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Cosas de familia

Existe un gen reconocible en la primera planta de la calle Génova. Un gen ganador que se instala en las oficinas regionales del partido y que sólo conoce una palabra: poder

La expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre (centro), junto a Isabel Díaz-Ayuso y José Luis Martínez Almeida.
La expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre (centro), junto a Isabel Díaz-Ayuso y José Luis Martínez Almeida.Luca Piergiovanni / EFE

Para quienes ya tenemos cierta edad y hemos visto naves más allá de Orión, no nos extraña esta dualidad del PP a cargo de las instituciones madrileñas. Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida parecieran replicantes calcados a lo que en su día representaron Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón.

Existe un gen reconocible en la primera planta de la calle Génova. Un gen ganador que se instala en las oficinas regionales del partido y que sólo conoce una palabra por encima de cualquier otra: poder. Así ha sido en la Comunidad de Madrid sin tregua desde que dejó el cargo Joaquín Leguina. Y lo mismo prácticamente en el Ayuntamiento de la capital con el paréntesis de Manuela Carmena.

Desde la sede del partido se cocinan líderes para la capital que abarcan a la perfección dos almas convivientes. Expresan su gestión de forma diversa pero evidente. Un abanico de estilos tan amplio que caben en él la razón y la sinrazón, el populismo y el espíritu de la Transición, las formas aristocráticas y el casticismo, la corrupción y sus múltiples formas de mirar para otro lado, la capacidad de acuerdo y la patada a la puerta. Es raro, pero eficaz. Extraño y a la vez cotidiano.

El problema saltará cuando Ciudadanos se retrate. Almeida parece no darles argumentos de peso para romper el pacto. Ayuso, en cambio, ya ha colmado de sobra la paciencia de sus aliados.

Durante varias legislaturas se fueron alternando en sus cargos Aguirre y Gallardón mediante sonrisa y puñalada por la espalda, odio sin tregua y caricias. Como en cualquier familia que se precie. Políticamente, se retroalimentaban en sus polos opuestos. Alcanzaron cierta maestría en la dinámica acción / reacción hasta el punto que -al no existir alternativa- funcionaban como Gobierno y oposición allí donde les tocaba ejercer. Se lanzaban de un despacho a otro calderos de veneno y parecían disfrutar esa competencia en el empleo de formas sibilinas.

De aquella etapa, al menos, los ciudadanos nos quedamos con Madrid Río. Nuestros bolsillos aun tiemblan, pero la iniciativa se la reconoció a Gallardón hasta Carmena. ¿Qué sacaremos de estos dos pipiolos? Resulta curioso observar su actitud. No muestran la beligerancia trasparente de sus antecesores. Volaban por libre y ni siquiera se preocupaban de los problemas que pudieran provocar ante los líderes nacionales de su partido. La guerra era la guerra. Enfrentaba las esencias nacionalcatólicas bañadas en cierto paripé demócrata de Aguirre contra la complacencia con ramalazos progres de Gallardón. Una mantenía los votos ultras que hoy se han escapado a Vox. El otro ese centrismo que se fugó a Ciudadanos.

Sus herederos se muestran más cautos. Ocultan rivalidades soterradas pero las hacen patentes al ejercer. Guardan las formas y cada uno emprende su propia carrera por dominar el terreno sin estorbarse. El problema saltará cuando Ciudadanos se retrate. Almeida parece no darles argumentos de peso para romper el pacto. Ayuso, en cambio, ya ha colmado de sobra la paciencia de sus aliados. De provocar sus disparates continuos una crisis, entonces veremos hasta qué punto es fuerte la siempre difícil alianza entre el alcalde y la presidenta de la Comunidad.

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