CONCIERTOS

El desconcierto del primer concierto

Moby Dick inaugura actuaciones mixtas, para aforo reducido y ‘streaming’, que permiten recuperar la música en vivo tras dos meses y medio de sequía absoluta

Público en el concierto en la Sala Moby Dick del grupo Indigo Drone, con un afoto limitado de 30 perosnas y restrasmitido por streaming.
Público en el concierto en la Sala Moby Dick del grupo Indigo Drone, con un afoto limitado de 30 perosnas y restrasmitido por streaming.VICTOR SAINZ

Han sido 76 días de huelga, 76, de mástiles caídos. Un paro involuntario y doloroso, un desgarrador grito de silencio. Pero la música en directo regresó este viernes, siquiera timidísimamente, a la noche de Madrid. Sucedió en la sala Moby Dick, ante dos docenas de asistentes en el local (entradas a cinco euros) y otros 70 que seguían las evoluciones desde sus casas mediante streaming, a razón de tres euretes por dispositivo. ¿Que cómo es eso de la nueva normalidad en los conciertos? Pues una cosa marciana, rarísima. Un concierto desconcertante. De respiración contenida por efecto más de la mascarilla que de la emoción. Pero, apelando a la frase más repetida durante la experiencia en el recinto de la Avenida del Brasil, “esto es lo que hay”.

Los protagonistas de la noche –en disputada pugna con las tres chavalas que ocupaban la mesa y banquetas más centradas frente al escenario– eran Indigo Drone, banda de creación reciente y repercusión todavía modesta. Un cuarteto de ADN pintoresco, muy adecuado, si queremos verlo así, para las circunstancias: un escocés, un inglés, un venezolano y un onubense dispuestos a hacerse hueco en la escena del foro. Practican un pop-rock enérgico e interesante, con ukelele circunstancial, buenas armonías vocales y algún tema (Push the button) estupendo. Pero sentir de nuevo el rugido de las guitarras y el crepitar de los amplificadores era como reencontrarse con un viejo y nunca olvidado amor de la adolescencia: una conmoción.

Quizá los Drone acaben siendo un grupazo. No lo sabemos. El viernes, por estas casualidades y circunstancias, dejaron anotado su nombre ya para siempre en la historia sonora de la ciudad. Y se colocaron el listón altísimo, sin necesidad de hallarse en particular estado de gracia. Escucharlos en vivo y en directo, a no demasiados metros de distancia, era como si hubieran descendido de golpe la orquesta y coro celestiales para concedernos un pedacito de paraíso.

“En estos dos meses y medio hemos pasado angustia, incertidumbre y miedo, pero hoy estamos de subidón. Y mañana, segundo concierto: Los Punsetes. ¡Más emoción aún!”, resumía el coordinador del Grupo Moby, Hugo García. A su lado, la programadora de la sala, Carolin Pasero, sonreía tras su mascarilla de labios rojos, aunque antes había derramado alguna lágrima. “Encajar fechas es hoy más difícil que jugar al Tetris. Al principio de la pandemia, movíamos los conciertos en torno a un mes y medio. Ahora, lo que teníamos previsto en marzo lo estamos posponiendo hasta noviembre…”.

Desde DigitalFep, la plataforma encargada de la retransmisión por streaming, también se mostraban esperanzados. “Planteamos conciertos de tres cuartos de hora –una duración prudente para verlos desde casa–, sonido directo de la mesa, una cámara fija y una o dos móviles”, resume su responsable, Germán Ormaechea. Y ofrecen extensos ensayos generales a los grupos, para que desentumezcan los músculos después de la cruda cuarentena. “Los locales están cerrados y los cuatro integrantes de Indigo Drone no habían podido juntarse hasta hoy mismo, así que se tiraron tres horas, de cinco a ocho, preparando el concierto…”.

La Moby, con capacidad para 300 espectadores, no solo lucía rara por su reducidísimo aforo. Toda la nueva parafernalia era coronavírica. Felpudo desinfectante de suelas a la entrada. Felpudo secador de suelas desinfectadas. Dispensador automático de solución hidroalcohólica. Botellitas de agua mineral en las mesas, por cortesía de la casa, que nadie se atreve a abrir. Y ese extraño baile de máscaras, o mascarillas, en un interior inevitablemente poco concurrido.

Pese a todo, Ana, Mercedes e Isabel, las tres amigas de 27 años congregadas en la mesa central, se mostraban “contentísimas” tras la actuación. “Teníamos tantas ganas de salir y hacer algo distinto que nos ha parecido una de esas experiencias que recordaremos dentro de muchos años”, explicaban al alimón, con la complicidad de las muchas horas compartidas desde que se conocieron en un instituto de Segovia. El próximo fin de semana deberían estar viendo la gira de despedida de Extremoduro. Ahora sus ambiciones se han vuelto mucho más modestas. “Cuando podamos salir de noche a tomar una copa no nos lo vamos a creer".

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