LA ESPUMA DE LOS DÍASColumna
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Supercoñazo

Solo hay algo más triste que un multimillonario que se gasta todo su dinero todo el rato en generar más dinero y es uno que no se gasta nunca jamás su dinero en absoluto

El futbolista David Beckham y su esposa, Victoria Beckham dejan su hotel de Madrid en julio de 2003.
El futbolista David Beckham y su esposa, Victoria Beckham dejan su hotel de Madrid en julio de 2003.ALVARO HERNANDEZ / Gtres

Cuando David y Victoria Beckham vinieron a vivir al primer Madrid galáctico de Florentino Pérez se hospedaron en el Santo Mauro, que hasta la inauguración la semana pasada del nuevo Ritz fue el hotel con el jardín más bonito de la ciudad. A lo mejor si ahora no estuviese tristemente cerrado por culpa de la pandemia lo seguiría siendo. Construido en una parcela que adquirieron los Duques de Santo Mauro en el siglo XIX, es un palacio de estilo francés con unas cubiertas de pizarra y unos muros de estuco muy 1er arrondissement. Por si no lo visitaron nunca, les explico que por dentro es una maravilla ecléctica (entre barroca y oriental) decorada por Lorenzo Castillo, quien siempre sabe el lugar exacto en el que hay que poner una moldura florida o un jarrón chino.

Si yo fuese asquerosamente rica pediría que en mi tumba escribieran un epitafio parecido al que soñó al patriarca Agnelli para la suya (“¡Menudo despilfarro de tiempo y de dinero!”)

La antigua biblioteca del palacete, convertida en restaurante, era el lugar donde, según cuentan bastantes testigos, le gustaba sentarse a Ana Obregón a hacerse la encontradiza con el futbolista inglés, que en ese momento valía 25 millones de euros, un dinerito que el Real Madrid pagó al Manchester United por él. Hace mucho tiempo que los grandes clubs de Europa no reparan en gastos, por eso ayer era un espectáculo muy gracioso escuchar cómo astros del balompié del mismo nivel de Beckham tildaban de “avaricioso” el movimiento del presidente merengue para crear una Superliga que vuela por los aires las bases económicas del deporte rey. Se ve que algunos solamente perciben la avaricia cuando no se quedan con una parte del botín. Ese tipo de conducta se llama envidia, que es otro de los siete pecados capitales. Pecados, por cierto, entre los que no se incluye la tacañería, cosa que me cuesta muchísimo comprender.

Solo hay algo más triste que un multimillonario que se gasta todo su dinero todo el rato en generar más dinero y es uno que no se gasta nunca jamás su dinero en absoluto. Los primeros son avaros, los segundos cutres. No sé si Florentino es una o las dos cosas pero seguro que no es un hedonista, cosa que fue Beckham y que fueron hasta ayer los Agnelli, socios de Pérez en esta aventura empresarial que tantos corazones está rompiendo. Los divertidísimos italianos fundadores de la FIAT fueron una estirpe de vividores que jamás perdían de vista que la pasta es una sustancia traicionera en la que no se puede confiar y a la que hay que dar salida cuanto antes, porque solo sirve para obtener placeres, que no felicidad. Si yo fuese asquerosamente rica pediría que en mi tumba escribieran un epitafio parecido al que soñó el patriarca Agnelli para la suya (“¡Menudo despilfarro de tiempo y de dinero!”) y le diría a Ana Obregón si quiere pasar toda la mañana bebiendo mimosas conmigo en el jardín renovado del Ritz. Ya lo dejó dicho Michi Panero, otro vividor célebre: en esta vida se puede ser todo menos un coñazo.

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