LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

En caso de duda... “llame a la policía”

La ciudadanía cae en la confusión ante la avalancha de prohibiciones, restricciones, alarmas y toques de queda

Plaza de Olavide, Madrid, en septiembre.
Plaza de Olavide, Madrid, en septiembre.Olmo Calvo

Martín Ramírez estaba ayer muy confundido. Necesitó la ayuda del 010, la red de atención ciudadana del Ayuntamiento de Madrid.

—¿A qué hora tengo que cerrar mi bar para no violar el estado de alarma?

—No dispongo de esa información, llame a la policía, le dijo la persona al otro lado del teléfono.

—Pero bueno, si cumplo el horario de hostelería incumplo el toque de queda.

—Un momento por favor.

Entonces sonó una música de espera. Al cabo de unos minutos regresó la misma voz.

—La verdad, señor, es que no lo tenemos nada claro. Llame a la policía.

Ramírez, el propietario de una pequeña coctelería llamada La Cautiva, colgó hastiado. Las preguntas solo le llevan a más interrogantes, más dudas.

Los estados de alarma, los cierres perimetrales, los confinamientos por zonas básicas de salud, los cambios de horario, las decisiones judiciales, las declaraciones confusas de los políticos, la disparidad de criterios. Todo ese alud jurídico-informativo le ha producido tal desgaste, como a un buen número de españoles, que Ramírez ha apagado el interruptor de su atención. “He desconectado. No quiero leer nada, no quiero saber. Me produce indiferencia. Me supera”, dice mientras cobra a unos clientes.

El desgaste tiene consecuencias, según este barman experimentado. “Veo a la gente deprimida. Lo noto. Y me empieza a afectar a mí también”. La barra que le separa de los parroquianos, gente del barrio de Chamberí, no sirve de parapeto.

A 48 horas del puente los madrileños no tenían claro si la región se iba a cerrar. La presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quería un cierre a la carta, a diferencia de las otras comunidades autónomas. Hubo llamadas entre el consejero y el ministro. El real decreto del estado de alarma permitía cierres de siete días y Ayuso hizo un sudoku, juntando dos puentes, que no está claro si es del todo legal. Cartas, ruedas de prensa, filtraciones a los medios. Mientras, los ciudadanos atienden estupefactos. Nunca ha costado tanto cumplir la ley.

“Estoy tan confundida que hago mi rutina de la nueva normalidad y aspiro a no cometer ninguna infracción”, cuenta Marisa Mañanós, trabajadora de una productora. Cree más fácil aplicar el sentido común que las normas del Gobierno. Al final se resigna: “¿Es el año que mejor cuadran los puentes en el calendario y no nos podemos mover? Sí, pero eso es mejor que morirse”, añade, parafraseando a la niña que se hizo viral con la última frase.

La fe sirve de sustento. Camila Salazar, de 23 años, sale todos los días de casa rogándole a Dios no cometer ninguna infracción que le acarree una multa. Le costaría pagarla. Hace tiempo que se perdió en este bosque burocrático y no sabe cómo encontrar el camino. “He intentado entenderlo, de verdad, pero me vuelvo loca”. Se mueve entre la intuición y la despreocupación. Considera que ha logrado abstraerse, ensimismarse. Saltarse la ley es cuestión de estadística.

¿Y los que viven en las fronteras? Vladimir Muñoz, portero de un edificio, vive en la zona de Carabachel que estuvo cerrada. Después dejó de estarlo, o eso sospecha. El cambio no se notó. “¡Nos tienen en un balancín!”, se queja. Acaba de ver en el telediario a Ayuso informando de ese cierre durante los puentes, pero le parece una medida mínima. No entiendo en qué va a ayudar eso a rebajar la cifra de contagios en Madrid. “Veo más lógico algo más contundente como en Italia. Desde las 18.00 todos a casa, y se acabó. Y sale rápido. Si no es un cachondeo. Europa entera se va a burlar de nosotros”.

“Un problema serio”

Rosa Feliz, trabajadora del hogar de 38 años, vive en Rivas-Vaciamadrid. ¿Puede salir de Rivas? “Si voy a Madrid sí”. ¿Y fuera de Madrid? “El puente no, pero después sí. Al menos eso se dice ahora”. Se conoce bien las reglas porque pone mucho interés. Es una estudiosa del asunto. Una de sus hijas, sin embargo, se despista y no tiene nada claro. “Este es un problema serio y los políticos no se ponen de acuerdo. La cosa iría mejor si remaran en la misma dirección. Creo que la gente está cansada”.

El mundo cae en una anarquía responsable. Martín Ramírez, el dueño del bar, cierre a las 23.30 por decisión propia. Pierde un rato de trabajo, pero lo gana en paz mental. En esa media hora hasta el toque de queda debería limpiar el local, pero no quiere que ningún policía le perturbe a media noche, así que lo que hace es limpiar a fondo por la mañana. Abre una hora antes de lo habitual. Ahí fuera las autoridades estarán poniendo y quitando horarios, fronteras, restricciones, pero dentro ese bar, en ese pequeño universo de cuatro paredes, una serpiente y un tigre dibujados en la red, un espejo vertical donde se refleja la clientela, Ramírez friega el suelo ajeno a todo ese ruido.

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