LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Donde nunca llega el virus

Cinco municipios de Madrid son los únicos rincones de la región más afectada de Europa en los que no se ha registrado jamás un caso de covid-19

José, vecino de Horcajo de la sierra, en su huerto.
José, vecino de Horcajo de la sierra, en su huerto.david expósito

A estos cinco municipios de la región más afectada de Europa nunca ha llegado el coronavirus: La Hiruela, Robledillo de la Jara, Navarredonda y San Mamés, Somosierra y Horcajo de la Sierra. Son poblaciones de la sierra de Madrid, en altitud, donde hace un frío que pela. Tienen poco más de cien habitantes y la vida social de sus vecinos, en su mayoría jubilados que echan la mañana jugando a las cartas o paseando por la carretera, no requiere estrecheces ni aprietos. “Estoy muy a gusto lejos del coronavirus, aunque hay poca diversión. No te puedes arrimar a la gente y tienes que llevar la mascarilla puesta. Que nos tengamos que ver así, con lo bonita que era la vida”, reflexiona José Sanz, de 75 años, mientras recoge manzanas y tomates en una huerta. En una bañera vieja ha sembrado hortalizas.

Si sobre un mapa la Comunidad de Madrid es una especie de triángulo torcido hacia a la izquierda, Somosierra sería el vértice más alto. Aquí, en la cima, a casi 1.500 metros sobre el nivel del mar, el coronavirus llamó un día a la puerta de un vecino. “Tuvimos un caso en marzo que tenía toda la pinta”, cuenta el alcalde, Francisco Sanz. Desde entonces, del bicho abstracto no queda ni rastro. Aquello, aunque no está confirmado porque no hubo ningún test que lo confirmara, era un caso positivo. “Era blanco y en botella”, asegura el alcalde. Aquel día de marzo se presentó una ambulancia en el pueblo. La noticia de que el bicho había llegado se expandió por los móviles como una onda expansiva. El miedo atravesó todas las casas sigiloso y raudo. De la ambulancia se bajaron dos enfermeros con el traje blanco de EPI, una especie de mono blanco muy parecido al que usan los apicultores. Sanz dice que esa fue la única vez que el bicho se asomó por Somosierra. La familia, que en teoría estaba infectada, cumplió con toda la cuarentena. “Todos mis vecinos se han portado muy bien”, cuenta ahora orgulloso. Días más tarde, la Unidad Militar de Emergencias desinfectó a chorros todos los rincones del pueblo. Ocho meses después el coronavirus solo es una pandemia que sale por la tele.

“Yo no bajo a Madrid ni loca”. Yolanda Cerezo es la dueña del único hotel del pueblo. Un alojamiento privilegiado para camioneros amantes de la madrugada. Abría las 24 horas al día todos los días del año excepto Nochebuena y Año Nuevo desde 1955. Ya no. La plantilla que tenía se ha quedado a la mitad. De nueve, a cinco. Dice que sus dos hijos, de 17 y 16 años, están limpios. “Y cuando me dice que viene uno de sus amigos de Madrid le digo que no —hace el gesto con la mano— que no”.

—El coronavirus aquí no viene por el frío.

Alfonso Cerezo es hermano de Yolanda y el carnicero del pueblo. Un tipo de campo, sereno, cincuentón, acostumbrado al silencio. Tiene unos chuletones tan enormes que parecen orejas de elefante. A 17 euros el kilo. “Esto”, explica con un cuchillo gigantesco, “son 10 minutos a la parrilla con sal gorda. No tiene más”. Un buen fin de semana despachaba dos chotas, ahora, sin apenas turismo, no vende ni media. De hacer cajas de 3.000 euros los sábados y los domingos a la mitad de la mitad de la mitad. A casi nada. La pandemia económica sí llega.

Hace unos días que se ha hecho con un perrillo, un pastor alemán tizón que revolotea el rabo cuando algún vecino osa mirar por su cancela. Aún no sabe que en menos de un año será otro guardián de la sierra. Cerezo, al verlo tan contento, cuenta una teoría sin base científica que sería raro si dentro de cien años no se estudia en Somosierra. Dice que el coronavirus no viene por aquí porque hace muchísimo frío. Su teoría es muy simple, pero la práctica es aún mejor. Una vez, cuando era un jovenzuelo, caminaba junto a sus vacas por la ladera de la montaña. Subía ladera arriba, atravesando caminos centenarios repletos de pastos que aún están sin marcar. Sus vacas y sus perros venían llenos de garrapatas escondidas entre los pelos, como si fueran cientos de tarzanes agarrados en lianas. “Y al pisar Somosierra, del frío, todas estaban muertas”.

El hombre que filosofaba en su huerta al inicio de esta historia, José Sanz, es vecino de Horcajo, donde viven 147 personas. Tras la pandemia hay 40 más que han hecho del pueblo su primera residencia, en lugar de la segunda. Ya no van y vienen tanto a Madrid como antes. Aquel lugar que se ve en el horizonte es Mordor. Ningún vecino se ha infectado por estos lares. Aunque no por eso no conocen el dolor. Un hermano mayor de Sanz, de 82 años, lo agarró en marzo y murió en apenas una semana. Él, población de riesgo porque hace 22 años sufrió un infarto (“estuve más para acá que para allá”), está más tranquilo aquí que en la capital. “Hay poco público y estamos al aire libre, en plena sierra. Es difícil que nos alcance. La gente sale poco. Se conoce que hay mucha gente que le tiene mucho miedo”, añade.

El alcalde podría ser el nieto del hortelano. Adrián Manzanares Uceda tiene 27 años. Está orgulloso de que el pueblo esté libre de covid-19, aunque en mayo tuvo un sobresalto. En los datos que hace públicos el Gobierno regional aparecía Horcajo como el pueblo con mayor incidencia. En las siguientes comunicaciones el pueblo volvió a aparecer con cero casos. Quizá todo se trató de un error.

Al otro lado de la sierra, Garganta de los Montes era covid free, como dice su alcalde, hasta hace dos semanas. Juan Carlos Carretero fue un pionero. Antes de que la presidenta Ayuso decretara el cierre de los establecimientos no esenciales él ya le pidió a los bares y a las casas rurales que bajaran la persiana. Se ocupó de hacerle la compra a la gente. Le llamaban el alcalde Amazon. Al acabar el confinamiento la población pasó de 350 a 425 personas. “Aparecerá en los libros de historia como el éxodo urbanita de 2020”.

En verano se triplicó la población. El asunto se descontroló y llegó el primer positivo. Al poco tiempo el segundo. El alcalde dice que nos saben quiénes son y hasta duda de que estén ahora mismo viviendo aquí. “El problema es que no nos dan datos a los alcaldes. Creo que deberían, cumpliendo la protección de datos. Nadie mejor que un alcalde puede controlar a la persona que está infectada y su círculo”.

Alcaldes rastreadores. No es mala idea. Ese es el trabajo que hizo el alcalde de Robledillo, Guillermo Crescente García del Moral. “Oficialmente no tenemos ningún caso”. El municipio tenía 70 vecinos. García se interesaba por ellos todas las semanas. Hacia 52 llamadas en las que invertía cuatro horas. Ninguno tuvo síntomas: “Jubilados, muy sanos, tienen su huerto, pasean, están muy activos. Eso les ayuda”.

Al principio le costó concienciar a los vecinos… Ahora cumplen las normas con talante militar. Apenas se acercan unos a otros. “Madrid es muy grande y hay mucho contacto interpersonal. Es muy complicado ir en el metro y no tener a otra persona cerca. Aquí no tenemos metro. No nos hace falta”.

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