” y que es la asesoría que Idealista ha usado para externalizar este ejercicio de intelectualización de su colección. Los textos expositivos insisten una y otra vez (de verdad, de forma muy notoria) en fórmulas y sintagmas que van intercambiándose y combinándose en un pequeño puzzle de eufemismos hecho para anular significados, si acaso cambiando algún detalle por pura coherencia gramatical. “Territorios tensionados”, “utopía del progreso”, expresiones que vienen a remarcar cómo las personas “se abren paso ante la adversidad”. Todo con un cariz mágico/poético en el que la debacle y el desastre y lo indignante se convierten en una especie de condena a la que solo podemos asistir con silencio y reflexión. Resignarnos.
Mi acompañante llama mi atención sobre cómo la perspectiva de mapa está presente de manera literal en muchas de las obras, sobre cómo la selección fotográfica está claramente interesada en una vista relativamente dominante sobre el territorio. Charlamos sobre cómo los “ámbitos” elegidos para estructurar la colección parecen sacados de una clase de instituto de ciencias sociales en un pequeño brainstorming para un powerpoint cutre sobre desarrollo urbanístico (Paradojas medioambientales/Arqueología humana/Espacios cotidianos). Esto lo digo con todo el respeto a las clases de ciencias sociales que hacen brainstorming para armar un powerpoint sobre desarrollo urbanístico.
De nuevo, pienso en la humillación. Pienso en ser un artista. Dedicar tu vida y poner tu investigación y tu sensibilidad al servicio de una preocupación política. Pienso en estar comprometida con la realidad de la vivienda en tu país y acabar aceptando el premio de un gigante inmobiliario que usa tus obras para blanquear su actividad, en un ejercicio bastante mediocre de falsa transparencia, tan falso y, en verdad, tan transparente que casi no se articula una crítica contra él. Imagina tu obra colgada en las oficinas de Idealista. Ser Diana Larrea, premiada en el 2024, y dar una entrevista en la web de Idealista cuya última pregunta es: “Y tú, ¿eres propietaria o vives de alquiler? ¿Qué método has utilizado para encontrar tus viviendas?””.
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