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“Maté a Don Manuel porque yo ya estaba muy cansado, agotado”

La defensa del hombre que estranguló a un anciano en San Martín de Valdeiglesias alega que padecía el “síndrome del cuidador quemado” para eludir la prisión permanente revisable

Priscila Sarmiento comenzó a sospechar de su marido en el mes de septiembre de 2023. Jaime llevaba cerca de dos meses y medio muy raro, como inquieto, pasando muchas horas en el trastero del bloque de pisos en el que vivían en San Martín de Valdeiglesias (Madrid). Mantenía cerrado con llave a cal y canto aquel cuarto subterráneo, al fondo de un estrecho pasillo al que se accedía desde unas escaleras del portal, y no dejaba que ella bajara para coger ninguna de las cosas que guardaban allí. Además, apenas mencionaba a “Don Manuel”, el anciano de 88 años al que cuidaba desde el año 2016. Hacia un tiempo, Don Manuel les había ayudado con más de 50.000 euros para comprar el piso de cuatro habitaciones en el que vivían en San Martín y adonde se había trasladado también el anciano, con ellos y sus dos hijos pequeños, por su delicado estado de salud.

- Don Manuel está en la residencia, ya no vendrá más. Le respondía Jaime a Priscila, cuando ella le preguntaba por él.

- ¿Pero no va a llamar, siquiera?, insistía Priscila, recordando al hombre español que se había convertido prácticamente en un miembro de su familia ecuatoriana, afincada en España.

- Está enfadado conmigo, cortaba rápidamente Jaime la conversación.

Sin embargo, tantas evasivas y tantas inexplicables horas en un trastero infranqueable alimentaron las dudas de Priscila que el 19 de septiembre de 2023 no aguantó más, se plantó delante de Jaime y le preguntó directamente si es que la estaba engañando con otra mujer.

Agobiado, confundido, acorralado... Jaime comenzó a tartamudear frases: “Don Manuel está muerto”, “he guardado el cadáver”, “está en el trastero”... Tardó unos minutos más en confesarle que lo había matado en un arrebato de desesperación el 12 de julio anterior, cuando regresaban del hospital. Le dijo que, frente a lo acordado previamente, el anciano pretendía volver a vivir de nuevo con ellos, en lugar de irse a su propia casa en la misma localidad madrileña. De nuevo, no le iba a dejar descansar en todo el día ni en toda la noche. “Ya no podía más, le maté porque yo ya estaba muy cansado, agotado”, repitió Jaime en su confesión ante el juez y el jurado popular, este lunes en el juicio que se celebra por asesinato en la Audiencia Provincial de Madrid. “Se despertaba a las 2.00 de la mañana y quería hablar, tosía toda la noche, pedía agua, quería que le llevara aquí y luego allá, no me dejaba parar”, explicó.

La Fiscalía le pide “prisión permanente revisable” por el asesinato de una persona vulnerable, pero la defensa ha presentado informes para eludirla, argumentando que Jaime sufría el llamado “síndrome del cuidador quemado”, después de siete años haciéndose cargo de Don Manuel, después de que el anciano se fuese a vivir con su propia familia ecuatoriana, y después de dejarle su herencia a los dos hijos de Jaime y Priscila, ya que el hombre no tenía familiares próximos.

- O llamas tu a la Guardia Civil o lo hago yo. Tienes que entregarte, cuenta la abogada de Jaime, María Marín, que le dijo Priscila a su marido, tras conocer el gravísimo delito que había cometido. Ella, que inicialmente fue acusada de ser cómplice del crimen y después se descartó su implicación, se ha acogido a su derecho a no declarar en el juicio.

Aquel 19 de septiembre Jaime abrió de nuevo la puerta del trastero, sacó un cajón de madera blanca y lo metió en el maletero de su coche, aparcado en el garaje. Había construido esa caja con sus propias manos para meter dentro el bidón azul donde había introducido el cuerpo de Don Manuel dos meses antes, y que había rellenado después con cal antes de precintarlo. Así lo recoge el escrito de acusación de la Fiscal y así lo reconoció Jaime, primero ante su esposa y este lunes ante el jurado popular y el juez. Ya completamente abatido, entregado, dispuesto a recibir el castigo merecido, tras llevar más de dos años en la prisión de Navalcarnero.

Sin embargo, tras confesarle a Priscila que había matado a Don Manuel en su propio coche, asfixiándolo con el cinturón del copiloto cuando pararon en una gasolinera de regreso del hospital, Jaime no puso rumbo al cuartel de la Guardia Civil. Se dirigió, por el contrario, a la finca de una amiga en un paraje boscoso de Ávila conocido como Zarramudo, en el término municipal de Sotillo de la Adrada. Dijo que iba como loco, sin rumbo, desesperado. Llamó a su amiga y le pidió permiso para quedarse en la finca aquella noche. Y luego volvió a llamar a Priscila, que fue quien puso rumbo al cuartel de la Guardia Civil y denunció lo ocurrido.

- Cuando llegamos, por un camino de tierra, el acusado estaba visiblemente nervioso en el porche de la casa de aquella finca, nos preguntaba por qué estábamos allí, se lamentaba, y repetía entre lloros que habían pasado cosas muy malas y que quería acabar con su vida, relató este martes el comandante del puesto de la Guardia Civil de Ávila en el juicio.

Entonces, Jaime, derrotado, se sentó junto al guardia en un banco de una parcela próxima y le confesó también todo lo ocurrido. Luego les abrió la puerta de la finca a los agentes y les condujo hasta el vehículo en el que escondía el cuerpo de Don Manuel. A la mañana siguiente, la Policía Judicial y los forenses extrajeron el cuerpo del anciano, “en posición fetal, desnudo, lleno de cal, con un pañal geriátrico y aún con el esparadrapo en el brazo en el que le habían puesto la vía en el hospital”, describió otro agente en la sala de vistas este martes.

La investigación y el dinero

La investigación posterior de la Guardia Civil confirmó el relato principal de Jaime: “Encontraron hasta restos de tablones blancos con los que había construido la caja en la terraza de su casa”. También encontraron las escrituras de las dos viviendas, la de Don Manuel y la de su familia ecuatoriana, en la habitación de matrimonio. Y una caja metálica con más de 60.000 euros, que Jaime había ido sacando en reintegros de 600 euros y mil euros con las tarjetas de Don Manuel, día tras día, durante los dos meses y medio que escondió su cuerpo y su terrorífico secreto.

Cuando le preguntaron por ese dinero y por las transferencias que había realizado desde las cuentas del difunto, Jaime argumentó, según cuenta su abogada, que sacó el dinero porque “Don Manuel siempre le decía que no dejara que se lo llevara Hacienda y pensó que, si descubrían que estaba muerto, se lo llevarían”. En la caja estaba todo lo retirado de las cuentas. No había gastado un euro. La Fiscalía solicita también seis años por un delito continuado de apropiación indebida.

El juicio proseguirá hasta el jueves, cuando previsiblemente el jurado se retirará a deliberar, emitirá su veredicto y quedará visto para sentencia.

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